Brasil: riesgos del vendaval justiciero

Notas de Opinión 31/07/2017 Por
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LULA. ¿Culpable o inocente? FOTO ARCHIVO
LULA. ¿Culpable o inocente? FOTO ARCHIVO

Por Vicente Palermo (*)

Políticamente, Brasil es el país de las ironías. Fue una sabia ironía que un sociólogo progresista como Fernando Henrique Cardoso encabezara una coalición modernizante-conservadora. Fue una triste ironía que una presidente honesta, burócrata de alto nivel, sin competencia para la típica y supuestamente nefasta opacidad de la política brasileña, fuera destituida de su cargo por “crimen de responsabilidad”.
Es una amarga ironía que quien fuera su vicepresidente, y que reemplaza a Dilma debido a ese “crimen”, esté hasta las orejas hundido en el barro de la corrupción y siendo escudado por una tropa parlamentaria que, en su mayoría, cree precisarlo para salvar su propio pellejo. Y es, también hoy, una ironía que el retirante nordestino, obrero mecánico y sindicalista que fuera por dos veces presidente de la República, haya sido condenado (en primera instancia) a 9 años “y medio” de prisión porque, supuestamente, aceptó sobornos durante el ejercicio de su cargo, por valores equivalentes a un departamento suntuoso. En un país, debo recordar, en el que el enriquecimiento de los políticos -y en cifras que superan en mucho el precio de un departamento- es moneda corriente.
Claro que esto no justificaría la conducta de Lula. Pero intentemos poner las cosas en contexto. ¿Es Lula culpable? No está del todo claro (aunque son muchos los brasileños que piensan que sí). Las pruebas que empleó el juez Sergio Moro para condenarlo no me parecen concluyentes. Se basan, por un lado, en la delación premiada, un mecanismo propenso, por su naturaleza, a incentivar la producción de inculpaciones inexactas. Y por otro en la existencia de documentación localizada en la casa del ex presidente, sobre otro departamento (comprado y vendido), y sobre el departamento en cuestión, que ni siquiera está firmada. No estoy afirmando que Lula sea inocente. Pero mi impresión es que el juez Moro conjetura demasiado.
Entremos al asunto desde otro ángulo. Es cierto que Lula tiene, todavía, la mayor imagen positiva e, hipotéticamente, en un sistema político pulverizado, las mayores intenciones de voto. Pero eso, probablemente, no haga más que alimentar la ilusión del PT.
El rechazo, el “techo electoral” del ex presidente, es aún mayor y no es nada fácil que Lula salga victorioso en una eventual segunda vuelta, no necesariamente frente a un político convencional, de partido, pero sí frente a un outsider, o un aparente outsider, como Marina Silva. Esta es una razón para desear que Lula no quede fuera de la competencia. La exclusión del candidato de mayor voto potencial, que en lugar de ir al cuarto oscuro va preso, es una victimización muy indeseable (más aún tratándose de una – imaginaria – expresión de los pobres, del mundo del trabajo; Lula no es el empresario Marcelo Odebrecht).
La cárcel sólo añadiría una pesada carga de desestabilización al sistema político, en el que el PT, aun periclitante, continúa siendo una fuerza de primer orden. La derrota de Lula limpia, o su triunfo improbable, en cambio, apuntalarían la recomposición.
¿Pero esto, a la Justicia qué le importa? Tiene que hacer justicia, no puede ni debe juzgar en base a esas consideraciones. Muy bien, volvamos a ella. El epítome de la justicia brasileña es hoy precisamente Sergio Moro: un cruzado, un juez que no cree ser un servidor público sino encarnar la moralidad política, el proceso de moralización, de limpieza, del sistema político (y que, en aras de la eficacia judicial, no ha vacilado en colocarse él mismo por encima de la ley, e invertir la doctrina de presunción de inocencia). Moro opera con la misma ilusión de arrasar tangentopoli a través de un mani pulite tropical. Las posibilidades de que un shock moralizador masivo no empeoren las cosas son, a mi juicio, muy bajas.
Por eso, es útil examinar la presente colisión entre dos actores netamente políticos, expresados en el único liderazgo que sigue en pie, y en el adalid de los creyentes en que la Justicia puede conferirle una nueva forma a la política. Como observa el politólogo mineiro Bruno Reis, estamos hablando del “menos malo” de los períodos de la democracia brasileña, desde 1994 con FHC y el Plan Real, y que desembocó en las gravísimas dificultades que culminaron con la (poco sensata, a mi juicio) destitución de Dilma.
Hacia el final del mismo, uno de los engranajes del funcionamiento del presidencialismo de coalición, esa corrupción sistémica, afloró. Se convirtió en protagonista central del nuevo cuadro escénico. Pero creer en un vendaval justiciero  -sin atender, como agrega Reis, sus causas, sino apenas sus síntomas- puede significar destruir también lo bueno que ha tenido la democracia brasileña desde los 90. Ese facilismo puede satisfacer buenas conciencias y bellas almas, pero no reconstruir la política. (Publicado en Clarín).

(*) Politólogo, investigador del CONICET. Miembro del Club Político Argentino.

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