El proceso Dreyfus

Sociales 19/06/2017 Por
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A fines de 1884, se difundió la noticia de que en el Estado Mayor francés, habría un espía que transmitía secretos militares a los alemanes.
La prueba consistía en un trozo de papel en que figuraba una lista enumerativa que proponía vender al agregado militar alemán en París.
Las sospechas cayeron sobre Alfred Dreyfus, un judío alsaciano, oficial de Estado Mayor, cuya letra al ser comparada con la del bordereau, dio pábulo a las acusaciones.
Dreyfus fue detenido y sometido a proceso ante un tribunal militar, cuyos jueces votaron la condena por unanimidad, sentencia a degradación y arresto perpetuo en la isla del Diablo.
El acusado soportó la injusticia y al finalizar la humillante ceremonia, se limitó a gritar ;"viva Francia, soy inocente".
Posteriormente, el nuevo jefe de contraespionaje, coronel Picquart, dudó de los motivos que pudo haber tenido Dreyfus, para traicionar a su patria. En 1896, Picquart, descubrió al otro traidor, el comandante Ester-Hazi, y la comparación de su escritura le convenció de que el verdadero traidor, era el último nombrado.
Pero sus superiores asumieron una actitud insólita, considerando que, revisando el proceso, se ponía en tela de juicio el honor del ejército francés,  y decidieron tapar el asunto.
La cuestión con el tiempo adquirió un carácter politico, el historiador D. W. Bregan produjo disputas y enemistades que no amainaron en una generación.
Oportunamente la Court de Cassation, ordenó la realización de un nuevo consejo de guerra, y el regreso del acusado de la isla del Diablo.
Sólo en 1906 la Court de Cassation, revocó la condena del desventurado oficial, reconociendo que todos los cargos fueron falsos. 
La víctima de todo este asunto fue reintegrado al ejército con pompa y ceremonia solemne.
Se le concedió la Legión de Honor, y  Picquart fue ascendido a general y luego convertido en ministro de Guerra.
Dreyfus había sido más bien un símbolo que un hombre, pero los fanáticos dejaron de combatirlo en torno a su persona.
Extractado de la Crónica Argentina, Tomo 5º Pág. 68

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