Una mujer y 8 hijos en un colectivo

Víctima de violencia de género durante 14 años, denunció a su ex por abuso sexual de sus hijas pero, cuando cayó preso, le quemaron la casa por venganza. Quedó en la calle sin documentos ni pertenencias. Vivió un año en un colectivo.
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1 / 2 - FOTOS INTERNET - LA REALIDAD.- Una mujer y 8 hijos vivieron en un viejo colectivo.

Detrás de una cuerda abarrotada con ropa tendida de menor a mayor, el sol dejaba entrever una vivienda. Pero la casa no tiene forma de casa. La casa es un gigante oxidado con cuadro ruedas, veinte asientos y ventanillas. Esta era la casa de María Rosa y sus 8 hijos, el último bondi a Finisterre.

Del colectivo bajó corriendo Ramona. Con sus frescos 11 años y la sonrisa iluminada por las visitas, invitó a pasar a su casa montada en uno de los tantos terrenos que se extienden a la vera de una ruta en General Rodríguez. Para entrar había que subir un escalón, que en verdad era un tacho de pintura vacío y dado vuelta pero que a los fines prácticos servía tanto como los peldaños del transporte público.

LA DURA REALIDAD

Adentro, María Rosa intentaba dormir a sus gemelos de dos años, dos simpáticos de ojos azabaches y rulos descontrolados. El colectivo-casa resultaba amable. Una cocina, una mesa, un banquito, algunos muebles con ropa y estantes con alimentos. Había dos ventanas sin vidrio tapadas con cartones.

En el fondo se destacaba un colchón grande cubierto de frazadas "porque está roto y como son de resortes pasan los alambres", dije esta madraza de 37 años y agregó "ponemos una colcha abajo, la sábana arriba. Tratamos de dormir despatarrados como podemos y cuando hace frío nos amontonamos".

Los gemelos Brian y Paris, de 2 años; Dylan, de 3; Iván, de 6, Candela de 8; Ramona, de 11; Brisa, de 13; y Jazmín, de 14 junto a su mamá vivieron en el colectivo casi un año. Sencillo, humilde, con la infraestructura básica pero juntos. "Esto por ahora es lo que tenemos. Vivimos en un colectivo pero siempre con la frente en alta", manifestó oportunamente la mujer a Diario Popular.

NADA ES FACIL

"Al principio cuando llovía y se inundaba todo, lloraba, me desesperaba. Se mojaba lo poco que teníamos. Después aprendí cómo tapar los agujeros y hoy ya nos arreglamos. Qué más podíamos hacer... nada más". María Rosa sabía, y sabe, que bajar los brazos no es nunca una opción.

La Asignación Universal por Hijo apenas le alcanza para alimentar a la decena de boquitas hambrientas cuando baja el sol. "Intento que no les falte nada", dijo -ylo repite- María Rosa con soltura y agregó inmediatamente "nada de lo esencial, al alimento me refiero".

En el colectivo se cocinaba una vez al día, por la noche. Arroz o fideos fueron los platos que más se despachaban. Si sobraba, se almorzaba al día siguiente. Y si no, había que aguantar con el desayuno y alguna galletita en la merienda. Los vecinos ayudan, el almacén a veces fía.

ILUSION DE NIÑOS

Llegaba Navidad y los chicos se ilusionaban ante la posibilidad de recibir unas zapatillas nuevas, de tener una remera para estrenar. Sabían, y saben, que eso no sucede seguido pero nada les frena las ganas de corretear por las calles de tierra con sus vecinos, de jugar a las escondidas en las lomadas del otro lado del arroyo.

CONMOVEDOR

Pensar en sueños ilusiona y conmueve. La sola palabra no puede ser dicha por María Rosa sin que sus ojos se llenen de lágrimas. "Deseo algo bueno para mis hijos. Una buena vida. A lo largo de estos años aprendí que hay que seguir ante todo. Sé que no soy la única en esta situación. Mi caso llama la atención. Pero si caminan un poco más se van a dar cuenta de que Marías hay muchas. Vivirán en casillas, en casas de material. Pero hay muchas. Muchas sobrevivimos a años de abusos y violencia. Muchas peleamos día a día por nuestros hijos", dijo en su momento. 

UNA ESPERANZA

Con un dejo de naturalización expresó "nosotros no la luchamos desde ahora, la luchamos hace tiempo ya. Por eso, aunque me cueste 20 años bajar de este colectivo, sé que voy a bajar. Voy a poder darles algo bueno a mis hijos. Siempre hay que luchar. No hay que bajar los brazos. Es lo que siempre les enseño".

DIOS SE HIZO PRESENTE

Pasó un mes de charla de María Rosa y Diario Popular, y la mujer logró bajarse del colectivo. Consiguió un techo, una casilla precaria pero ya no construida sobre ruedas. Así fue cómo María Rosa llegó con el último bus a Finisterre.

Un final feliz, sin dudas.

Rubén Armando

Sección Policiales.

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