¿Es terminal la crisis del Occidente liberal?

Notas de Opinión 30/07/2017 Por
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En principio, reconocer valor al interrogante implica admitir que el Occidente está en crisis acentuada, y que los principios y valores sobre los que se asienta el pensamiento liberal que define su carácter se encuentran en una grave encrucijada. Prestar, por lo menos, un poco de atención a lo que está sucediendo en el mundo, que nos comprende y afecta, quiérase que no, representaría un paso adelante hacia la necesaria comprensión de que nuestra existencia, individual y colectiva, se encuentra seriamente amenazada.
No es cuestión de suponer que la formulación precedente apunta a otra finalidad que no sea la que la que propone el escenario abierto a una lucha por el control y usufructo de poder político y económico a escala global. De principio, acudiendo a formas y procedimientos marginales a toda reserva legal y, por cierto, inmoral por naturaleza de lo que lo hace posible. Puede esto parecer desmesurado, pero si la visión o enfoque está condicionada por la ignorancia o la indiferencia ante las muestras de un notorio desequilibrio en las relaciones humanas, a favor de pocos, la cuestión adquiere inquietante dimensión.
“La vida -apunta Silvia Zimmerman del Castillo, una investigadora en la temática del agua- depende en gran medida de las decisiones de un puñado de hombres tomadas según su escala de valores”. Este es el punto crucial, puesto que de aquello a que respondan quienes deciden sobre la suerte de millones de seres indefensos depende la suerte de la humanidad.
Es el caso del señor Trump. Su irrupción en la arena global no resulta para nada auspiciosa en esa dirección dada su propensión a separar antes que a unir en materias que, como la libertad, la justicia y el derecho consagrado, son baluartes de la civilización occidental, hoy francamente amenazada por fundamentalismos retrógrados y el accionar corrosivo del delito encubierto y virtualmente consentido por el sistema. Carga hipocresía que en Polonia, larga víctima del poderío ruso, convoque a la defensa de Occidente cuando construye un muro en la frontera con Méjico y dicta medidas discriminatorias y racistas.
Afirma Zimmerman del Castillo: “Si el valor que rige toda acción es sólo comercial, las elecciones responderán a él en detrimento de cualquier otro”.
Cuenta la prensa europea que en las recientes manifestaciones en Hamburgo un grupo de jóvenes portaba un cartel con esta leyenda: “Si el clima fuera un banco, ya habría sido rescatado”: Obvia referencia a la política del señor Trump sobre el cambio climático, pero asimilable también a los privilegios reconocidos a la banca financiera internacional y a grandes inversores.
El margen de injusticias diversas en tantos frentes de la realidad es producto del orden montado, desprendido de todo compromiso humanitario respecto de los hechos que denuncian las razones prácticas de su existencia. Un punto clave lo representa el sistema lavador de activos, acerca de cuyas procedencias no pregunta, en perjuicio directo de las economías nacionales. Por la vía de la consecuente descapitalización interna se impuso la dependencia que representa el endeudamiento externo, Debe admitirse en estos casos las responsabilidades internas de gobernantes y beneficiados.
La organización británica Tax Justice Network (Justicia Fiscal Internacional) declaraba en 2012 que los paraísos fiscales ocultaban más de 21 billones de dólares, o sea el equivalente a un tercio del PBI mundial. Si por esa suma se pagara algún tipo de impuestos sería posible reducir el hambre en el mundo, decía el informe. Agregaba que los activos en cuestión son propiedad de solo 92.000 personas, es decir, el 0,001% de la población mundial. En definitiva, un monto comprensivo de la evasión sistematizada, el narcotráfico, la corrupción, el tráfico de armas, el contrabando: todo ello posibilitado por el indispensable concurso de estructuras financieras que garantizan el secreto bancario y, es claro, la impunidad creciente asegurada por la indiferencia de los países centrales.
El agravamiento de las consecuencias que recaen sobre mayorías abona el descrédito de las instituciones que tutelan derechos y garantías y profundiza el deterioro de los fundamentos sobre lo que descansa la obra de Occidente que tiene, en la libertad y el derecho a ejercerla, su mayor grandeza. ¿Sería el espíritu crítico vacilante la causa?
A esa no menor cuestión se refiere Mario Vargas Llosa. Sostiene que “Occidente -mejor dicho los espacios de libertad que su cultura permitía- tuvo siempre en sus filósofos, en sus poetas, en sus científicos y, desde luego, en sus políticos, a feroces impugnadores de sus leyes y de sus instituciones, de sus creencias y de sus modas. Y esta contradicción permanente, en vez de debilitarla, ha sido el arma secreta que le permitió ganar batallas que parecían ya perdidas”.
Entre esas batallas, reiteradas en el largo recorrido de la humanidad hacia nuestros tiempos, los logros del pensamiento liberador que es marca del Occidente, constituyen ya un patrimonio para individuos y pueblos que enfrentan las formas totalitarias que, cualesquiera fueren sus disfraces ideológicos, comparten el mismo rumbo de destinos de opresión y sometimiento.

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