En busca de... Dante Echegaray

La Palabra 29/04/2017
El sueño del acróbata Nació en un circo que estaba instalado en tierras santafesinas hace medio siglo. Nunca se alejó del mundo artístico y aprendió debajo de las carpas los secretos para desafiar la ley de gravedad. El equilibrio le permitió desarrollar las destrezas en diversos lugares y con diferentes objetos para entretener a la platea familiar que disfruta desde las gradas con pisos de aserrín. Con un enfoque reflexivo profundo de la vida en comunidad le cuenta a LA PALABRA la felicidad de poder pasar sus días entre sus afectos humanos y materiales que le aseguran su realización personal
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LP - ¿Vos naciste en el circo?

D.E. - Nací y me crié en el circo. A veces me preguntan de dónde soy y respondo: “del circo”. Nací en Peyrano, una localidad muy chiquitita que está entre Rosario y Pergamino. Y como en ese pueblo no había Registro Civil me anotaron en Máximo Paz. Antiguamente los circos se quedaban mucho tiempo en los lugares. Eso era lindo también que pasaba en aquellas épocas porque uno compartía más con la gente. Este circo lo tengo abierto para que la gente pase y venga a verlo y eso no pasa en muchos casos. Para verlo por dentro. Cómo se trabaja en familia. Como si fuera un barrio.

LP - ¿Qué generación sos en el circo?

D.E. - Cuarta generación, mis hijos son quinta en la familia circense. Mi papá es cordobés y era alambrista, acróbata, payaso,  fue domador de leones, hizo de todo en el circo. Mi mamá no era de circo, era de La Paz, Entre Ríos, y después se colocaba en la tabla y mi papá le arrojaba los puñales -lo que dije que no me gustaba- y era partener de las otras cosas. Mis abuelos por parte de mi abuela eran de ciudad y por parte de mi abuelo eran de circo también, mi abuelo hacía de ventrílocuo, era payaso y acróbata. Antiguamente en los circos la mayoría eran acróbatas y en la segunda parte hacían representaciones teatrales del circo criollo como Juan Moreira. Yo hice de todo y ahora está mi hijo Dante que hace de todo, hoy en día es el encargado del Globo de la Muerte, hace acrobacia y un número de malabares, es muy buen malabarista y estaba en el Circo Rodas haciendo la apertura. Mi hija María Sol hace número de lira, de aro colgada en las alturas, tiene un trapecio. Todos aprendemos en el circo. Por eso sufrimos mucho, porque en Europa para todas esas cosas tienen profesores, tienen colchonetas, tienen camas elásticas modernas, y nosotros aprendemos muy a los golpes y como trabajamos desde muy chiquitos -no porque nos obligan sino porque jugamos entre amiguitos- se resiente el cuerpo. Mi señora Rosario del Luján -que no viene de familia de circo- fue mi partener y ahora ayuda en la puerta y colaborando en diferentes lugares.

LP - Hay mucha gente joven en la familia del circo. ¿Hay estabilidad laboral para ellos?

D.E. - Sí. Como no vengo de empresario, mi padre no me heredó el circo, lo tuve que hacer yo. Entonces lo veo desde otro punto de vista. Más como empleado que como dueño y siempre estoy del lado de ellos. Porque él me acompaña en todo esto. Es una cadena que te lleva a que el circo funcione y la buena onda se transmite. Tengo la gente que quiero y que conozco desde que nacieron, como el payaso, los hermanos Tejedor que desde jóvenes nos conocemos. Trato de que mis empleados no solamente sean buenos en el espectáculo, sino que sean buenas personas. Que traten bien a la gente, que la reciban bien, que sean parte de mi familia. Que compartamos un poco la vida, porque de esta vida no nos vamos a llevar nada.

LP - Trabajar para que alguien lo siga…

D.E. - Y… que sigan mis hijos. A veces hablo con ellos y les digo que no dejen que se pudra la manzana porque esto es de lo que vivimos, de lo que comemos, que esto siga adelante. Que el circo siga siendo la magia del circo.

LP - Cada quince días el circo se va y llega a otra parte. ¿Cómo se asume la rutina de volver a empezar en un nuevo lugar?

D.E. - A veces rumbeamos para un lado, no podemos concretarlo, volvemos y retomamos para otro lado. Y no estoy preocupado por la nueva ciudad.

LP - ¿Cómo se traslada la carpa y el vestuario?

D.E. - Los vestuarios son de cada persona y como todos vienen de circos grandes lo cuidan. Tenemos una casa rodante para lo que pertenece al circo propiamente dicho en ropa. Lo demás lo traslado en camiones como el fierrerío, las carpas que son dos y uso cualquiera.

LP - ¿Qué esperás de la vida en el circo hoy viendo lo que lograste?

D.E. - Veo que he logrado algo soñado con el Circo Luxor. Poder tener a mis hijos junto conmigo y tener un circo para llevarlo de pueblo en pueblo y juntar a las familias que a veces es difícil. A veces no me entienden. El circo es cultura y a veces veo en otros espectáculos, como le faltan el respeto a la gente. Cuando vemos a Quico y a El Chavo no tenemos que cambiar de canal si estamos con los niños. No nos vamos a asustar de nada de cómo está el mundo pero tengo cincuenta y un años, mis hijos que tienen veinticinco y veintisiete años y estando sentado con ellos y mi nieto tengo que cambiar de canal. Antes trabajaba el padre, hoy el padre y la madre, y el dueño del control remoto es el nene. No soy el dueño de la verdad, pero intento que el circo siga siendo ese espectáculo que traiga a la familia, que reúna a la familia.

LP - ¿Cómo fue tu contacto y tu trabajo con Quico?

D.E. - En los años noventa estábamos en el sur argentino, íbamos para Bariloche y Quico viene con dos hijos. Llega al Circo Del Sol y los dos hijos venían al circo con él. Me acerco a ellos y empezamos una amistad. Un día en Bariloche los llevaba a pasear a los hijos. Quico se levantó porque duerme hasta tarde, y siempre se queda en el hotel y come ahí por la gente que lo sigue mucho. Quiso venir con nosotros. Yo tenía un Falcon 85 en esa época. Compré comida en una rotisería, siempre llevo una pelota en el baúl y jugamos con eso. Corrió, anduvo caminando entre los árboles, el tipo se divirtió. Cuando volvemos Quico le dice a los hijos: “¿Vieron cuántos años hace que nosotros no hacemos esto?”. Se sintió sorprendido. A la noche llegamos al circo, empezamos a trabajar -yo ahí era acróbata y trapecista- y me dice: “Mañana a las siete te espero”. Empezamos a salir a pasear y los llevé a todos lados. Hicimos una amistad, se enferma el locutor del circo y me proponen que lo presente a Quico. Lo hice y después de ahí me hizo contratar como locutor de él y me fui a trabajar con Quico. Estuve como doce años con él haciendo giras y presentaciones en circos y coliseos y gimnasios. Estuve en Rafaela con él.

LP - Alguna anécdota de tu vida con el circo.

D.E. - Toda mi vida. Tener el circo fue lo más lindo que me pasó en la vida. Yo lo soñé. Pensaba comprar el circo, compré mi carpa, compré las cosas, estaba en Uruguay trabajando, seguía trabajando afuera, pero no pensaba poner el circo. Un empresario argentino me hace una propuesta para traerlo a la Argentina, me engaña y quedo parado en Buenos Aires con todas las cosas y no sabía qué iba a hacer. Yo tenía la carpa comprada, tenía sillas, tenía cosas y eso fue lo que me dio el empujón para arrancar.

LP - ¿Qué dijo tu papá cuando supo que tenías el circo?

D.E. - Mi padre -Carlos Dante- se fue del circo sin nada después de tener todo lo que tenía. Creo que ni zapatillas tenía. Y se quedó estable en Villa María con mi hermana Lucy que hacía cuerda indiana con tacos. Me pongo melancólico. Mi mamá -Elda Ester Ponce- había fallecido y el otro día hablábamos de eso, qué pena que no pudo vivir esto porque no llegó a conocer mi Circo Luxor. Me hubiera gustado que ella estuviera acá. A mi padre lo traigo cuando puedo, le pido que venga, y estuvo un fin de semana en Rafaela, con quien hicimos un número de payaso muy bueno. Mi papá vio que tenía otra vez un circo como había sido con su padre. Cuando salimos de Buenos Aires con el circo no quería ir a Villa María. Hicimos varios pueblos y llegamos a Villa María y estuvimos seis semanas lleno todos los días. Fueron muchos logros en estos años. Cuando puse el circo pensaba en estar en los pueblitos y pudimos llegar a Rafaela donde vienen circos grandes. Este es grande pero quiero que sea familiar porque quiero manejarlo y no que me pase por arriba. Para mí el circo es muy importante. Amo el circo. Cuando lo desarmo lo hago con amor, cuando lo viajo lo hago con amor, cuando trabajo en la función lo hago con amor, si no lo haría no trabajaría en el circo, dejaría el circo y lo vendería. Estoy adentro del circo, recibo a la gente, como el circo antiguamente. Puede ser moderno pero quiero que sea el que vos conociste cuando ibas con tus padres. Me va bien porque estoy bien espiritualmente conmigo mismo. Tengo a mis hijos, a mis nietos que los disfrutan todos los días. Hay una siembra y creo que eso se transmite.

por Raúl Vigini

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