¿Qué pasó en Mayerling?. Recuerdos de Viena

Información General 11/01/2017 Por
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NOTA IV

En 1888, Rodolfo había llegado a un acuerdo con los nacionalistas rusos para dar un golpe que lo llevara al poder, aún a costa de desmembrar el imperio. Si llegaba a tener buen fin, Rodolfo se convertiría en rey de Hungría y de las provincias orientales. Austria quedaría reducida a una potencia de segundo orden. Estuviera o no, al corriente de los planes de su hijo, el emperador decidió que su hijo debía cuidar su salud y en los primeros días de 1889, lo envió a pasar unas semanas en la isla de Lacrona, en el Adriático, con la intención de que se tranquilizara. El recurso fracasó, Rodolfo no se serenó sino que incluso regresó el 11 de enero, a Viena, con una doble intención: la de convertir a María Vetsera en su amante, y la de llevar adelante el golpe contra su padre. El 13 de enero, Rodolfo y María se convirtieron en amantes. El heredero al trono regaló a la baronesa un anillo en el que figuraban las siglas INVBIT, es decir: inLiede Lvereint Bis In Ten Tode… “Unidos por el amor hasta la muerte”. Ese mismo día, al entregarse por primera vez a Rodolfo, María fue al estudio de un fotógrafo y luego redactó su testamento. El 14, Rodolfo escribió al Santo Padre, solicitando su anulación del matrimonio con Estefanía. Mientras tanto, esperaba que en Budapest estallara la rebelión que lo sentara en el trono austro húngaro. Ciertamente la tensión creció en Hungría, a tal punto de que Francisco José consideró la posibilidad de una intervención militar. Sin embargo, antes de que concluyera el mes, todo estaba bajo control. El 28 de enero, a las 9 de la mañana Rodolfo compareció junto a su padre. No se conoce el contenido de aquella entrevista a solas, pero una hora después, Rodolfo abandonó la estancia. Quince minutos más tarde, el general Margutti, ayudante de campo del emperador, encontró a Francisco José desplomado en la alfombra, sin sentido. Para ese entonces, Rodolfo ya había decidido suicidarse y escribió algunas cartas despidiéndose. Finalmente, a primeras horas de la tarde, salió a Mayerling, supuestamente con la intención de cazar. María Vetsera le acompañaba y puesta al corriente del suicidio de un príncipe que se sabía derrotado por el fracaso de su golpe de estado. María dejaría escrito en un cenicero de ónice, unas palabras en tinta violeta: “El revólver es mejor que el veneno, más seguro”. Por su parte, Rodolfo redactó dos cartas: la primera dirigida a su criado Loschek, en la que le pedía fuera enterrado junto a María en las cercanías de un monasterio. En la segunda, para Szugenyi, un amigo húngaro, donde le exponía los motivos que le impulsaban a quitarse la vida y que substancialmente no tenía otra salida. A las 6:30 Rodolfo disparó, casi a quemarropa sobre la sien izquierda de María Vetsera. Luego la tapó con un cobertor y se dirigió al cuarto de su criado, y le dijo que lo despertara a las 7:30 y le llevara su desayuno. Loschek le oyó regresar a su cuarto con paso lento y tarareando. Media hora más tarde, Rodolfo apuró un vaso de coñac e instaló un espejo sobre su mesilla de noche. Posiblemente quería verse para evitar que el tiro errara. Se acercó el revólver a la sien y disparó. La noticia llegó inmediatamente a Viena. La versión oficial fue que Rodolfo se había suicidado en un momento de enajenación y, por supuesto, necesitó la muerte de la Vetsera. En ningún momento se debía intuir la verdad, que sólo serviría para caldear los ánimos de los nacionalistas húngaros. La verdad, iba a ser difícil de ocultar. Mayerling no había sido una locura, sino el acto premeditado de un príncipe que no podía aceptar la idea de vivir con el deshonor, derivado del fracaso en la conspiración contra su padre. En esa decisión lo acompañaría una mujer a la que conocía tan sólo unos meses, pero que había decidido acompañarlo en el último viaje. ¿Locura, amor? La muerte del único varón de Sissi (Isabel) y del emperador Francisco José I, continúa siendo un enigma. Rodolfo, hijo de ambos, nació en Viena en 1858 recibiendo desde muy pequeño una severa educación a cargo del conde de Grondecourt y más tarde del conde de Latour. Demostró siempre una viva inteligencia, gusto por el estudio y gran facilidad para las lenguas que se hablaban en el imperio austríaco. Tuvo, además, vastos conocimientos en ciencias naturales, especialmente en ornitología, buscando él mismo, toda clase de aves. También fue formado en disciplina militar. En 1880, su padre lo nombra Comandante General a los 22 años, con mando de una división de infantería en Praga, y más tarde en Viena. A los 30 años es ya mariscal de campo y General inspector de Infantería. Un año después contrajo matrimonio con la archiduquesa Estefanía, hija de Leopoldo II, rey de Bélgica, con la que tiene una hija: la archiduquesa Isabel. En 1884, publicó su obra “Funfzehn Tagen auf der Donau”, y comienza, con un grupo de científicos, un gran trabajo de ciencias en 24 volúmenes: “Die Osterreichisch-Ungarisch nora chei in wort und Dild”. Llamado: “ Arontrinzwerk”. El Kronprinz era muy aficionado a la caza y aprovechando la abundancia de esta, en los maravillosos bosques de Viena, (Wienerwald) que tanto inspiraron a músicos y poetas, hizo construir en el valle de Helenenthal, un hermoso pabellón de caza, al que llamó Mayerling. Kronprinz había elegido aquel lugar, como centro de sus actividades cinegéticas y también para sus devaneos amorosos, por los que había llegado a ser muy conocido en Viena. Quizá a causa de la formación heredada, su temperamento era individualista, impulsivo, nervioso, sentimental. Todo ello, en gran parte, heredado de su madre, Sissi, le hizo enfrentarse pronto con el temperamento más prusiano de su padre. A pesar de su esmerada educación, no logró dominar aquellas tendencias. Su afán de libertad le hizo escribir en cierta ocasión: “La realeza no es más que una enorme ruina que se derrumbará a la primera tempestad”. Sus tendencias anti reaccionarias, le hace buscar la compañía de anarquistas nihilistas, todo lo cual lo enfurece al Emperador. Además comparte con su madre su pasión por Hungría, cuyas tendencias separatistas alienta. Su inclinación al bello sexo, lo hace tomar parte en numerosas y dudosas aventuras, en las que probablemente contrajo dos de las enfermedades que se le han atribuido: sífilis y tuberculosis pulmonar. Aparte de un evidente desequilibrio del sistema nervioso que lo hace irritable y con tendencias a la violencia, especialmente hacia Estefanía. A la que detesta desde que, desde su primero y único parto, los médicos le dicen que no le podrá dar más hijos. Esto le produce una gran frustración, al comprender que no tendrá herederos. Rodolfo, a los 31 años, es ya un viejo antes de tiempo. En la que podríamos llamar su historia clínica, existe el antecedente de un accidente de automóvil, o según otros, de una caída de un caballo en Laxelturg, caída que le ocasiona fuerte dolores de cabeza. Bebía demasiado, y desaparecía noches enteras para participar en orgías. Todo ello le alteró cada vez más su sistema nervioso. Sus constantes accesos de tos y sus cefaleas, con fases de depresión y frecuentes menciones a quitarse la vida, fueron la base de que a su muerte, se pensara en el suicidio. Conoce por entonces, a una joven de 16 años, María Vetsera, nacida en Esmirna, judía y húngara por parte de padre y griega por la madre, la baronesa Elena Vetsera, nacida Baltazzi. La joven María era una belleza oriental, morena, de ojos azules, a quien la prima de Rodolfo, la condesa Larisa Wallerset, le presentó actuando de celestina. Pronto el Kronprinz queda enamorado de María con quien se encuentra a escondidas. Pero no tanto, como para que la policía del Emperador, que seguía constantemente sus pasos, no dé cuenta, y ponga en conocimiento del caso a Francisco José I.El idilio con la Vetsera se hace cada vez más intenso, y Rodolfo decide divorciarse de su esposa y a casarse morganáticamente con María Vetsera. Para lo cual solicita por carta el consentimiento del Papa León XIII, sin consultar con su padre el Emperador. El papa niega la separación y el Emperador se entera de ello. El 28 de enero de 1889, el Emperador ordena llamar a su hijo a su presencia. Una larga entrevista tiene lugar entre padre e hijo, entrevista que debió ser un auténtico altercado. Conversación conocida por palabras pronunciadas por el propio Emperador, quien prohibió terminantemente a Rodolfo que volviera a ver a la Vetsera. No debió ser éste el único tema de discusión y fricción. Se dice que Rodolfo concebía el proyecto de hacerse elegir rey de Hungría, y los principales húngaros, estaban de acuerdo con este proyecto. Se ha hablado de un verdadero complot. La escena entre padre e hijo debió alcanzar cotas de violencia, pues tras ella, el ayudante de campo del Emperador, encontró a este “desmayado”.

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