El intangible paraíso individual por fin se concretó

SENSACIONES Y SENTIMIENTOS
La humanidad entera lo estaba necesitando y no sabía cómo ni a quién pedirlo.
Después de la bíblica expulsión que motivó que se debería trabajar para subsistir, parecía que algo le estaba faltando, porque ¿no es verdad que el hombre tiene el derecho natural al placer y a la felicidad?
Ah…¿no es así? Entonces debe ser por eso que se necesitó que transcurrieran tantos años (¡demasiados!) para que llegara la tecnología digital y proporcionara el sitio donde tener -y manifestar- la buena suerte y los hechos felices que nos ocurren. Los que supieron conseguir esos laureles son los pioneros y autores del primer paso concretado y dejaron abierta una feliz circunstancia que acompañó el nacimiento del Facebook, al que ahora se denomina confianzudamente “el face”.
Es cierto. Posteriormente se crearon otras modalidades, dentro de un interesante y variado menú de vidrieras virtuales –no por eso menos reales-, que cubren otros sectores y modos de comunicación, pero, definitivamente, Facebook es ya emblemáticamente nuestro y hermosamente individual, una piscina sin límites de donde, después de sumergirnos, salimos más frescos y vitales, y asimismo implica un espacio donde podemos mostrarnos generosos en la atención a los visitantes que, es importante decirlo, solo nosotros tenemos el derecho de elegir -y precisamente “a dedo”- mediante un solo toque.
Ellos son más que huéspedes ocasionales: pueden llegar a ser amigos en ese modo tan especial que supone la amistad por facebook, real y ficticia al mismo tiempo: se debe hacer formalmente la propuesta y sólo si el titular quiere es aceptado. Entonces ¡aleluya! es posible entrar al paraíso exclusivo, individual y un poco secreto del titular, edén inaccesible para los demás, a quienes se denomina, con cierto respeto, seguidores y todo, con simplicidad y sin las sofisticaciones y complejidades de la comunicación por medio de otros sitios con parecido objetivo.
¿Se acuerdan de Roberto Carlos? Cuando formuló su deseo de tener un millón de amigos (dijo “yo solo quiero”, como si fuera algo fácil de conseguir…) tal vez intuía esperanzadamente que algunos años después Bill Gates hiciera el milagro de multiplicar los byts. Tal vez no consiguió tantos amigos, pero en cambio logró vender una más que interesante cantidad de discos y es posible que, menos ansioso, se habría dedicado a esperar que se cumpliera ese objetivo de tantos ceros.
Facebook es semejante a un cómodo sillón; desde allí se puede ver una pantalla donde el protagonista de la historia tiene, como en la mejor de las películas ideales, la felicidad desde el comienzo y tal vez sienta alguna vergüenza por la discriminación que ejerce cuando no hace lugar a los pedidos de “amistad” y condena a muchos a ser “seguidores”, que suena como decir que les ha vedado el derecho de ver las mejores y más sabrosas fotos de su vida, expuestas en una -y exclusiva- vidriera.
Facebook hace realidad el sueño de la tapa de revista propia, donde ninguna otra figura opaca ni produce sombra, donde se reina y se legisla, donde el presente se despreocupa del futuro.
Es un invento del hombre y como tal, a su medida. Útil, simple y fácil de concretar, amigo incondicional de la vanidad cotidiana, espacio necesario para satisfacer la autoestima. Ni bueno ni malo, no podemos criticarlo diciendo “hace perder el tiempo”. Mansamente disponible, está. Como el hecho de salir a caminar y encontrarse con amigos, aunque en este último caso la amistad sea, verdaderamente, más sólida y palpable.

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