Aquella Rafaela

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Los viejos almacenes
Un local tan simple, que encierra toda una época, la época de antaño, aquellos almacenes que hoy casi no existen. Hoy quiero, humildemente, recordarlos igual como eran antes, grandes, con su clásico olor a yerba, a café. Los tengo muy presentes, eran los negocios, a lo mejor, más importantes del pueblo, aquellos clásicos almacenes de “ramos generales”, en ellos había de “todo”, alimentos, ropa, bazar, artículos para campo, eran como decía aquel viejo eslogan: “desde una caja de fósforos a una cosechadora”, y era verdad.
Hoy que ya llego a los 78, los evoco, viejos almacenes de pueblo, tan típicos como tus lustrosos mostradores, como aquellos frascos redondos, con tapa plateada, repletos de caramelos, primeros regalos que nuestros padres nos hacían cuando éramos “purretes”. Con el pasar del tiempo todos, alguna vez, tenemos un momento de nostalgia y sentimos la necesidad de volcarla de alguna forma. Por eso los evoco, como tantas cosas lindas que el tiempo y las costumbres no nos hacen olvidar.
Lo recuerdo siempre. Cada 15 días, mi padre sacaba el Ford 37, color gris perla, del galpón, lo aceleraba dos o tres veces y dejándolo en marcha bajaba y le decía a mi madre: “Tere, prepará la lista para el almacén, tengo que ir al pueblo...”. Mientras él, presuroso se cambiaba, mi madre anotaba todo lo que hacía falta, detrás de aquellos programas de algún remate pasado. No debía olvidarse casi de nada, si algo faltaba no podía volver al día siguiente. Así que lo más rápido posible, con su letra chiquitita y pareja, anotaba, no importaba si siempre escribió azúcar con “s”, total se entiende igual, decía. Qué más podía pedir, si su padre la había mandado hasta 3er. grado y después ¡a trabajar!... pero era así, se estudiaba para defenderse y ya está... La vida de aquellos años no te daba muchas alternativas. A veces, pienso y digo para mis adentros, qué poco le dio la época a toda esa gente y qué grande e importante fue su obra. ¡Hermoso ejemplo para las generaciones de hoy!
Mientras mi madre terminaba con lo encomendado, yo ahí, expectante, preguntando: “Papá, ¿me llevás a mí?”. Me miraba de reojo, mientras luchaba por ponerse los zapatos negros con el calzador: “Bueno, pero vestite rápido, que ya me voy”, mientras mi madre, desde la cocina, rezongaba por lo bajo: “¡Todavía no terminó los deberes!”... “Bueno, total vamos y venimos, voy al almacén, a la panadería y paso por lo de Haydeé”, así era siempre, cronológicamente, cada 10 o 15 días, repetía la operación.
Antes de salir, mi padre colocaba en el baúl del coche una gran caja de madera, allí luego pondría todo el pedido que iba a realizar. A todo eso, yo ya estaba sentado a su lado, aceleraba nuevamente y partíamos para el pueblo. Si yo pudiera expresar con palabras la enorme alegría que significaba para mí ese pequeño viaje, creo que no lo creerían, pero siento todavía hoy, el recuerdo de aquellos momentos, momentos que la vida, cada tanto me regala para poder recordarlos...
El pueblo distaba pocos kilómetros, por lo tanto el viaje era corto. Llegábamos casi enseguida, era Nuevo Torino, pueblo chico, pocas casas y allí frente a la plaza se encontraba el negocio de “Ramos Generales, de Casa Carena”. Entrábamos con el auto al corralón, allí mi padre compraba lo que necesitaba para el campo y la infaltable bolsa de maíz “pisado”, para los pollitos, decía...
Mientras se lo cargaban, nos encaminábamos al almacén propiamente dicho, el piso de madera lustroso, largo mostrador, vitrinas llenas de mercancías atrás y en el fondo, el boliche. Allí, algunos parroquianos despuntaban el vicio, algún ajenjo o una caña. Me parece verlo a Alberto, mi querido Alberto, que todavía hoy, con sus 80 y pico, sigue tal cual era, simpático, bonachón, gentil, un verdadero comerciante de la época, rápido, con el lápiz en la oreja y la camisa arremangada: “Hola, Ovidio, ¿qué tal? Ganó Boca ¿no?”, era el saludo, mientras dándome una palmada cariñosamente sobre mi cabeza, me decía: “Está grande el Oscarcito”, y ya ahí empezaba a colocar en esa caja que papá había llevado, todo lo que mamá había anotado en su lista. Mientras Alberto, pacientemente realizaba esta tarea, mi padre, conmigo detrás, iba al escritorio, allí estaba el Contador, impecable, todo un Contador de la época, de traje, con las mangas de tela negra sobre las mangas del saco, para no gastar los codos, alto taburete y una gran luz sobre el mismo. Gruesos y pesados libros de contabilidad, donde, con toda prolijidad, anotaba con letra redondilla, los movimientos del negocio. “Hola Alvarez -que así se llamaba- te vengo a pagar el mes anterior”, le alcanzaba esas libretas de hule color negro, charlaban a veces de política, de fútbol o del tiempo, que no llovía, mientras el hombre sumaba a mano, dos veces, los importes que mi padre había gastado. “Son tantos pesos Ovidio” y mientras le pagaba, cerraba la cuenta con un sello azul y grandote: PAGADO y dando vuelta la hoja de la libreta con una fina lapicera a pluma, colocaba con letra impecable: “cuenta nueva”, pasaba el secante y mientras se saludaban, le recordaba: “Decile a Alberto que te anote lo que compraste hoy”. Así era todo, la palabra, con la palabra era suficiente. Simple, pero así todas las cosas funcionaban bien.
Antes de retirarnos, yo lo miraba a Alberto, como pidiéndole algo, él ya sabía: “Tomá Oscarcito, tomá la yapa”, y metiendo su mano en uno de los botellones que tenía sobre el mostrador me alcanzaba un puñado de caramelos, aquellos cerrados en las dos puntas y creo que eran de miel. Para mí eran una delicia y para él eran “sagrados”.
Después pasábamos por la panadería, allí comprábamos unos panes grandes y bollitos de chicharrón y, por último, por la casa de mi tía Haydeé. “¿Se quedan a comer?”, preguntaba. “No -decía mi padre- tengo que estar a las 12 en casa”.
Así transcurría nuestra vida, pero cada dos meses, ahí íbamos todos, a Pilar, al almacén de mi tío Livio, allí realizábamos las compras más grandes. Casi siempre llegábamos por la tarde, luego de realizar las tareas del campo y nos quedábamos a cenar. ¡Qué tiempo! Mi tío era toda una “institución” en el pueblo. Mi padre elegía todo personalmente, luego, por la noche, cuando cerraban el negocio, hacían la cuenta y le pagaba.
Nunca me olvidaré cuando me compraron mis primeros botines de fútbol, marca “Sporlandia”, eran un poco “duros” pero hermosos. Cuando mi tío me entregó la caja, me dijo: “A ver Oscarcito, si sos otro Boyé”, aquel famoso puntero de Boca.
Luego, a veces, alguna visita a mi otro tío, Silvio, mi padrino y ya entrada la noche, emprendíamos el regreso, mientras yo dormía en el asiento de atrás, en medio de paquetes y abrigos, cansado de todo el trajín del día.
Después, lentamente, con el correr del tiempo, se fueron perdiendo esas costumbres. Las grandes ciudades, los supermercados, el avance de las vías de comunicación, fueron acabando con todo, casi todos cerraron sus negocios, la gente se fue a otros lugares, la economía regional murió. Los pueblos de hoy son casi fantasmas, sin ideas, sin gente y casi sin lucha. Se limitan a subsistir. Los gobiernos, las épocas, los hombres y Dios así lo han decidido y aunque nos duela, debemos aceptarlo. Pero debemos reconocer que se ha perdido una parte de la historia de nuestra zona, su folclore, sus costumbres lugareñas. Y eso también es vida, es vida que se nos fue...
Hace poco tiempo, venía caminando por calle Maipú, al llegar a la esquina de 3 de Febrero y casi sin darme cuenta, apareció un almacén, casi igual a los de antes, creo que debe ser uno de los pocos que todavía quedaba en Rafaela, igual, con grandes rejas negras en las ventanas, la puerta grande, de dos hojas y en cada una de ellas, la inconfundible propaganda de Ginebra Bols, toda de chapa, los vidrios con otras etiquetas y al frente el cartel de Naranja Cruz. Casi sin querer entré, todo era casi igual, el piso de madera, los frascos con caramelos y peladillas, la estantería con yerba, café y el cajón con azúcar. Tres o cuatro parroquianos, prendidos a un “tute”, mientras otros dos, acodados en el lustroso mostrador gastado por el tiempo, se mandaban una “cañita”, mientras contaban historias pasadas. Al lado, una señora gorda, le pedía al dueño: “¿Tienes anchoas? Es para la bagna cauda, ¿sabe?”.
Por un instante me pareció estar 50 años atrás, a ese hombre joven, que atendía, lo comparé con Alberto o tío Livio, cerré los ojos y soñé que Alberto me daba la “yapa”, que el tío me alcanzaba los botines nuevos, lo vi a mi viejo, con una damajuana de “Marsala”, mientras explicaba: “es por si viene gente ¿saben?”. Casi no escuché que el hombre me decía: “Señor, señor, ¿qué desea?”. “¡Ah! -le contesté- deme $ 5 de esos caramelos de fruta, los de goma” y mientras los iba sacando de aquellos mismos frascos redondos, contándolos, los colocaba dentro de una bolsita. Quise decirle, quise explicarle, que para mí era el pasado de mi querida niñez que volvía, pero no, para qué, era muy joven, no había vivido aquella época, ¿cómo lo entendería?...
Tomé la bolsita y al salir, le di la última mirada, era como si el tiempo se hubiera detenido, casi no me di cuenta, que al cruzar la calle, un “remisero”, sacando su cabeza por la ventanilla me gritó: “¡Mirá adónde vas, gordito!”. Lo miré alejarse y sonreí, ¡qué le podía decir, si yo estaba tan lejos!
Me fui caminando despacio... Al llegar a la esquina de Colón y Bv. Roca me detuve, ya no estaba el viejo almacén de Paviolo, donde trabajaba mi tío Eduardo; crucé la plaza y de repente, estaba frente a la ochava de Ripamonti, allí donde mi padre me compró mi primer traje de pantalón largo... Ahora era un museo y una confitería bailable, cerrada. Casi detrás de mí, un viejito jubilado leía su diario, sentado en un banco de la plaza, me di vuelta y no pude contenerme: “Jefe -le pregunté- aquí enfrente había un almacén grande ¿no?”. El levantó su mirada y sobre sus lentes, con su vista ya cansada, divisé un brillo de alegría. “¡Al troqué!”... me contestó en su típica lengua piamontesa.
Cuántas cosas del pasado, de mi niñez, rescaté ese día... Apuré el paso, tomé por el Bv. Santa Fe, mientras con mi mano, apretaba los caramelos contra mi pecho, como cuando era chico. Llegué a mi casa, justo estaban mis sobrinos y casi sin contenerme les grité: “¡Chicos! Les traje la yapa, me la dieron en un almacén, un viejo almacén”, mientras les alcanzaba la bolsita. “Gracias tío -me dijeron sin entenderme- pero, ¿qué te pasa tío?”. Yo estaba llorando, pero de alegría.
Este emocionado homenaje se los dedico a Alberto Carena, al tío Livio Pautasso y a todos los almaceneros del ayer...

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