Los adultos también

Información General 31/12/2016
SENSACIONES Y SENTIMIENTOS

Nosotros, esos seres que nos queremos tanto, necesitamos poner un poco de distancia con nuestra existencia. No es falta de cariño hacia nosotros (con el amor propio que nos alimenta ya tenemos suficiente), es que muchas veces el ángulo se nos cierra demasiado y tenemos tendencia a pensar que somos el centro del universo.
Vamos creciendo desde la época en que los mayores (de entonces) nos hablaban de un Papá Noel sumamente generoso y veloz, tanto que daba la vuelta a la Tierra en una sola noche sideral y dejaba la felicidad a domicilio y a millones de niños sonriendo.
Hasta que en un momento la verdad nos cambió; de pasajeros pasamos a ser el motor del mundo y sus tradiciones y, tal vez por la proximidad de las fechas, celebramos los dos acontecimientos separados por sólo siete días con el mismo espíritu.
Con esa carga, que no es poca, llega el año nuevo que, por supuesto, se diferencia en mucho a la Navidad: en aquélla el profundo significado espiritual determinaba el renacimiento anual del amor y el descubrimiento de cuánto amamos a nuestros semejantes, y la celebración del nuevo año, es otra cosa. Muy otra cosa.
Ya no levantamos los ojos buscando al Creador del cielo sino para localizar, pasando la medianoche, cuál de todas es la cañita voladora que hemos lanzado y cuál la de nuestro vecino, resultando siempre que es la nuestra la que tiene más estrellitas y llega más alto.
Es el espíritu del año nuevo. Celebración, alegría, brindis, familia presente y futura juntas. Es la enorme puerta que se abre hacia arriba, por el mismo lugar que será la entrada de algo que no por esperado y puntual, deja de recibirse con entusiasmo.
El año nuevo, ese ente intencionalmente intangible, interesante, intenso, inigualable seguramente en los resultados, nos llega literalmente de arriba: nunca, históricamente, hemos abonado algún precio para tenerlo en casa y, además, como acto de buena voluntad no nos reclama que lo alimentemos.
Como siempre es el mismo pero distinto, no lo denominamos con un nombre sino con un número, y como después de trajinar "todo” un año ya no estamos en condiciones de ser originales, le sumamos una unidad al nombre del anterior.
Es el nuevo año, la promesa de una caja sin abrir.
Y como está dicho antes, por estar tan cerca de la Navidad nosotros, los que continuamos la tradición del regalo hacia los niños, no queremos desprendernos de la imagen de un generoso viajero estelar, pero éste necesariamente adecuado a nuestra medida.
¿Y quién puede ser el Papá Noel que nos concederá los deseos?
¡Si! ¡El año nuevo! Llega con toda la carga de soluciones y mejoras que no hemos conseguido aún y a él, inconscientemente pero no con menos fe, se lo pedimos como regalo y muchas veces ¡lo esperamos!
Está bien, lector, tiene razón: seguimos siendo niños. Seguramente nos duele todavía la ilusión perdida y recordamos intensamente el dulce gusto de la ingenuidad y la aceptación total de nuestros actos: sentimos que todo eso debería volver con el nuevo año.
No podemos evitarlo, seguimos siendo niños. Es el primer ser que nos habitó.
Además, ¿alguien se atreve a decirnos que está mal?

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