Aquella Rafaela

Información General 17/02/2017 Por
Un pedazo de historia ciudadana: los billares del Bar “La Gloria”.
Corría 1956 y con mis 17 años cursaba 4º año en la Escuela de Comercio. Apenas terminaban las clases el viernes por la tarde, presuroso llegaba a mi casa y casi sin cenar ya me estaban esperando mis amigos Carlitos y el “Peludo” Minadeo, en la esquina de Córdoba y Belgrano, del viejo barrio Central Córdoba.
En aquellos tiempos, los menores de 18 años debían regresar a sus hogares antes de las 24, salvo que tuvieran un amigo mayor que los acompañara, caso contrario la “ronda” te llevaba en “cana”. Por lo tanto, como los tres éramos menores, debíamos apresurarnos para gozar de los pocos entretenimientos que la ciudad, por esos tiempos, nos ofrecía. Eran tan contados los lugares de esparcimiento y tan limitados los horarios para la gente joven, que de esa forma, cualquier espectáculo o local de diversiones, para nosotros tenía un “gusto” muy especial. Muchas veces les digo a los muchachos de hoy: “Ustedes tienen demasiadas cosas y eso, a veces, les hace perder un poco el sabor a los momentos lindos de la juventud, la época dorada de nuestra adolescencia.
Mi recuerdo, es hoy, nostálgico, sencillo, cotidiano, un poco la pequeña “noche” rafaelina de nuestros años juveniles.
Confiterías bailables no existían, bailes solamente los sábados o días festivos. Solamente nos quedaba tomar un “Remo” con vainillas en la vieja Confitería Munich, que en esos tiempos se encontraba por calle Saavedra, y en otros pocos bares del centro. Algunos muchachos más grandes y “corajudos”, se iban en bicicleta a calle Brasil, para ver si encontraban “algo” y nosotros, casi siempre, a “La Gloria”, a jugarnos unas “rayas” al billar, obligado, tradicional.
Existían por esos tiempos los billares de “Denegri”, donde hoy está “Totem”, pero era para gente mayor, pero a “La Gloria” iba todo el mundo. Era casi imposible que al primer intento pudieras conseguir una mesa, debías reservarla y luego tenías que esperar. A veces los muchachos que estaban jugando antes que nosotros, se jugaban una “raya” más y te la tenías que “aguantar”. También en esos tiempos había mesas de casino y una de “villa”, pero el billar era el más popular.
Allí conocí a los grandes de la época, ya no recuerdo más sus nombres, pero sus actuaciones fueron inolvidables, sólo me acuerdo de un solo hombre, era un señor mayor, de apellido Vitorelli, me parece, jugaba siempre en la mesa Nº 1, al lado del mostrador, era capaz de hacer 50 o 60 carambolas seguidas, para mí era un fenómeno. Todos lo rodeábamos cuando jugaba, tranquilo, aplomado. Creo que fue uno de los grandes del billar rafaelino, el “Navarrita”, como le decía la barra.
Pero además de todo esto, en “La Gloria” había de todo, “milongueros”, guapos, con sombrero negro y pañuelo blanco al cuello, futbolistas, jockeys, “timberos” y otros, como decía la calle, “que estaban en otra cosa”.
Creo, sin temor a equivocarme que “La Gloria” fue y será siempre un pedazo grande de historia de la ciudad. Cómo le diría, un monumento a la barra del café. Igual que el tango, allá en el Bar, algunos “prendidos” a un codillo, otros al “dominó”. Mientras un negro en “curda” pedía la última ginebra de la noche, ante la negativa de los dueños del local. Y en la puerta, casi en la vereda, el “Negro” Gardelito, simpático, te dejaba los zapatos brillantes como charol. Era el lustrín, como decían los muchachos.
Los dueños de esa época eran dos italianos. Se llamaban De Micheli y Schiafaroni. Siempre los recuerdo, cuando desde el mostrador te decían con su típico acento: “ojo con los ‘masset’, a ver si rompen el paño, se van a tener que comprar un traje verde” -haciendo alusión al paño de los billares-. Y en una esquina, cerca de la puerta, allí estaba la “vitrola”, una de aquellas inconfundibles, grandotas, con luces de colores, que ya casi no se ven en la actualidad.
Tengo una anécdota risueña al respecto. Un sábado por la tarde, me encontraba con mi inolvidable amigo, el “Gordo” Nevado, tomando una cerveza en el bar “La Gloria”, cuando aparecieron dos tipos grandotes, de botas y bombachas, pidiendo algo para tomar y enseguida uno de ellos se levantó, sacó dos monedas de su bombacha y las colocó en la vitrola. El “Gordo” me miró y sonriendo me dijo por lo bajo: “Chamamé seguro” ...y no le erró. Lo escucharon y cuando terminó, alarido de por medio, se levantó el otro y repitió la misma operación. Así unas cuantas veces, hasta que mi amigo le ganó de mano y puso como 20 tangos seguidos. Al tercero, los gauchos pagaron y se fueron. Eran cosas de la época...
Por lo general, luego de finalizar con el billar, nos sentábamos en el bar, allí con otros muchachos pedíamos la clásica “Jardinera”, chopp, jamón, queso y aceitunas negras, era como para picar algo!
Pero muchas veces, la “barra” cambiaba, nos encaminábamos a una pizzería, que creo que era la única, era toda una novedad. Se llamaba “Andy” y se encontraba por calle Pueyrredón, enfrente de donde hoy está el Policlínico Rafaela. Yo tenía un plato preferido, sardina con cebollas, acompañado por una copa de moscato. Calculen, había que tener un “buen estómago”, pero en ese tiempo la gente podía comer de todo, que nada le caía mal.
Luego de todo esto, a casa, tan simple era nuestra vida, pero tan llena de autenticidad, de sana convivencia, pero por sobre todas las cosas, un compañerismo de “fierro”. Luego, los tiempos, las edades, los distintos compromisos, la vida misma, nos arrancó de todo esto, pero “La Gloria” sigue “firme”. Sufrió muchas refacciones, cambió muchos dueños, pero su esencia, su mística y sus tradicionales costumbres perduraron con el tiempo y todavía perduran. Allí está firme todavía, con el mismo nombre de siempre “Bar La Gloria”.
Hace un tiempo pasé por su frente y entré, entré tan resueltamente como cuando tenía 17 años, fui al fondo, para los billares, ahí estaban, casi igual, un poco más viejo todo, pero igual, como 40 años atrás... la muchachada era otra, tal vez, pelo largo, algunos con “aritos”, en vaqueros, pero era lo mismo de toda la vida... una “carambola” y “tacazo”, una “pifiada”, la bronca y la tiza tirada por el aire, era el clásico compendio ciudadano y la clásica barra del café. Me sentí feliz, muy feliz, porque por lo menos algo todavía quedó de lo nuestro...
Recordé mucho en un instante, vi en esos muchachos de hoy, a Vitorelli, al “Flaco” Beltramo, a los hermanos Negro, a mis amigos Carlitos y el “Peludo”, al “Gordo” Nevado, al “Toto” Santillán, a tantos que se nos fueron y a otros que todavía están... al viejo Amforno lustrándose los zapatos mientras “Gardelito” le decía alegremente: “Jefe”, la va a hacer “trapo” esta noche en el bailongo de Almagro. Hasta casi escuché el tango “Mano a mano”, que “Pichinín”, medio en curda, cantaba en la vereda...
Fue un poco el espejo de mi juventud y lloré de emoción. Apenas escuché que el hombre del bar, tocándome el hombro me decía:
-“Gordito”, ¿qué vas a tomar?
-Lo miré... y con mucha nostalgia, sonriendo... le contesté:
-Una “Jardinera”, con tres lisos...
Para vos, Bar “La Gloria” y para todos los muchachos del café, de ayer y de hoy.

Escrito en mayo de 1997.

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