Octubre

Notas de Opinión 28 de agosto Por
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Si la Argentina tiene o no futuro viable como nación estable, ordenada y justa, en libertad, es un interrogante abierto. En lo inmediato, los resultados electorales abren un panorama auspicioso, respaldado en la categórica mayoría de votos reunidos, que si bien indicadores de una tendencia a favor de la construcción de ese ideal superador, enfrenta variables reiteradas de un sino histórico cargado de esperanzas y frustraciones.
No conlleva esto pesimismo irremediable, sino la propuesta de reparar en lo vivido, en lo experimentado, a la luz de la razón y el desapasionamiento. Es indispensable la mirada al pasado y la consideración responsable respecto de un devenir producto de factores diversos y reiterados prevaleciendo en el tiempo y con puntos en común.
Se encontrará, por ejemplo que fundamentalmente, los pensamientos de partes presuntamente enfrentadas en el decadente proceso abierto hace más de ochenta años no difieren mayormente salvo en las formas e intereses en las sombras. Sobre esa base se construyeron antinomias que dividieron a la sociedad mucho más allá de lo que, objetivamente, tenían de válidos los reclamos populares de justicia y sobre los que se encaramaron aprovechados de toda laya y procedencia.
En el contexto así creado, la supuesta pureza de los principios de los discursos oficiales en cada ocasión de cambios políticos, armas o votos mediando, fueron nada más que expresiones de un “gatopardismo” a la criolla que en definitiva significó, efectivamente, que todo siguiera igual. En resumen, la venta de tranvías y buzones. Salvadores afectos a pantagruélicos festines, como quedó por demás demostrado.
De las resultantes de las “luchas” contra los enemigos de la Patria y la clase trabajadora: -opositores. cipayos y vendepatrias en general, , las sinarquías internacionales, la Iglesia en algún momento y, por cierto, el capitalismo, etc.- habla la realidad a que llegamos, por donde se la mire: la caja pública vacía, o vaciada, argentinos empobrecidos y endeudados y, por contrario efecto, inexplicables enriquecimientos y la misma liturgia de buenos y malos. Entre otras cosas por las que llorar. Atraso y odios cultivados por igual. ¿Sería otro nuestro país si las instituciones de la República, cada una en lo suyo respecto de los compromisos constitucionales asumidos, actuaran conforme la misión confiada, por la que juraran sus representantes? Seguramente, no sería el mismo de modo superlativo pero sí lo suficientemente integrado, consolidado y solvente, pluralista y solidario. En lugar de presidencialista y autoritario, federal en vez de unitario, con libertad garantizada en cambio de un vetusto ritualismo conformista, nada más que una Nación libre y soberana, dueña de su destino.
El consenso imprescindible para lograrlo es posible pero no fácil en un escenario con altos niveles de enfrentamientos largamente sostenidos. No son necesarias precisiones mayores para explicar esto, pero es evidente que no están dadas condiciones mínimas para explorar, siquiera, sobre el propósito de acercar posiciones con sentido positivo. El obstáculo mayor es el crítico estado interno de una oposición fragmentada, sumada a una concepción de poder político proyectado desde la primera hora de un proceso de décadas, esencialmente opuesto, como se ha manifestado, a aceptar otra forma democrática que no sea la que le es propia.
A dos meses de la consulta de octubre, un eventual modificación de la actual conformación representativa en el Congreso de la Nación, a favor del oficialismo, podría dar lugar a otro panorama que el incierto de esta hora. El que representaría el dejar lo pasional de lado en beneficio de la razón. La soberbia, como sabemos por conocimiento directo, no construye sino todo lo contrario. Alguien sentenció una vez: “No hay país sin pueblo, y no hay pueblo sin individuos conscientes de que su vida está atada a la vida de los demás”.

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