Hubo algo en la infancia que me llevó a la actuación*

La Palabra 19/08/2017 Por
por Hugo Arana - actor (Buenos Aires)
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Que yo me dé cuenta, lo único, que era el gracioso del grado. O sea que necesitaba ser mirado, evidentemente. Hacía bromas, como antecedente. Evidentemente actuaba, necesitaba la mirada ajena. Después de adolescente me gustaba mucho el cine, mucho, mucho. Salía del cine haciendo el duro, a los catorce, quince años, el galán. Había algo que me quería mimetizar. Y a los veintiún años vi un cartel que decía “Hágase actor” en calle Perú y Venezuela. Laburé en más de quince trabajos desde los once años, no terminé el tercer año de la secundaria para laburar. Y estaba con un arquitecto, que después me hizo la casa donde vivo, yo era peón, albañil, carpintero, electricista, todo hacía. Vi ese cartel y dije ¡actor! Y leí “Centro experimental cinematográfico”. Y el día que cumplí veintidós años me anoté.

Dónde transcurrió mi infancia

En varios lados. Nací en el Hospital Rivadavia de la ciudad de Buenos Aires, mi padre era peón de campo, vivían por Plomer, Pehuajó, aquella zona, mi hermano ya tenía siete años y mi hermana seis. El parto conmigo venía con problemas entonces la familia de mi madre que eran nueve hermanos, vivían todos en la ciudad de Buenos Aires, tres hermanas eran enfermeras del Rivadavia la llevaron a mi madre y nací allí. Y ya nos quedamos en Buenos Aires por la familia de mi madre, pero mi viejo no tenía oficio, mi viejo ordeñaba vacas, hacía alambrados, era peón de campo, entonces nos mudábamos. A los pocos meses fuimos a parar de Villa Urquiza al medio de Monte Grande, donde mi padre consiguió el laburo de cuidar un chalet, mi madre limpiaba el chalet de una gente de guita, mi hermano y  mi hermana iban al colegio a caballo, una legua por calle de tierra. Yo a los cuatro o cinco años andaba a caballo, teníamos un caballito manso. A los cinco años  nos mudamos a Lomas de Zamora a una pieza. Mi hermano se fue a vivir con mi abuela porque quería ser mecánico, y tres hermanos de mi madre tenían un taller mecánico. Entonces se iba con los tíos a laburar al taller. Quedamos los cuatro en una pieza durante cuatro años: mi papá, mi mamá, mi hermana y yo. Una casa chorizo donde al final vivían los dueños. A los nueve años míos nos fuimos al barrio San José de Temperley, a cuarenta y pico de cuadras de la estación. Vivimos dos años ahí, calles de tierra, la ruta y nada más. Y a los once llegamos a Lanús porque las tres hermanas de mi madre enfermeras compraron una casita en Lanús y nos dijeron vayan a vivir ahí. Y nos cobraban un alquiler simbólico. Asfalto, tranvía y colectivo en la puerta, enfrente el hospital vecinal, abríamos la canilla y salía agua, apretábamos un botón y prendía la luz. Entramos a la esquizofrenia, ja. Hasta ahí cocinábamos con leña, y ahí con garrafa. Desde los once años hasta los treinta y dos viví ahí en Lanús. Mi papá falleció, mi hermano se casó. Y me fui a vivir con mi novia a Lavalle y Montevideo de la ciudad de Buenos Aires. Volví al origen, a mi aldea. Estuvimos con ella cuarenta y cuatro años de pareja, la conocí en el Instituto de Arte Moderno, me enamore viéndola en el escenario haciendo escenas y ella se enganchó conmigo viéndome trabajar de actor. Siempre decíamos somos dos cholulos.

Quiénes fueron apareciendo como los formadores del carácter de actor

Empecé con un maestro Marcelo Lavalle en el “Centro experimental cinematográfico”. A los pocos meses de estar me dijo que tenía que ir a su instituto porque donde estaba era una mentira. Fui al año siguiente, me pasé al Instituto de Arte Moderno donde este hombre tenía una sala y pasaron por ahí Norma Aleandro, Ignacio Quirós, Emilio Alfaro, pasó mucha gente por ese teatro. Montaba obras como “Las brujas de Salem”, y en los personajes centrales ponía actores profesionales y en los papeles chiquitos ponía alumnos. En el año sesenta y seis debuté con un papelito en una obra, y ya no paré. Era teatro, teatro, teatro, teatro y teatro. Y en el sesenta y nueve -ya venía viendo teatro y empecé a tener criterio, un concepto- entonces averigüé quién era el mejor maestro de teatro y era Fernándes, Fernándes, Gandolfo, Alezzo, Fernándes, Alezzo, Fernándes, Fernándes, Fernándes. Y dije ¿Quién es este Fernándes? Y fui, me tomó una prueba, pasé, y empecé a estudiar con Augusto Fernándes e hice muchos años de laboratorio, con Lito Cruz, amigo de Fernándes de la adolescencia. Hacíamos mucho taller de investigación.

Cómo llego al primer trabajo importante

Mirá, depende qué le llames importante. Si fue la popularidad es una publicidad de vino Crespi que hice en el setenta y dos y en diez días la habían visto quince millones de personas porque la pasaban treinta veces en cada canal de televisión. Entonces me subía al colectivo y me aplaudía la gente. Pero el teatro me salvó, me doy cuenta que me rescató el teatro, porque me podría  haber convertido en un imbécil. ¡Ser famoso! ¡Y yo era joven! Y no, el teatro me retuvo, no me cambió en nada hacer la publicidad y esa fama no cambió mi tarea, yo seguí haciendo laboratorio, teatro.

De qué manera me encuentro con la televisión

Porque repartí fotos en el año sesenta y ocho a los canales, a las productoras de cine, y bueno, “El amor tiene cara de mujer” de Nené Cascallar, fui a hacer cinco capítulos, empecé a hacer cositas en televisión, y en el sesenta y nueve debuté en cine en “El Santo de la espada” con Alfredo Alcón que era San Martín, haciendo el Capitán Aráoz de La Madrid, pero era un papelito así de chiquitito, cuatro frases tenía. Con mi novia nos fuimos a la Biblioteca Nacional a bajar libros para estudiar a La Madrid, yo estaba preparado para hacer Aráoz de La Madrid  y eran cuatro frases, ja. Dije: esto no es sencillo, y así empecé, empezó a aparecer laburo, laburo, laburo. En el setenta y dos sentí que había entrado a la Selección Argentina porque Sergio Renán me llamó para hacer “La vuelta al hogar” una obra de Harold Pinter en el Teatro Regina, y dirigían la obra Leopoldo Torre Nilson -que lo conocí en “El Santo de la espada”- y Renán, los dos. En el escenario estaban Sergio Renán como actor, Osvaldo Terranova, Cipe Lincovsky, Héctor Alterio, Jorge Rivera López y yo. Y ganó el premio al mejor actor Alterio por ese laburo y yo gané “Revelación de Teatro” por ese laburo. O sea el teatro ha sido mi refugio siempre. Renán me había visto en las grandes novelas en el viejo Canal Siete, una televisión que se ha perdido, porque se hacían las grandes novelas del universo: se adaptaban, se ensayaba diez o doce días y se grababa, de los grandes autores, y si uno se equivocaba había que grabar todo el bloque de nuevo.

Cuando hay que decidirse por una propuesta de trabajo. ¿Qué se tiene en cuenta a la hora de valorar la importancia?

El cuento… qué se está contando. Tengo muy claro -como muchos actores y actrices- que soy un vehículo, que transporta una mercadería, de un autor, la transporto a domicilio, hasta el espectador. El tema es cómo cuido el vehículo, es decir cómo hago eso, cómo trabajo. Ser verosímil. Uno lo que hace no es la verdad, tiene que tener verosimilitud. Si no, la ciencia ficción es todo mentira, sin embargo los grandes autores son verosímiles. Es eso, la tarea es cuento. Que el cuento despierte en lo propio, en lo personal, algo que me interesa, algo que me gusta, que me traiga preguntas, no me traiga verdades, la verdad no sé qué es todavía, son necesidades primarias. Creo que es verdad aquello que uno necesita que sea verdad. Uno encuentra argumento para preguntar qué es verdad. La verdad es eso. Rabindranath Tagore dice “La vida no es un problema, la vida es un misterio a recorrer” y yo creo en eso. La vida  no tiene solución porque no es un problema, la solución está para los problemas. Es un misterio. Bueno, el cuento que me traigan, a qué  misterio me mete, a recorrer qué, por ese lado es que uno elige.

*El texto pertenece a la entrevista realizada por Raúl Vigini a Hugo Arana

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