La inseguridad: un fenómeno que trasciende la respuesta represiva

Rafaela celebra hoy los 135 años. Y uno de los desafíos que se mantiene al tope de las preocupaciones de sus habitantes es la seguridad. Así, el nuevo aniversario nos encuentra con el reciente despliegue de los gendarmes que llegaron para combatir el delito, principalmente el narcotráfico.

Nuestra querida y laboriosa ciudad de Rafaela cumple 135 años de existencia, de los cuales es imposible negarlo, al menos los últimos diez o quince estuvieron marcados por un fenómeno que si bien no es exclusivo de esta ciudad sino de todo el país, afecta gravemente nuestra percepción del hábitat y nuestro comportamiento diario, haciéndonos “cuidarnos” de cosas que antes para nosotros no significaban ninguna amenaza y ahora sí: me refiero a lo que se ha dado en llamar “inseguridad”.
Palabras como arrebatos, motochorros, tumberas, “dealer”, “transas”, paco, kioscos de droga o “soldaditos” ya han comenzado a formar parte de nuestro léxico, de nuestro glosario cotidiano, y tanto abuelos como sus nietos aprendieron lo que significa cada uno de esos términos.
El paseo despreocupado por calles del macrocentro rafaelino, como en los barrios Mosconi, Central Córdoba, 30 de Octubre, 9 de Julio, Alberdi o San Martín, se ha transformado para las personas de edad en un verdadero desafío. Ir al almacén, kiosco o supermercado caminando, para personas adultas mayores solas genera tanta adrenalina como emprender un viaje de riesgo o tirarse por un tobogán.
Lo mismo para quienes circulan de noche en calles oscuras, para quienes van en moto a trabajar de madrugada, o para chicos y estudiantes que van a la escuela en bicicleta.
Para cada uno de estos casos, un ejemplo me aflora a la mente. Por ejemplo, un cuarentón llamado Marcelo a quien robaron a punta de pistola cuando entraba a trabajar en una empresa láctea de nuestra ciudad, de madrugada yendo en bicicleta. No sólo le pegaron un brutal culatazo en la cara unos “motochorros”, sino que al caer este inconsciente al piso golpeó su cabeza contra una tapa de las cloacas. Marcelo perdió el conocimiento, estuvo internado varios días y tuvo como consecuencia traumas psicológicos. Cada vez que iba a trabajar no era más como antes. Las manos se cubrían de un sudor frío, el pánico se disparaba y hasta hoy debe tratarse con un psiquiatra y tomar medicación justamente por los ataques de pánico que le quedaron como secuela. Obviamente también debió abandonar su trabajo, o mejor dicho “lo abandonaron” porque no querían reubicarlo dentro de la empresa. Hoy se gana la vida haciendo fletes.
También me viene a la mente el joven alumno de la Escuela Técnica a quien le robaron su mochila y sus zapatillas cuando iba en bici para el turno tarde. Una moto lo encerró en una calle de barrio Pizzurno y lo dejaron sin bicicleta, mochila y celular, abandonándolo descalzo.
Ante esta serie de fenómenos nuevos y no deseados, pero que se incorporaron e invadieron gradualmente nuestros hábitos y la tranquilidad cotidiana y ciudadana, desde los distintos estamentos, tanto políticos como policiales -sumado al apoyo del Ministerio de Seguridad provincial, y al del Nacional con el último envío de 69 gendarmes sin límite de tiempo-, las autoridades civiles, policiales, y ciudadanas comenzaron a ensayar distintos tipos de respuestas contra este mal endémico que parece haber llegado para quedarse. También debe destacarse el nuevo sistema penal, que con la rápida actuación de los fiscales permite dejar “fuera de juego” a delincuentes en solamente dos o tres días en muchos de los casos.

ADICCIONES
Gran parte de la culpa de esto que nos sucede, es sin dudas, el creciente flagelo de la droga, en cuanto a que los jóvenes caídos en sus garras, desesperadamente roban cualquier cosa para venderla y así obtener unos pesos para mantener esa adicción brutal, de la cual, sin la ayuda de especialistas no se sale, sino que cada vez las víctimas del negocio del narcotráfico necesitan más sustancia estupefaciente para calmar su necesidad y no caer en lo que se conoce como “síndrome de abstinencia”.
Días atrás publicábamos cómo una madre tucumana debió encadenar (sic) a su hijo a la cama para que no vaya a fumar paco o pasta base de cocaína -“crack” en Estados Unidos-, un químico letal y poderoso que en menos de dos años quema neuronas y deja virtualmente sin cerebro al adicto, con consecuencias parecidas al “delirium tremens” provocado por el alcohol, y después la muerte. Sí, el paco es mortal a corto plazo sin un tratamiento de rehabilitación hecho a tiempo. La respuesta del jovencito de 15 años a su madre es la definición de la adicción: “- ¡Mamá, no puedo dejarlo!”, gritaba el adolescente entre lágrimas. Finalmente ingresó a una clínica de rehabilitación en la provincia de Córdoba y nada más se supo de él.

COMPLEJO
PANORAMA

Frente a este complejo panorama, se abre un abanico de causas que desembocan en lo que damos en llamar “inseguridad”, pero que trascienden esta.
Si bien esto no es excusa, la realidad indica que una gran parte de los delincuentes jóvenes no tienen un empleo formal, ni informal y por eso salen a robar.
La gran mayoría de ellos no terminó la escuela secundaria ni a veces la primaria. Vivían de changas, hasta que apareció el negocio de la droga en su modalidad del narcomenudeo, una “ocupación” cien veces más rentable que las changas o que ser peón de albañil, de remises o peón de campo.
La construcción del Centro de Prevención Local de Adicciones (CEPLA-SEDRONAR) en Rafaela está avanzado, y es esperanzadora, no sólo por su fin sino porque también posibilitará que muchos jóvenes narcodependientes puedan curarse en Rafaela y sin viajar. Realmente un centro de salud que nuestra ciudad necesitaba, más allá del excelente trabajo que vienen llevando a cabo instituciones de recuperación de adictos, de raíz cristiana, como lo son el Hogar Hijo Pródigo –fundado por el padre Alcides Suppo-, y el Hogar Nazareth, vinculado al Obispado de Rafaela y ubicado donde antes existía la granja Francisco Peretti.
Otra causa o materia pendiente es la educativa. Que estos jóvenes desocupados logren salir de su marginación crónica aprendiendo un oficio técnico (soldadura, carpintería, construcción, mecánica, etc.) que les permita crecer económicamente y en dignidad, para poder incluirse al sistema formal del mundo del trabajo y abandonar el delito. Es decir, que logren terminar la escuela secundaria, sin cuya finalización son magras las posibilidades de un progreso genuino, logrando sólo ser carne de cañón para negocios ilícitos como el narcotráfico.
Lo último es considerar a estos casos como “sociales” y que el Estado se haga cargo de la resocialización de jóvenes, que por fallas propias o ajenas, quedaron fuera del sistema. Es urgente la participación del Estado en la contención de estos jóvenes que quedaron excluidos de oportunidades y que merecen una ayuda que va más allá de la prevención del delito, de la represión policial o de la sanción judicial.
Quizás considerando y poniendo en práctica sólo algunas de estas propuestas -o todas- podamos de a poco, como sociedad, ir librándonos del mal de la “inseguridad”.
Son varias patas que confluyen en este fenómeno sociológico, y debe quedar claro que la represión del delito ya sea a través de la policía provincial, Gendarmería Nacional o de la Guardia Urbana es sólo atacar las consecuencias, de causas que vienen de mucho antes de ingresar al mundo del delito. Vienen desde que un niño pequeño está pidiendo limosnas en un semáforo.
Ojalá llegue el día en que lo que se ataquen sean las causas.
Las que ya mencionamos: deserción escolar, indigencia, marginación social, falta de oportunidades, inclusión laboral, y contención de parte del Estado. Sólo así, atacando las causas, empezarán a bajar las estadísticas de delitos como robos, hurtos y violencia social. Sólo así, tendiéndole al otro una escalera ascendente para la movilidad social, en base al trabajo.

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