La sangre para ellos son medallas

Con las manos atadas

Tulio Rapella
Se detuvo. Exhausto. A punto de estallar el corazón por el impetuoso bombeo. Las piernas extremadamente flojas luego de recorrer la ciudad en una marcha fatigosa, plena de ansiedad y desolación, a la búsqueda de un sitio que le ofreciera algo de paz y amparo. No. Tal vez ya no encontraré ninguno. Desistiendo cada vez más de recobrar la tranquilidad y relegar cualquier huella de las escenas, gestos, palabras, miedos, afanes, que habían formado parte de su universo en los últimos meses, al verse precipitado a vivir de acuerdo con la voluntad de los otros, sin la menor protesta, desde aquella lóbrega tarde en que una nota lo obligó a presentarse de inmediato en el Regimiento de Infantería 19. Sí. El comienzo de un camino incierto, que no había elegido ni pudo eludir. Impuesto con el vigor de una orden que sólo debía obedecer. Sin sentir fervor o encandilamiento por las rutilantes palabras que se referían a la dignidad, el coraje, la defensa de la soberanía, el avasallamiento de los valores más profundos de la patria. Herido por la drástica ruptura con el desarrollo de todos sus días. Un navajazo. Irrevocable. Apartándolo de Patricia, de su padre, de los amigos, de los estudios y juegos, de María Inés. Sobre todo de ella.
Le resultaba imposible -desde el regreso de las islas, abrumado por el recuerdo del frío, la soledad, el fragor de los disparos- recuperar cualquier fragmento de aquel tiempo tan querido. Me lo arrebataron de golpe. Dejándome desnudo, sin ánimo ni esperanza. Echó una mirada en torno, ávido y receloso, intentando descubrir en la calle escasamente iluminada o entre los huecos de los edificios la silueta de los policías. Sí. Ya todos deben saber lo que hice. Pero en lugar de las concretas figuras de los enemigos que enfrentó en las islas, ahora sus perseguidores parecían asumir el carácter de visiones espectrales que en cualquier momento, a traición, podían caer sobre él, feroces y destructivos.
Sin tener clara ninguna meta, fue internándose por calles de tierra, entre precarias viviendas de chapas y maderas. Al fin, cuando divisó un hueco formado por algunas paredes a medio construir, se detuvo. Dejándose caer en un rincón, creyó estar a resguardo. Sólo quiso dormir. Olvidarse de todo, al menos por un rato.

Patricia
La posibilidad de ser convocado me obsesionó días y días. La citación llegó, al fin. Inapelable. Y de improviso nos encontramos involucrados directamente en el conflicto bélico cuyo desarrollo seguíamos a través de la radio y televisión. Será la mejor oportunidad para que aprenda a ser hombre. Además, podrá brindar un servicio a la patria. La descarnada reflexión de mi padre me golpeó tanto como la nota que obligaba a Tulio a ponerse a disposición del Ejército, sin comprender ni aceptar que el hecho de participar en una refriega demencial -en la que sólo la muerte era la principal protagonista- podría conferirle mayor fortaleza y capacidad. La actitud de mi padre dejaba al descubierto algo que había deseado siempre: alejarlo de mí. Si seguís cuidándolo así vas a terminar convirtiéndolo en un marica. Repetidas veces me endilgó esa culpa, sin ocultar la furia y el desagrado por el modo como yo había empezado a cuidarlo, desde los tres años, cuando la muerte de mi madre me impuso tácitamente esa tarea. Dolorido por no lograr que practicase boxeo, fútbol o cualquier otro deporte que exigiera vigor y destreza -no pudo despertar el entusiasmo de Tulio por esas disciplinas-, creyó que iba a quedar compensada al participar en la guerra del sur. Como si fuera una prueba crucial. Precipitarlo a una muerte casi segura no servirá para demostrar nada, excepto lo absurdo y bárbaro que puede ser cualquier clase de guerra, estallé furibunda, en abierta protesta, lacerada por el hecho ya inmanejable de ver partir a Tulio hacia la zona austral para cumplir una orden arbitraria. Comprendiendo -el día de la partida, cuando subió al avión junto a los otros muchachos y todos los brazos se agitaron en similar gesto que, más que una forma de saludo, consideré un suplicante pedido de amparo o afecto- que no sabría cómo sobrellevar la soledad sin su compañía. Me esforcé por atenuarla después, durante días vacíos y quietos, por medio de las cartas que le enviaba entre los paquetes de yerba, azúcar, cigarrillos, las barras de chocolate que desde chico eran su debilidad, con el propósito no sólo de contarle algunas noticias, sino sobre todo de alentarlo y asegurarle que el conflicto muy pronto iba a terminar y lo hermoso que sería estar de nuevo juntos. Hasta comprender que resultaba ideal para alcanzar otra meta. La más preciada. Apartarlo definitivamente de María Inés Constanzo.

Comisario Mayor Echagüe
Sí, señor. Yo estuve a cargo del operativo. Hacía varios días que teníamos pistas serias sobre la identidad de quien podía ser el responsable de la muerte del empresario Tomás Reynoso. De manera que nos pusimos a trabajar con firmeza, dispuestos a esclarecer el caso lo más rápido posible. El primer indicio positivo surgió cuando detuvimos a Julián Ugarte. Mejor dicho, la última vez que lo hicimos, hace unos tres meses. Ya tenía antecedentes por algunos robos y tentativas de violación, pero nunca se había visto involucrado en algo tan grave como un crimen. Por su aspecto tan frágil no parecía tener el coraje ni la capacidad para afrontar situaciones demasiado peligrosas. No obstante, en una ronda de reconocimiento, varios testigos que se presentaron con motivo de la muerte de Tomás Reynoso afirmaron haberlo visto merodear con bastante frecuencia la casa del empresario. A pesar de negar todo al principio, se mostró visiblemente alterado ante las imputaciones y el cúmulo de testimonios sobre días y horarios en que había estado vigilando a Reynoso. No tuvo alternativa. Debió admitirlo. Pero dejó bien en claro que no había participado en el crimen y sólo trabajó en recopilar datos: las costumbres de Reynoso, en qué momento salía y llegaba a la casa, el trayecto que recorría habitualmente. Sobre quién lo había ejecutado, guardó un obstinado silencio. Al comprender que podría pasar en una celda mucho más tiempo del que había estado nunca, quiso evadirse. El posible beneficio que iba a depararle una confesión derribó poco a poco cualquier grado de duda y escrúpulo. Así que, con una celeridad bastante asombrosa, delató a Tulio Rapella. Directamente. El único autor del disparo contra Reynoso. Manifestó que el trabajo le había sido encargado por un antiguo socio del empresario, el cual, por haber sido burlado y estafado, deseaba vengarse, y como él, Ugarte, no se atrevía, se lo propuso a Rapella, no sólo por estimar que el hecho de haber combatido en las islas le otorgaba la experiencia y el temple para hacerlo, sino también porque entonces pasaba por una situación muy complicada, deprimido por la falta de un trabajo que le permitiera llevar una vida digna. Como había mucho dinero en juego llegaron a un rápido acuerdo para realizar juntos el trabajo. Partiendo de esas declaraciones -bastante confiables y casi las únicas que alentaban la esperanza de esclarecer el crimen-, nos dedicamos a buscar a Rapella. Personalmente deseaba que todo fuera un error. Me costaba aceptar que ese muchacho, Rapella, hubiera llegado a convertirse en un asesino, ya que poco tiempo antes había integrado esa legión de jóvenes que nos llenó de orgullo y consideramos con respeto y hasta llegamos a otorgarles la categoría de héroes por la fortaleza y decisión que demostraron en la lucha por echar a los invasores de las islas. Superar un trance semejante no es fácil. Siempre quedan huellas profundas. A unos cuantos muchachos que tuvieron la suerte de volver les costó adaptarse a la nueva vida. Perseguidos por sueños turbulentos, aplastados por el desánimo, hasta considerar el suicidio casi como único cauce liberador. Tal vez también Rapella, por necesidad o por acusar cierto desequilibrio, llegó al crimen. Bueno, la cuestión es que poco después de la muerte de Reynoso, dejó de frecuentar los sitios habituales y se alejó de las personas más cercanas. Así lo corroboraron el padre y la hermana, algunos amigos, los dueños de varios negocios donde había trabajado esporádicamente. Todos coincidieron en definirlo como una persona huraña, con tendencia a la depresión, que solía tener reacciones incontrolables. Dado que nadie aportó noticias sobre su paradero, decidimos realizar un minucioso rastreo por la ciudad. Luego de unos quince días, el agente Godoy lo vio una noche entrar en un mísero bar para encontrarse con una prostituta muy conocida por esa zona: Adelina Montes.

Adelina Montes
La invadió una mezcla de lástima y ternura cuando lo vio junto a la barra, abstraído, bebiendo con ansiedad, al parecer bastante apurado por emborracharse, observando a su alrededor con cierta alarma, y, sobre todo, al detenerse frente a la mesa donde estaba ella, tan sola como él a esa hora de la madrugada en que la ausencia de hombres en el boliche la tenía sumida en un vacío tenebroso. Aunque se esforzó por mostrar una postura de seguridad al preguntarle si podía sentarse a su mesa, comprendió que sin duda se le acercaba para sostenerse y recibir el consuelo de un abrazo o la dulzura de unos besos. Le pareció tan frágil, similar a un chico con miedo de ser castigado por alguna travesura y buscaba desesperadamente un lugar donde esconderse. Sin ánimo para hablar. Llegó a saber que se llamaba Tulio luego de apelar a las mejores armas de seducción para hacerlo sentir tranquilo y prometerle unos momentos gratificantes. Comprendió también, cuando estuvieron en su casa, que debía guiarlo como si fuera la primera vez que se encontrara a solas con una mujer, al quedar quieto, sorprendido o hipnotizado o, más bien, deslumbrado al verla desnuda. Al llevarlo hacia la cama reveló, abruptamente, claros síntomas de estar torturado por el deseo: las manos a punto de destrozarla, la boca impetuosa por besarla y recorrer cada centímetro de la piel y quedarse fija sobre los pezones, por fin el peso de su cuerpo, enardecido y sin control. Un largo suspiro y el grito, súbito y destemplado, con que puso punto final a sus convulsivos movimientos, reflejó no tanto un signo de complacencia, sino más bien de victoria, como si al fin superara una difícil proeza. Después siguió abrazándola con extrema suavidad, como si tuviera la única aspiración de retenerla y evitar que lo abandonara. Relegando la frialdad que solía mantener en el furtivo encuentro con cada hombre, se afanó por conferirle un total sosiego por medio de besos y caricias. Fue inútil. Le dejó un sabor amargo al marcharse en el mismo estado. Ausente. Desvalido. Con el propósito de tener una nueva ocasión para ayudarlo, le dijo que la buscara cuando quisiera. Y después, cada día, se dedicó a esperarlo.

Tulio Rapella
Sí. Ella. Lo mejor que me ha ocurrido desde que regresé de allá. El soplo vivificante que tenía la virtud de quitar todo eso que lo aplastaba -agotamiento, temor, desorientación-, y por unos instantes encendía una luz reparadora. El cálido refugio que ahora más necesito. Semejante aspiración -urgente y grávida de una furtiva esperanza- pareció signar el primer encuentro en el bar donde llegaba casi todas las noches. Fue después de varias ginebras, apuradas por el ansia de aturdirse, cuando dio vuelta la cabeza y la vio, sentada a la mesa ubicada en un rincón del local, con los ojos clavados en él, como si no hubiera tenido otro objetivo o ninguna otra cosa fuera capaz de provocarle tanto interés. Tal vez piensa que soy el posible cliente que habrá de salvarle la noche. Tuvo ganas de reír al imaginar que ella alentara esa perspectiva, más que cómica bastante siniestra, porque ahora no podía ofrecer ayuda o protección a nadie. Al contrario, era él quien esperaba una mano que le impidiera seguir hundiéndose en esa zona hostil en que se había transformado la ciudad, sin ninguna similitud con los seres y las cosas que siempre integraron su mundo. Casi todas las noches llegaba a ese bar diminuto, ocupado por escasas personas, en busca de energía y, sobre todo, olvido, a través de la embriagante compañía de una botella de ginebra o de vino. Un intento repetido hasta el hartazgo. Estéril para desterrar las infaustas vivencias ocurridas en las islas, el engaño de María Inés, la frustrada búsqueda de un trabajo satisfactorio. Sí. Tal vez sea un modo de salvación para mí. Al menos por un rato.
-¿Puedo sentarme?
Obtuvo una sonrisa cansada como tácita invitación. Y tras intercambiar algunas palabras, sintió la mano apremiante:
-Vamos.
Le produjo alivio que tomara la iniciativa. Al contrario de otras noches en que sólo pretendía alcanzar una rápida embriaguez, quiso disfrutar los momentos que ella estaba dispuesta a ofrecerle sin preguntas ni condicionamientos. Y cuando llegaron al cuarto tenuemente iluminado por una luz rosada, creyó tener, al fin, la oportunidad que, mientras permanecía enclaustrado en las islas, había esperado compartir con María Inés. Sobre todo en el curso de cada noche.
(Movió la mano instintivamente, no por obra del deseo ni por el hábito adquirido en el curso de los años, sino más bien por el desesperado impulso de asir el sexo como si fuera el único, poderoso sostén para aplacar la angustia y librarlo del total desamparo que lo acosaba en la litera, sin poder dormir por la latente amenaza de ser aplastado por alguna de las tantas bombas arrojadas por los aviones. El mayor obstáculo desde que había llegado a las islas: lograr relajarse, dormir, relegar el miedo. Procuraba evocar figuras, escenas, rostros, palabras, que por ser placenteros, seguían conmoviendo sus fibras más íntimas. Durante los primeros días había sido María Inés. Fulgurante. Cubierto con las cobijas demasiado livianas, trataba no sólo de conseguir el calor para dejar de tiritar sino, más aún, se hundía en el juego fascinante y morboso de imaginarla allí, acostada a su lado, los labios húmedos, el serpenteo de las manos ávidas, el cuerpo tibio y suave transformado en el bien más preciado. No. Ya nunca más. Como no quiero que alientes falsas ilusiones, tengo la obligación moral de comunicarte algo muy ingrato. Certeras y horadantes las palabras escritas por Patricia en su última carta. María Inés te engaña. Aunque hacía algún tiempo que su comportamiento me resultaba algo extraño, pues desde que partiste hacia las islas no volvió a visitar nuestra casa, ni llamó por teléfono para saludarme o preguntar si tenía alguna noticia de vos. Un día descubrí la causa. Fue al pasar frente a un bar y verla allí sentada a una mesa con un muchacho. El dolor e indignación que experimenté fue sobre todo por vos, pues por la sonrisa, el modo de mirarlo y tomarle las manos, resultaba fácil comprobar que ya dejaste de tener importancia para ella. Esa escena prevaleció, tajante, pese a que María Inés, en esporádicas cartas, se afanaba por expresarle su amor, el dolor por la separación, la urgencia por estar de nuevo juntos. Incapaz de revelar el enigma creado por el sentido tan diferente de las cartas de Patricia y María Inés, la duda no le dio sosiego. Tal vez ya no importe saber si ella me engaña o espera ansiosa mi regreso. Nada puede despertar interés o ser motivo de preocupación cuando lo más claro es que difícilmente lograré salir de aquí. Quieto e insomne en la litera, sus manos hurgaron la parte más sensible en busca del goce liberador. Después, mientras el líquido pegajoso se le escurría entre los dedos, mordió la almohada para evitar cualquier grito de tardío reproche, con la humillación de encontrarse allí, entre las cobijas revueltas, totalmente vencido.)
-¿Vas a quedarte toda la noche mirándome?
Igual que si fuera la primera vez. La misma sensación de alegría y desconcierto. Como si tuviera que aprender a hacerlo. Hipnotizado, pendiente de cada gesto con que ella fue sacándose la ropa, lenta y casi displicente, cumpliendo el rito que sin duda repetía incontables veces a lo largo del día ante otros hombres que, como él, pretendían encontrar a través de su cuerpo un canal para alcanzar el placer, la calma o una simple forma de aplacar la soledad. Y cuando pudo observar el cuerpo desnudo, que se le ofrecía esplendente y tentadoramente cercano, le fue imposible imaginar el de María Inés, tan acuciante y deseado otras noches. Dejó pasivamente que ella, poco a poco, lo llevara a una zona de placidez y olvido, tierna y maternal en el susurro de las palabras, en las manos que desprendían hábiles los botones, en conducirlo hasta la cama como si fuera un chico torpe y desvalido. Cobijado por el calor del cuerpo que al fin pudo abrazar, besar, penetrar, acariciar, al principio como una especie de sorpresivo y fascinante descubrimiento, después frenético, con una impaciencia casi desgarradora, ávido por relegar el pesado lastre de furia, desazón, resquemor, miedo, y por último tranquilo, ajeno a cualquier cosa fuera de ese cuarto, sin relación con ellos dos, queriendo prolongar de manera interminable el bienestar que tenía el sabor de un triunfo largamente esperado.

Patricia
María Inés Constanzo. Pronunciar su nombre llegó a quemarme la boca apenas advertí que pretendía conquistar a Tulio. Risas, cuchicheos, el modo de mirarse, revelaron el vínculo que prevalecía entre ellos. Y me sentí excluida del pequeño círculo que durante algún tiempo habíamos formado los tres. Tuve clara dimensión no sólo de la soledad, sino también del sorpresivo acoso de una vejez perniciosa ante el alborozo que reflejaban ellos. Apabullantes. Ubicados en un sitio cada vez más lejano. Poco a poco dejamos de compartir muchas cosas -ir al cine dos o tres veces por semana, reunirnos para charlar y tomar mate, pasear por la ciudad-, pues ellos comenzaron a aislarse, inmersos en un reducto inviolable. No encontré consuelo. Desamparada. Traicionada. Sobre todo después de la tarde en que, al penetrar en la casa, percibí el sonido de unas risas muy suaves pero repentinamente familiares. Tambaleante y sigilosa marché hacia su cuarto, mientras pugnaba entre el deseo de verlos y una invencible dosis de aprensión y rechazo. Quedé junto a la puerta entreabierta, asaltada por confusos sentimientos -furia, desprecio, celos, impotencia- mientras los observaba. Como dos chicos entregados a un juego deslumbrante. Felices. Disfrutando de esa ceremonia que llevaban a cabo allí, sobre la cama: él acostado de espaldas y ella, ávida y voluptuosa, recorriendo cada centímetro de su piel con los labios y las manos imperiosas. Pese al repudio y la indignación, el ansia de separarlos y la necesidad de alejarme corriendo de allí, no pude moverme. Petrificada. Subyugada por esa escena de la que siempre quise ser la única protagonista, libre de testigos, desde la primera vez en que, cuando él tenía apenas unos meses, mi madre aprobó que lo bañara y entonces, verlo desnudo y poder pasar las manos por su cuerpo, me produjo un inefable bienestar. Entonces, al descubrirlos en la cama comprendí, sin atenuantes, que se desmoronaba el universo imaginado sólo para nosotros dos. Cuando al fin pude alejarme del cuarto tuve una sola meta: luchar sin tregua contra esa muchacha fresca, radiante, que exhibía su belleza casi desafiante. Con rabiosa obsesión me dediqué a esperar, buscar, elaborar el modo de apartarla de mi camino. Creí tener una oportunidad cuando a él le tocaba vivir el peor momento -ser llevado sin miramientos a las islas remotas para participar en una guerra demencial- y debía utilizar un recurso tan abominable como la mentira. Cedí a un estado de completo desvarío. Y por medio de las cartas que le enviaba a Tulio, desarrollé el plan para librarme definitivamente de ella.

Tulio Rapella
-Tengo un trabajo para vos.
Le pareció una promesa más, sin constituir una perspectiva alentadora, escéptico sobre la posibilidad de conseguir algo que le concediera sentido al vacuo desarrollo de cada día, desde que había regresado de las islas y sólo lograba desempeñar fugazmente alguna tarea. Sufriendo constantes despidos, no tanto por su inexperiencia o incapacidad, sino por sublevarse de inmediato ante cualquier indicación u orden sobre el modo de efectuar el trabajo, incapaz de soportar el bochorno de sentirse sojuzgado, sin poder aportar una iniciativa propia, sometido de nuevo a la imborrable condición de ser un mero prisionero como le ocurrió cada vez que le habían hecho cavar un trinchera, permanecer de guardia o simplemente comer o dormir a una hora establecida. Tal vez nunca podré realizar el más común de los trabajos, ni ver una película o besar a una mujer con la tranquilidad y la alegría que lo haría alguien que no pasó una temporada en el infierno.
-¿De qué se trata?
-Es algo bastante delicado. -Julián trató de encontrar las palabras adecuadas-. Me lo ofrecieron a mí. Pero no me atrevo solo. Por eso pensé que a lo mejor vos...
-¿Yo?
-Sí. Vos tenés más experiencia en estas cosas. -Se calló y por unos segundos lo observó, vacilante-. Digo por el tiempo que estuviste allá, en las islas.
Comprendió el motivo de la turbación de Julián. Sí. El temor por el modo como voy a reaccionar. Si lo voy a putear o le voy a destrozar la cara de un puñetazo. Porque ya se había hecho demasiado habitual que tuviera reacciones intempestivas cada vez que alguien o algo le recordaba el tiempo que había pasado en aquel sitio inclemente. Se mordió los labios, tratando de conservar la calma.
-¿Y para qué trabajo puedo tener experiencia yo?
-Precisamente para este. Te adelanto que la recompensa será muy jugosa. Mucho dinero. Más del que podremos ganar en varios años como míseros empleados.
-¿Y qué hay que hacer para conseguirlo?
Debió aguardar unos segundos la respuesta de Julián. Por fin, la voz surgió sin inflexión, en forma maquinal:
-Hay que matar a un tipo.

Adelina Montes
Al cabo de una semana, regresó. Comprobando, con íntima satisfacción, que los intentos por complacerlo habían dado buenos frutos. Pero no pudo descubrir claramente qué lo impulsó a buscarla de nuevo -si alcanzar sólo un rato de goce o hallar un cálido refugio en sus brazos-, pues siguió conservando un obstinado silencio. Debió esperar otras visitas para que fuera aflojándose y perdiera el temor y recelo por cuanto lo rodeaba. Poco a poco adquirió el grado de valor y serenidad como para efectuar, quieto y relajado después de la cópula arrebatadora, algunas confidencias: el desgarro por la traición de su novia, cuando estaba peleando en las islas; el celoso cuidado de su hermana, tan agradable durante la niñez, pero que ahora le parecía una garra asfixiante; el recuerdo de hechos torturantes que no le daban tregua y le impedían tener una relación normal con los demás. Aunque la halagó haber sido elegida para desahogarse, lamentó la escasa ayuda que lograba proporcionarle. Unos fugaces instantes de placer, tal vez de olvido. Hasta aquella noche en que todo ocurrió en forma más breve y con excesiva violencia. Al tomarla como simple objeto para cumplir un rito. Pleno de furor y exaltación. Sin palabras. Al día siguiente supo, agobiada por una inesperada carga de pesar y remordimiento, que ya no volverían a estar juntos.

Comisario Mayor Echagüe
Dispuse los mayores recaudos para evitar errores irreparables. Se trataba de un hombre muy peligroso que había demostrado un incuestionable coraje en la contienda del sur y ahora, obligado a superar obstáculos de extrema gravedad, podía tener reacciones imprevisibles y de nefastas consecuencias. Así que llevamos a cabo la tarea para lograr su detención de la manera más reservada, cuidando todos los detalles para no frustrar el operativo. Una noche el agente Godoy lo reconoció en el bar Los amigos, sentado en el rincón más oscuro de local, desinteresado del bullicio de la gente, tomando sin parar una botella de ginebra. Creí que iba a concluir fácilmente la búsqueda de tantos días por diversos sitios -la casa de su padre, de Adelina Montes y de algunos amigos-, pero en seguida advirtió nuestra presencia y, antes de darle la voz de alto, se levantó de un salto. Movió la mesa para entorpecer la persecución mientras se internaba por el pasillo que conducía al fondo del bar. La sorpresa y el miedo se confundieron en los gritos y el movimiento de la gente cuando sacamos las armas y lo corrimos. La noche sin duda contribuyó a su favor. Llegó a transformarse en una sombra más, ágil y escurridiza, al cruzar una plaza y marchar por los techos de las casas y perderse por las calles más oscuras. Poco a poco se alejó del centro de la ciudad, hasta que, al ingresar en una zona donde abundan las viviendas de chapas y maderas y la débil luz de las calles resulta propicia para escabullirse con facilidad, lo perdimos de vista. Durante un par de horas registramos cada rincón del barrio hasta que uno de los agentes lo vio refugiarse en una obra en construcción. Tal vez creyó que ya se había liberado de nosotros o el cansancio lo obligó a tomarse un descanso. De inmediato ordené formar un círculo y, al considerar que no quedaba ningún resquicio para escapar, decidí efectuar el arresto.

Patricia
Apenas escribí la primera carta me dejé ganar por el anticipado goce de revivir otro tiempo. Intenso. Deslumbrante. Sí. Traté de relegar cualquier escrúpulo y no medí el dolor que podría causarle. Únicamente pensé en mí. Egoísta. Despechada. Y con las palabras que pretendían manifestarle todo lo que significaba para mí, utilicé las otras, falaces, dictadas por la bronca y la pesadumbre, para juzgar la conducta de María Inés. Apelé a cualquier argumento para convencerlo de que había dejado de sentir interés y, sobre todo, amor por él. Viví en permanente vigilia por lo que ocurría en las islas, aterrada por la idea de que Tulio pudiera integrar la legión de muertos. Al cabo de dos interminables meses, no me importó que la victoria, tan jactanciosamente anticipada por los militares, se transformara en bochornosa derrota, sino saber que él, al fin, regresaba a casa. Entonces quise cosechar los beneficios de mi plan. Inútilmente. Ya no descubrí ninguna huella del muchacho que tanto deseaba apretar entre los brazos, besar, acariciar con la delectación de otros tiempos. No. Se había convertido en un hombre atrozmente envejecido. Reacio a hablar, sufriendo súbitos estallidos de furia, sin interés por las personas que estaban a su alrededor. El más afectado fue mi padre, al comprobar que Tulio no había logrado destacarse por ningún acto de heroísmo y, peor aún, se hundía cada vez en una zona de negrura y desequilibrio. Yo abrigué un pánico similar pero, advirtiendo que ya María Inés no era una presencia cercana ni perturbadora, quise concretar el propósito de tenerlo sólo para mí. No tuve tiempo. El se vio absorbido por otra cosa. Mucho más grave. Y el desenlace se precipitó. Brusco y despiadado.

Tulio Rapella
Al despertar, percibió el sonido de pasos y voces. Sí. Ya me ubicaron. Llevó la mano al bolsillo del pantalón y, en un gesto instintivo, la cerró sobre la pistola, con la serenidad de tener un elemento para enfrentar a sus perseguidores. Y como a lo largo de los tres días que deambulaba sin tregua, no pudo evitar un abierto reproche contra Julián por reducir a cenizas demasiado pronto el trofeo que les iba a brindar un período de holgura y esplendor. Había notado, bastante alarmado, sus excesivas muestras de alborozo e hilaridad al repartirse el dinero. Con esto podremos tener todo. Mujeres, autos, diversión. Cualquier cosa. Más que contagiarse de tanta euforia se vio gobernado por el peso devastador de haber matado a un hombre. Creyendo -aquella noche en que él y Julián permanecieron largo rato agazapados en un rincón de la playa de estacionamiento, en tensa espera, dispuestos a cumplir la tarea encomendada-que de nuevo se encontraba en las islas, sometido a la única alternativa de matar o morir. Allí está. Apurate. La voz imperativa de Julián también le recordó a la del capitán Robledo cada vez que impartía una orden y, como si aún tuviera la obligación de obedecer, sin protestar, comenzó a correr hacia el sitio que indicaba el brazo tendido. Cuando el hombre descendió del Corolla azul se detuvo, a dos metros, con la pistola fuertemente apretada en su mano derecha. Sí. Acabar este trabajo lo más rápido posible. Le pareció llevar a cabo la misión más abominable al observar la cara aterrada del otro, los brazos levantados en actitud defensiva, el cuerpo que fue cayendo con exasperante lentitud por el único disparo.
-Lo tenemos rodeado, Tulio Rapella. ¡Entréguese!
Además de relegar una etapa sombría y torturante, el grito resonó con el carácter de un mandato. Demasiado familiar y ya imposible de aceptar. No. Basta. Nunca más. Rechazando para siempre la posibilidad de amoldarse a las reglas impuestas por los otros, se levantó. Extrajo la pistola del bolsillo y abandonando el precario refugio de ladrillos y maderas, marchó hacia la voz estentórea y los poderosos haces de luz.

Comisario Mayor Echagüe
Todavía me cuesta admitir la conducta de Tulio Rapella. Para hallar un justificativo se podría pensar que sufrió un repentino ataque de locura o tal vez creyó encontrarse de nuevo en las islas, rodeado de enemigos y obligado a sostener una lucha feroz. Fruto de la conmoción generada por los infernales avatares de la guerra, además de cargar con el estigma de un asesinato y llevar días peregrinando sin rumbo por la ciudad. Creo que no corresponde realizar ninguna queja contra nosotros, pues actuamos, más que por efecto de la sorpresa o por la necesidad de defendernos, en fiel cumplimiento de nuestro deber ante una circunstancia tan difícil. Ni mis hombres ni yo deseábamos ese final. Puedo asegurarle que nos preocupamos por evitar un hecho sangriento. Desde el momento en que lo descubrimos en la obra en construcción y ordené formar un cerco, consideré que todo sería bastante sencillo. No tardé en advertir mi equivocación. Dado que respondió con una andanada de tiros a los reiterados pedidos para que se entregara, decidí apelar a las bombas de gas lacrimógeno. El medio menos agresivo para poder detenerlo. Apareció tambaleante, convertido en una figura espectral. Tras dar varios pasos en una tentativa por alejarse del lugar donde el humo resultaba más denso, se desplomó. Y entonces cometimos el error de dar por concluido el operativo. No. Una trampa. La fingida descompostura, el ocultamiento del arma, la estudiada espera para sorprendernos. Todo ocurrió con extrema celeridad. Sin poder analizar o elegir otra alternativa. Era preciso actuar. Simplemente. Y es lo que hicimos. Con bastante turbación. Tratando de esgrimir una defensa más que concretar un ataque. Desconcertados por la reacción del muchacho. El cuerpo que habíamos visto caer, supuestamente a causa del gas, adquirió de repente una vitalidad arrolladora. Sacó una pistola mientras rodaba por el suelo. Y disparó repetidas veces. Furiosamente. Con el propósito de cobrarse lo más caro posible la disputa final. Logroño y Paiva fueron alcanzados por los proyectiles. El alto costo que debimos pagar por nuestra excesiva confianza. Pero Godoy, Altamira y yo, superados los segundos de estupor, logramos repeler la embestida. Y cuando al fin el muchacho quedó rígido, en una postura distorsionada, como si tuviera quebrado todos los huesos, no pude desalojar una dosis de amargura y desolación. Por la terrible evidencia de haber contribuido, de manera compulsiva y sin opción, a facilitar un desenlace que él, quizá fríamente, en una especie de jugada macabra, había preparado.

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