Aquella Rafaela

Información General 18/12/2016
El viejo Bar Moreno
Con ese nombre lo conocí, creo que anteriormente se llamaba “El Cordobés”. Por allá en los años 60... cuando yo lo frecuentaba... llevaba el nombre de la calle donde estaba ubicado, Moreno... Se encontraba justo donde hoy está la explanada municipal, frente a la plaza, clásico, típico boliche de la época. Una gran puerta en el frente, al costado la vidriera, donde aquel recordado “Negro” Córdoba, el letrista, escribiera con grandes letras de color negro “Bar y Comedor Moreno”. Paredes muy altas, color rosado, un gran mostrador, con piso de madera, con su típico olor a “Cinzano”, corredor, un pequeño comedor “para familias”, como se decía y en el fondo la cocina; así era todo, otro viejo y tradicional “templo” de las trasnochadas e históricas barras rafaelinas.
Fue un poco como el “Victoria”, pero con otra gente, otras costumbres, otros “espectáculos”. El aperitivo con Pineral a las 12, las ginebras a la noche, loba, codillo y truco, en sus lustrosas mesas redondas, el clásico “puchero” de gallina con mayonesa, después del baile, con la barra... algunas chicas con sus galanes, tomando whisky. Y tantas cosas inolvidables de nuestra época.
Es que antes era así, todos teníamos un lugar de reunión, si querías ir al baile, a la cancha, al cine o a cualquier lado debíamos, obligatoriamente, “aterrizar” en el Moreno y desde ahí, “arrancar”.
Las tradicionales cantinas, las peñas de tango. A propósito de estas peñas... una noche estábamos sentados en torno a una mesa saboreando unos buenos tintos, con el recordado “Gordo” Almada y el Omarcito Bertona, el del kiosco de Independiente, cuando el dueño se le acercó a Almada y le dijo:
-Che David, cantate un tango...
El “Gordo” no se hizo rogar: “Pero uno solo”, le contestó. Menos mal... se cantó como 20, no lo podíamos parar... Es que todo era así, un poco bohemio, soñador. Una época que, lamentablemente, no vuelve más...
Recuerdo bien que, en esos tiempos, su dueña era aquella recordada Doña Pola, una señora Gorda, que tuvo muchos bares en Rafaela, siempre la acompañaban unas chicas que la “ayudaban” en la cocina. Pero después de un tiempo, lo vendió y sus nuevos propietarios eran dos cuñados, aquel recordado “Chupeta” Demarchi, el camionero, y “Cacho” Gaitán, aquel gran jugador de basquet y empleado judicial, era un tipo amable pero serio, cuando estaba “Chupeta” la joda era general, asados, guitarreadas, torneos de truco, el programa era muy variado...
En aquellos tiempos se “laburaba” de lunes a sábado, hasta por la tarde, pero a la noche, “reventábamos” la semana, como decíamos los muchachos... ¡Cuántos domingos de verano, nos sorprendía la luz del sol, después de una noche de milonga, en el viejo Almagro, y después el café con leche de los “japoneses”, y luego a dormir, porque cerca de las 12 estaba el aperitivo y a la cancha, pero antes, por supuesto, los clásicos ravioles de la “vieja”...
Al terminar los partidos sólo quedaban los comentarios, por supuesto, en el bar “Moreno” y a la noche, pocos salían hasta tarde, solamente algunos a las tertulias de Independiente, otros al bulevar. Es que el lunes había que madrugar. Durante la semana, casi todos los días, nos “pegábamos” una vueltita, un café, un cigarrillo, como para “estar”... La clásica barra del café, así transcurrían nuestras vidas. Tan simples, llenas de emoción y tranquilidad, pero auténticas. Toda esa época de esplendor, se fue apagando...
La “barra” se fue perdiendo, muchas obligaciones, compromisos, resumiendo, otra vida, otras costumbres y el “Moreno”, como tantas reliquias rafaelinas, cerró sus puertas, pero con él cerró un pedazo de historia de nuestra ciudad. El edificio quedó un tiempo abandonado, hasta que la Municipalidad resolvió demolerlo, con otros inmuebles vecinos, y allí se erigió el que hoy luce imponente.
No debo ocultar que, un día, al pasar, vi a unos obreros que procedían a voltear aquel viejo bar. Me produjo una inmensa pena... ¡es que era también un poco de nuestra juventud la que sucumbía bajo la picota! Pero era el progreso y debí aceptarlo... y toda esa epopeya pasó al olvido.
Es un día de semana, me levanté temprano... salí al centro y aproveché para realizar unas diligencias (lo de siempre, impuestos, algunas cuentas y soñar con mis recuerdos, algunas cosas que nos quedan a los jubilados). Casi enseguida llegué a la Municipalidad, había mucha gente y decidí esperar... me senté justo sobre las baldosas de la explanada. En ese mismo lugar, donde tantas veces compartimos momentos inolvidables con la vieja muchachada del ayer...
Me puse nostálgico, ¿por qué no?, ¿quién no lo hizo alguna vez?, más todavía cuando, desde la calle, el “Gordo” Alvarez me gritó: ¡Chau Petiso! ¿Te acordás cuántas veces estuvimos de farra en ese lugar?- dijo casi con tristeza...
Me ocurrió algo extraño, por un instante me pareció volver a casi 40 años atrás y recordé algunos de aquellos muchachos, muchos que ya no están... a mi recordado amigo, el “Gordo” Nevado, tomando su clásico Doble V; al “Geo”, el de los muebles, al “Gallego” Alvarez, al flaco Schnidrig. Al “Lucho” Rodríguez, a Angelito Vico, esperando a “Tito” Polena para ir al río, al “Polaco” Orgnero, al “Loco” Patter, eufórico porque le ganaron en tiempo suplementario a Independiente y al Negro “Velay”, contento porque le empataron a Atlético como visitante... Hasta me pareció ver aquella chica, hermosa, de ojos celestes... Griselda... que a veces atendía el mostrador y que todos, un poco, soñábamos con invitarla, aunque sea por una vez, a algún baile... creo que lloré, lo reconozco, en silencio. La vida y los años le dan, un poco a todos, esa emoción de las cosas pasadas...
Caminé despacio, como si volara, me sentí bien, muy feliz, pero muy lejos, apenas escuché que un muchacho, tocándome el hombro me decía: “Señor, señor, se le cayó una boleta de la Municipalidad”...

Escrito en octubre de 1997.

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