Las aventuras de Juan y Joaquín

Deportes 19 de junio Por
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Fueron días difíciles para Juan y Joaquín, nuestros amigos “celestes”. La semana pasada la atmósfera estuvo contaminada y ellos lo sintieron, en alma y en cuerpo. Papá Juan supo que se acercaba el final, que los demás no iban a ayudar y que a Atlético ya le estaban contando los segundos del KO. Joaquín, su hijo, lo somatizó todo. Como muchos en esta querida ciudad fue sufriendo poco a poco los síntomas gripales, consecuencia de este tiempo loco, hasta llegar al fin de semana en estado de cama.
El viernes fue difícil. Las primeras señales acercaban el ocaso, muchos “cremosos” sintieron el gol de un tal Guevgeozián. Juan tardó un poco más en volver a casa desde el laburo, como intentando evadirse del descenso inminente.
En casa Joaquín esperaba, ansioso, sin entenderlo todo. Sus 8 años son muy poco para asimilar los jeroglíficos estatutos de AFA, aunque ya va interpretando el promedio, condición sine qua non para ser hincha de un equipo sufrido.
En casa el resto de la familia estaba dispuesta a hacer lo imposible para que Juan y Joaquín no vuelvan a ser tema de análisis de LA OPINION. Sin entender nada, sin saber siquiera que Temperley es un equipo de fútbol ni que Pussetto ahora juega para “los otros”, pero entendiendo que algo raro estaba pasando en la húmeda noche del viernes.
Entonces, como ya habían hecho 2 semanas atrás cuando los de Llop le ganaban a Godoy Cruz, armaron una reunión social en casa. Jugada de distracción que le llaman.
Cuando empezó Huracán – Unión ya eran 37° los grados de fiebre que tenía Joaquín. “¿Si ganan descendemos?”. Papá asintió. El clima era difícil, los intentos por levantar el ánimo de los otros 3 integrantes de la familia eran estériles.
Luego, lo conocido. El cabezazo de Erramuspe casi devuelve el alma al cuerpo, pero luego sólo quedó lugar para la resignación, esperada y anunciada, mientras detrás comenzaban a llegar los invitados.
La cena transitaba los carriles normales, pero claro, las huidas de ambos hacia la habitación eran más que obvias. Papá no quería aflojar las lágrimas y hablaba del futuro. Joaquín, con 39° de fiebre a esa altura de la noche, esta vez no se negó a tomar el Ibuprofeno. En modo “negociación” tiró un “si lo tomo mañana vamos a la cancha?”. Juan, cumpliendo con el diccionario del papá-hincha responsable, asintió con la cabeza.
Llegó el sábado y sólo importaba una cosa: que llegue la hora de ir a la cancha. El abuelo Ricardo, hincha del “8+1” diría papá Juan pero consustanciado con el equipo “celeste” (y la trama familiar), se sumó a la aventura. Tomó a su nieto de la mano y allá fueron. Joaquín enfermo, algo débil, quizás con alguna línea de fiebre, pero con la fe inquebrantable: nunca perdió Atlético con el abuelo en cancha.
Fue imposible explicar las sensaciones llegando al “Monumental”. Joaquín como si no pasara nada, Juan con la piel de gallina ante cualquier saludo. En la cancha una emoción tras otra y el “vamos a volver” sacado bien de adentro. Y un agradecimiento anticipado a un equipo que hizo sufrir, hizo gozar, en definitiva hizo vivir.
El domingo transcurrió como cualquier día del padre. Juan saludó a su papá como correspondía: “gracias por hacerme hincha de Atlético”. Del otro lado del teléfono un “viva la Crema” fue la mejor respuesta.
Joaquín ya estuvo más compuesto. Un poco de tos, el moco que seguirá saliendo, pero dando a entender que lo peor había pasado. Lo que ambos, padre e hijo, no llegaron a asimilar es que el sufrimiento enfrentado hará de ese vínculo algo indestructible. Compartir una pasión es un acto de unión que no tiene comparación.

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