Hay demasiados mitos para tan pocos túneles

Locales 20/08/2017 Por
En un pueblo con escasos héroes y demasiados misterios humanos, citar la influencia de los mitos urbanos es casi una obligación, aunque con un poco de esfuerzo, hasta tenemos para escribir un modesto artículo. Este.
FOTO ARCHIVO LA OPINION ASI SE VEIAN./ Los relatos coinciden en que los ladrillos taparon posibles pasajes que indicaban una arcada abovedada. En este caso, son los de 9 de Julio y Belgrano, frente a Ripamonti
FOTO ARCHIVO LA OPINION ASI SE VEIAN./ Los relatos coinciden en que los ladrillos taparon posibles pasajes que indicaban una arcada abovedada. En este caso, son los de 9 de Julio y Belgrano, frente a Ripamonti

Hace algunos días, y en estas mismas páginas, el prestigioso profesional de la ingeniería Marco Boidi, daba por tierra de una manera terminante y científicamente sustentada, el asunto ese de los mitos de los túneles urbanos en la ciudad. En ese sentido, es menester afirmar que la afirmación no carece de lógica ni fundamento, pero abre las puertas para algunas respetuosas consideraciones.
Quien esto firma ha sido testigo directo de varios incidentes en el rubro, todos con rigurosa asistencia al lugar de los hechos. Dos de ellos, absolutamente permeables a cualquier delirio, pero el tercero, el tercero...
Sobre los espacios subterráneos de las Almacenes Ripamonti, ya se han referido con criterio profesionales de la historia y es dable aceptar (porque estuvimos) que más allá de cualquier  acertijo, no eran otra cosa que instalaciones de uso de la firma comercial, en un tiempo un  emporio con productos de toda clase.
El segundo caso fue en las instalaciones de la ex River Plate Dairy Co. La fábrica de manteca que funcionaba en lo que es hoy la prolongación de avenida Brasil y Las Colonias y que fue  dinamitada por orden de sus dueños ingleses cuando se fueron del país. Pues bien, esa fábrica  (de la cual sólo queda la gerencia y la residencia del responsables de entonces) generaba su  propia energía en una usina que se ubicaba donde está actualmente la escuela “Languier”; al sur  de la misma se encontraba (¿está aún?) la pileta que contenía el agua que refrigeraba la  planta y que se utilizaba para la empresa. Para dejarlo en claro, la usina debajo de la misma planta de producción.
Aquí recorrimos hace unos años, allá por 1990, un túnel de dimensiones importantes que permitían el paso de una persona agachada, pero la construcción – que se dirigía hacia el este,  donde estaban los galpones que luego pasaron a ser sede de una granja avícola; a pocos metros y paralelo a la calle Montes de Oca (en ese tiempo, inexistente)- se terminaba abruptamente, y  nadie supo dar nunca un explicación contundente del caso, salvo ratones y arácnidos que no  quisieron hacer declaraciones. El tiempo se ha llevado todo.
Ahora bien, volviendo al mito y a las historias de la ciudad, se podría sintetizar así: había (dicen, pero no se sabe con qué fundamento) toda una red de túneles que se iniciaban en lo que es el supermercado de Yrigoyen y Rivadavia, que venían desde un lugar poco santo (¿?) desde el sur,  que se juntaban con otro que habría salido de la casa de Guillermo Lehmann, en Rivadavia y  Colón, antes Escuela de la Plaza y antes Fioramonti y antes… el lugar que el fundador/formador  -todo un tema, eh?- había elegido para su casa que nunca construyó ya que murió en 1886. De  allí, siempre a decir de los chismes que nunca tuvieron autor -ni asidero- seguía por calle Belgrano, recibía otros ramales de calle 9 de Julio (desde el sur), de la Casa Ripamonti y  continuaba hasta Belgrano al 500, donde doblaba (SIC) hacia el norte, para terminar (¿en línea recta?) en la casona de calle Sarmiento, hoy frente al Museo de la Fotografía. Punto para el cuento. Lo único que se pudo agregar a esta teoría, tan loca como local, son sendos derrumbes por el paso de las cloacas (o cimentaciones muy posteriores), a la altura de Casa Coppetti o Perfumería Oliveras, sitios tan conocidos que no hace falta abundar en una identificación urbana más profunda.
Superado el segmento de ficción, vayamos a un hecho real que tuvo como testigos a varios periodistas de la ciudad, algunos de los cuales -que me dejarían mentir- ya no están.
En lo que era el último suspiro de la antigua Sociedad Anónima de Consumos, o sea la Cooperación, habían aparecido dos sótanos; uno de dimensiones importantes, aunque derruido,  en las cercanías de la esquina de Yrigoyen y Vélez Sarsfield, y el otro, en el acceso de calle  Rivadavia, más precisamente debajo de la segunda columna (desde la entrada), de hierro, que  aún están en la zona de cajas del actual supermercado. Esto fue muy a principios de los años ochenta, se detalla.
El sitio, al cual accedimos con colegas -se dijo- y empleados, era una habitación cuadrada de cinco metros por cinco, con una escalera de ladrillos que bajaba desde el sur hacia el cardinal  norte y que mostraba a la columna citada y a dos aberturas, amplias y altas, tabicadas con  ladrillos. El autor memora que el albañil que colocó las columnas, un hombre ya grande, dejó en  claro que cuando se hizo ese trabajo, el sótano ya estaba en las mismas condiciones, allá por  los años cuarenta o antes, aunque no recordaba debido a su avanzada edad.
Como dato anecdótico, podemos decir que una de las aberturas ahora obstruidas, se ubicaba al este y la otra al sur, perpendicular a la escalera de acceso, todo ello con una mano de obra muy  prolija, y lejos de la línea externa de la construcción.
Imbuido por las inconscientes energías de la juventud y el fervor del periodista osado, quien esto escribe y sus veintipico de años, quisieron ir más lejos y contactaron a un par de ingenieros de  la Universidad para tratar de ver de qué materiales se trataba. Sin embargo, el mundo siempre  es igual con los audaces y cuando se intentó avanzar sobre el caso, llegó la orden, se tapó el sótano/túnel y el caso se mandó al archivo como el arca de Indiana Jones.
Pero todo tiene vuelta en la vida. Y le seguimos sacando el jugo, aunque admitiendo -con pesar- que se haría necesarios encontrar un par de túneles más para solventar estas historias que tiene más versiones que hechos concretos. El tiempo y la piqueta han hecho de las suyas y Steven  Spielberg aún no se enteró.

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