La competitividad y la distribución de ingresos

Notas de Opinión 26 de agosto Por
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Por Ricardo Arriazu (*)

Las cuentas externas argentinas están mostrando claros síntomas de deterioro y muchas empresas se quejan de que las políticas implementadas en los últimos años disminuyeron su capacidad para competir con los productores de otros países, lo que explicaría la caída de las exportaciones y la “invasión” de productos importados. Aunque la pérdida de competitividad hizo su aporte a este deterioro, es indudable que existen otros factores tanto o más importantes como la baja de los precios internacionales de las materias primas y el incremento del gasto interno por encima del ingreso nacional.
Los economistas tenemos la tendencia a asociar el concepto de competitividad externa con la evolución del tipo de cambio real (evolución del tipo de cambio corregida por la diferencial de tasas de inflación entre nuestro país y nuestros principales socios comerciales). Este cálculo, aunque simple, deja de lado otros factores claves, y lleva a la creencia de que una simple corrección cambiaria puede eliminar los problemas de competitividad, pero esta receta provocó en el pasado resultados nefastos sobre la economía argentina.
En términos generales, el tipo de cambio real es el inverso del salario real, por lo que cuando una devaluación mejora la competitividad externa lo hace a costa del salario real, pero al recuperarse éste gradualmente a lo largo del tiempo, el tipo de cambio real vuelve a caer y se deteriora “la competitividad”. Esta es la esencia de los ciclos de expansión y crisis externa de la economía argentina.
En realidad, los determinantes de la competitividad son más complejos y varios de ellos son generalmente ignorados. Ser competitivo implica poder ganar dinero con las actividades en las que se compite en los mercados internacionales, e involucra no sólo el tipo de cambio, sino también la incidencia de los costos laborales ajustados por productividad, de la carga tributaria, los costos financieros, los costos de las regulaciones y de la logística, y de los impuestos (retenciones y aranceles) sobre las transacciones externas. La única forma de ser competitivo es mejorando todos estos factores (en forma equilibrada), pero hacerlo implica afectar muchos intereses y muchas veces las soluciones son consideradas “políticamente incorrectas”. La contrapartida de no hacerlo son los crecientes niveles de pobreza.Veamos la evolución de estos factores de costos en los últimos 12 años. Desde 2004 el costo laboral unitario medido en dólares se multiplicó por 9, y al día de hoy es el doble que los vigentes a fines de la convertibilidad. Esta evolución es el resultado de incrementos de salarios que excedieron largamente las mejoras de productividad, y aunque puedan considerarse socialmente justos no lo son si terminan afectando su sustentabilidad.
Las cifras publicadas recientemente sobre la distribución del ingreso muestran que la participación pura de la mano de obra pasó 33% al 54%, y si le agregamos la porción de mano de obra de las actividades mixtas (taxis, quioscos, etc.) llegamos al 62%. Esta es una merecida aspiración, pero es insostenible en un país sin stock de capital y con un elevado nivel de riesgo. En los Estados Unidos es del 67%, pero tienen un stock de capital muchísimo más grande y con bajas tasas de interés. Durante este mismo período la carga tributaria consolidada (nación, provincias y municipios) se elevó del equivalente a 24% del PBI al 34%, lo que también afectó la competitividad externa, y aun así no alcanzó para financiar el crecimiento del gasto público. Considerando la evasión existente, la carga de los que efectivamente pagan es mucho más elevada y casi duplica la de otros países de la región. Para muchos productos el componente impositivo de su precio supera el 50%, y en el caso del agro es incluso bastante más elevado.
La carga financiera es otro elemento que deteriora la competitividad externa del país. Las tasas que paga el gobierno por su endeudamiento superan en 6 puntos anuales a las tasas que paga los Estados Unidos, y duplica las que pagan Brasil, Chile y México. Este mayor costo es el reflejo de nuestra turbulenta historia y de las altas tasas de inflación. Adicionalmente, el acceso al crédito es prácticamente nulo por el escaso tamaño del sector financiero. Por último, la falta de infraestructura y las regulaciones elevan considerablemente el costo logístico y transaccional en nuestro país. En una reciente reunión sobre logística, el presidente del Grupo Arcor, Luis Pagani, comparó los costos de exportación de un contenedor en Argentina (2.900 dólares), en Brasil (1.900), en México (1.700) y en Chile (900).
La suma de todos estos factores muestra las verdaderas causas de la falta de competitividad externa de la economía argentina, con sus secuelas de crisis periódicas y el sostenido crecimiento de la pobreza. 

(*) Economista.

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