La sangre para ellos son medallas

La voz inoportuna
Llevaba casi dos horas de trabajo, a buen ritmo por impulso del fervor y la seguridad sobre lo que deseaba expresar, cuando la visión comenzó a tornarse cada vez más turbia, el dolor fue transformando en una masa rígida los músculos del cuerpo, la mano que aferraba la lapicera sólo pudo garabatear palabras incomprensibles. Concluir la obra que iba a plasmar sus ideas y postura política -con mayor contundencia que por medio de las notas publicadas una vez por semana en el principal diario de la ciudad- se había constituido en el único y primordial objetivo durante los últimos cuatro meses. Como el mejor testimonio de repudio contra cualquier forma de opresión. Bregando por el derecho de todos los habitantes del país para vivir en un clima de plena libertad. Dispuesto a develar, sin ambages ni temor, las siniestras maniobras utilizadas por los miembros del Gobierno para gozar de privilegios y jugosos beneficios.
Pero la posibilidad de concretar tal proyecto le resultaba cada vez más incierta, no tanto por los intentos con que pretendían disuadirlo -a través del estallido de una bomba junto a la puerta de su casa, tres semanas atrás; de los frecuentes llamados telefónicos cargados de injurias y amenazas-, sino por el progresivo deterioro que minaba su organismo. Porque nuevamente, como solía reiterarse a lo largo de cada jornada, de improviso debió abandonar la tarea. Impotente. Lacerado por la frustración. Y sólo atinó a proferir, en un clamor apenas audible, el nombre de la única persona que ahora, además de ocuparse de prepararle la comida y mantener limpia y ordenada la casa, podía auxiliarlo:
-¡Clementina!

Creyó que pasaba un tiempo interminable mientras, petrificado en el asiento, percibía los pasos lentos y pesados, el chirrido de la puerta al abrirse, el ruido familiar de los frascos de remedios, por fin la voz tierna y alentadora:
-Vamos, don Manuel. Beba esto. Le hará muy bien.

La mano tibia le ayudó a sostener el vaso y llevarlo hasta los labios. Bebió con avidez el líquido azulino, sin reparar en el sabor amargo, impaciente por calmar el dolor y restablecer las energías. Comprendió que, en pos de terminar su obra más ambiciosa, podría soportar cualquier sacrificio.
Pero, en lugar de la anhelada vitalidad, no tardó en ser invadido por una dulce placidez. Todo a su alrededor comenzó a desdibujarse, una creciente flojedad fue atenuando la abrumadora parálisis, hasta recibir el resguardo de los brazos de ella a medida que se hundía en un pozo oscuro e insondable.

-Está trabajando demasiado, don Manuel. Debe descansar. Lo mejor será que duerma un rato.
-Ha cumplido con mucho esmero y delicadeza su trabajo. Debo expresarle el reconocimiento y la satisfacción de todo el Gobierno. Al callar la voz de Manuel Ordoñez ha prestado usted un inestimable servicio a nuestra Nación.

El hombre fue hasta la biblioteca que cubría una de las paredes. Movió uno de los libros que ocultaba una diminuta caja fuerte; la abrió y extrajo tres fajos de billetes.
-Aquí tiene lo estipulado.
Mientras aferraba los billetes, la señora Clementina consideró que, tras debatirse durante varios meses entre el miedo, la perturbación y, sobre todo, el asedio de una culpa incisiva, al fin, gratificada y relegando cualquier síntoma de remordimiento, podía vislumbrar la luz salvadora. Sí. Ahora estoy en condiciones de pasar mis últimos años sin sobresaltos. Libre y tranquila.

-Sin duda volveremos a necesitarla. -El hombre, sonriente y cordial, la acompañó hasta la puerta-. Le ruego que esté atenta a nuestro llamado. Sabremos recompensarla como usted merece.

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