La ciencia no es cara, cara es la ignorancia

Notas de Opinión 29 de diciembre Por
Hacer ciencia en un país que no sostiene sus políticas de estado a largo plazo, y que ante un cambio de signo político todo es arrancar de cero o incluso retroceder, es muy difícil y desmotivador.

Por Cristian Lagger (*) 

En numerosas oportunidades me ha tocado pararme delante de cursos enteros de niños y jóvenes escolarizados de diversas instituciones de nuestro país, tanto públicas como privadas, para comunicar mi experiencia de trabajo en uno de los lugares más inhóspitos del planeta, la Antártida. Si bien el hilo conductor de esas charlas era mi trabajo de investigación como becario del CONICET, que consiste principalmente en cómo se ven afectadas las comunidades del fondo del mar por el retroceso de los glaciares debido al calentamiento global, traté constantemente de incluir anécdotas divertidas a la hora de narrarles mi experiencia como biólogo marino en ese continente tan increíblemente diferente al resto. Es muy satisfactorio ver la cara de los chicos cuando uno trasmite ese tipo de historias, desde aquellas relacionadas con la rutina diaria de una base científica en la Antártica (intentando incluso desmitificar ciertas creencias populares) o hasta mi experiencia buceando en esas aguas casi congeladas. Sin embargo, siempre tuve presente que estas historias eran menores y sólo ayudaban a captar aún más su atención a la hora de dejar el mensaje final: por qué tenían que seguir estudiando.
Al ser un apasionado de lo que estudié, mi mensaje estaba claramente sesgado, ya que no sólo tenían que seguir estudiando sino que además tenían que estudiar biología marina. Y me resultaba muy fácil contagiarles mi pasión cuando imágenes y videos de por medio derribaba ciertos mitos o fantasías de las películas infantiles como “Buscando a Nemo”, o cuando imaginábamos caminar por el fondo del mar a la par del Capitán Nemo simulando uno de los tantos viajes del Nautilus o incluso cuando en un barco de fantasía perseguíamos una ballena como en el cuento de Moby Dick, pero esta vez no para cazarla sino para que entendieran porque podía existir una ballena completamente blanca.
Incluso me resultaba fácil ganar adeptos hacia la biología marina cuando contaba algunas de las actividades que hacemos con mis compañeros de laboratorio como parte de nuestras tareas de investigación, como por ejemplo campañas en buques oceanográficos muestreando el Mar Argentino, experimentos en acuarios con especies invasoras o el estudio del contenido estomacal de especies que viven a 3.000 metros de profundidad.
Con estas narrativas, mi idea era también desmitificar la imagen del científico como un loco con los pelos parados y guardapolvo blanco encerrado en un laboratorio, no porque esto no sea verdad (los invito a conocer a un aspirante a Doctor de Biología) sino porque pensar que esto siempre es así es, por lo menos, una exageración.
Ahora bien, si esa no es la imagen real de un científico, ¿cuál es? En honor a la verdad siempre me ha costado contestar esa pregunta. No porque no la sepa, sino que siempre se me ocurre una respuesta diferente. Pero a los fines prácticos, mi intención era transmitirles a los chicos que más allá de cualquier apariencia externa, “ser científico significa no perder nunca la curiosidad”, significa “ser creativo, apasionado, emprendedor y principalmente, un buscador constante de preguntas y respuestas”.
Pero más allá de cualquier definición, un científico es un trabajador. Un trabajador que ha tenido que capacitarse durante mucho tiempo. Y no estoy hablando solamente en la Universidad o de la cantidad de cursos que ha tenido que realizar, sino de su preparación desde el nivel inicial mismo. Años y años dedicados a estudiar para poder llegar a desarrollar esta profesión.
Y es aquí donde quiero hacer un parate e introducir (y remarcar!) la participación del Estado en tamaña formación. Ya sea que su entera formación haya sido en instituciones públicas o privadas, el Estado ha intervenido en mayor o menor medida mediante la distribución de su presupuesto, es decir, el Estado ha estado presente.
Ahora bien, un Estado verdaderamente presente es aquel que no sólo prioriza la formación y el desarrollo de recursos humanos sino aquel que no los abandona, por el contrario, los protege. No estoy diciendo nada que desafíe las teorías políticas-económicas, sino algo con sentido común. Pensemos juntos. Qué sentido tiene que un Estado invierta (aunque algunos y no pocos prefieren utilizar la palabra “gaste”) en formar un trabajador profesional altamente capacitado si después lo deja librado al mercado, perdón, al azar. Es como imaginarse que el Barcelona invierta en formar a todos sus jugadores desde las categorías infantiles pero al momento de convertirlos en profesionales, los deje libres. ¿Inentendible no? Bueno, algo parecido estamos volviendo a vivir en nuestro país en cuestiones de Ciencia y Tecnología.
Hace ya algunos meses que nos enteramos que la Ciencia en Argentina sufría una importante desfinanciación en el presupuesto asignado para el 2017. Lamentablemente, esto no es nada nuevo para nuestro país, ya lo hemos experimentado durante los 90 y como todos sabemos, llevó entre otras cosas a una fuga masiva de cerebros. Sin embargo, lo que sí es nuevo (e indignante) es que con esta desfinanciación no se respetó el proyecto “Argentina Innovadora 2020”.
Este proyecto era el plan nacional que establecía los lineamientos para los próximos años en materia de ciencia, tecnología e innovación, es decir, era un proyecto que establecía una política de estado clara, y lo que resultaba más interesante, pensada a largo plazo. Este proyecto, firmado incluso por el actual Ministro de Ciencia y Tecnología, el Dr. Lino Barañao, pretendía entre otras cosas elevar la proporción de investigadores en nuestro país, casi a niveles de países desarrollados del primer mundo. Súper interesante, ¿no?
Recuerdo que con la firma de ese proyecto se me vinieron a la cabeza las palabras de Bernardo Houssay, el primer presidente del CONICET: “Los países ricos lo son porque dedican dinero al desarrollo científico-tecnológico, y los países pobres lo siguen siendo porque no lo hacen. La ciencia no es cara, cara es la ignorancia”. Esta no es una afirmación positivista o una arenga romana, es una sentencia con fundamentos empíricos, comprobados. Sin embargo, el proyecto duró lo que tardó en llegar un nuevo gobierno.
Hacer ciencia en un país que no sostiene sus políticas de estado a largo plazo, y que ante un cambio de signo político todo es arrancar de cero o incluso retroceder, es muy difícil y desmotivador. Por lo tanto, si no somos capaces como Nación de sostener (o defender) una proyecto que ha sido reconocido incluso como uno de las más relevantes a nivel nacional, qué sentido tiene seguir parándose frente a nuestros estudiantes y motivarlos a que sigan estudiando, capacitándose, a que apuesten a un doctorado o a la investigación. Con qué cara podemos mirarlos a ellos y alentarlos para que sean investigadores cuando hoy somos cientos los trabajadores de la ciencia que hemos quedado afuera del CONICET, el mayor organismo de Ciencia y Técnica del país, por la decisión de unos pocos gobernantes que priorizaron una vez más medidas de ajustes antes que la de sostener políticas de Estado claras, incluso firmadas por ellos mismos meses atrás. Créanme, hoy que no lo sé.
Que hay que incentivar al sector privado para que incorpore a Doctores es una meta aún poco desarrollada en nuestro país, que hay que poner en marcha rápidamente. Que el Estado no puede incorporar a todos los Doctores o investigadores que se reciben en el país quizás también sea una realidad y hay que discutirla. Pero dejarlos afuera una vez que los formó, invirtiendo cientos de miles de pesos en cada uno de ellos, para que terminen en el mejor de los casos investigando en institutos o universidades extranjeras (las cuales obviamente se llevan los méritos de las publicaciones de nuestros científicos) o en el peor de los casos, “lavando platos”, no me parece que sea el camino, de hecho, estoy seguro que no lo es porque esta historia ya la hemos vivido.
Quizás el tiempo y la lucha de todos nos lleve a que esta situación se revierta nuevamente a favor de los que sí queremos hacer Ciencia en nuestro país o de los que creemos que hacer Ciencia es sinónimo de soberanía e independencia. Y personalmente sospecho que la energía que hoy necesito para hacerlo la voy a encontrar en la mirada de esos pequeños mini-científicos de guardapolvo blanco que están sentados en los pupitres de las escuelas escuchando alguna de mis charlas. ¡No les podemos volver fallar!

(*) Doctor en Ciencias Biológicasy becario postdoctoral del CONICET. Es un científico oriundo de Rafaela radicado en Córdoba. 




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