Aquella Rafaela

Información General 16/10/2016
Recordando a un grande: Ing. Juan R. Báscolo.
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FOTO ARCHIVO JUAN R. BASCOLO.
De la mano de mi viejo, lo vi por primera vez en aquellas 500 Millas, en el viejo circuito de Bv. Roca. Fue un destacado dirigente de Atlético, pero más el artífice de la prueba más importante de Sudamérica. Todavía hoy te preguntan: “¿De qué ciudad sos?”, “De Rafaela”. “¡Ah! Donde se corren las 500 Millas”. Siempre, aunque en Rafaela tenemos de todo, y de esto estoy muy orgulloso, no importa, siempre nos reconocen por estas carreras y eso es innegable.
El ingeniero fue uno de los pioneros de aquella época. ¡Cuántas veces lo vi bajando la bandera o en revistas importantes o reporteado, tal vez, por aquel recordado relator Luis Elías Sojit!
Pero su tarea comenzaba bastante tiempo antes. Durante casi un mes, con un grupo de esforzados colaboradores, bajo la sabia y atenta vigilancia del ingeniero Báscolo, preparaban un camino rural, destruido por las lluvias y el paso de los animales. Una pista que, año a año, se constituyó en orgullo del automovilismo nacional e internacional.
Ciento setenta y nueve vueltas realizaban esas pesadas máquinas a una velocidad impresionante... sin levantar un “poquito” de tierra, ¿qué les parece?... “Excepcional, el circuito, en una tarde de gloria para el Club Atlético”, decía en las páginas centrales aquella vieja revista “El Gráfico”, a los pocos días de haberse realizado la prueba.
Lo recuerdo siempre, de baja estatura, gordito, el pelo totalmente blanco, anteojos redondos, y detrás de ellos, una mirada bonachona, que irradiaba una inmensa ternura. Era un hombre bueno, un poco bohemio, soñador, poeta de sus “cosas”, un “Personaje”, como todos mis Personajes, humilde, sencillo, pero con una férrea voluntad, pero por sobre todo eso, un hombre honesto. A veces se ponía un poco nervioso, pero enseguida volvía a la normalidad. Era un luchador de nuestras cosas. Creo que fue un pedazo de historia de Atlético y sus 500 Millas, pero también de la historia de nuestra ciudad.
Pero no fue importante por eso solamente, por el contrario... Sus actividades fueron múltiples: buen profesional, gran orador. En muchos acontecimientos, especialmente automovilísticos, su palabra era “casi” obligada. Sus discursos comenzaban siempre pausadamente, luego iba “in crescendo”, fogozos diría, para finalizar emotivamente.
En una de las visitas realizadas por el recordado Juan Manuel Fangio a nuestra ciudad, un periodista le solicitó que relatara algunas anécdotas de nuestras carreras. “Tengo muchas, pero algo que siempre tengo presente son los discursos del ingeniero Báscolo, me emocionaban mucho...” y agregó: “A veces me hacía recordar a mi padre”, dijo con nostalgia.
Así era, espontáneo, gritón a veces, pero con una sensibilidad humana incomparable.
Pero además fue un gran profesor de Matemática en escuelas secundarias de mi ciudad. Durante muchos años vio desfilar a numerosos alumnos por sus clases. Siempre con sus álgebras y la infaltable tabla de logaritmos. Recuerdo aquella tarde de marzo de 1957, cuando entró en el curso de 5º año, de la Escuela de Comercio, con el libro chiquito en el bolsillo, su infaltable tabla y la “chalina” blanca en el cuello. Lo miré un poco con miedo, pero también con indiferencia. Matemática no era mi “fuerte”, nunca fui brillante en las Ciencias Exactas. Pero aquello fue muy distinto. Durante todo ese año él me enseñó algo muy importante, “que el profesor muchas veces, ‘hace’ la materia”. Creo que me fui a rendir y lo acepté en silencio, pero fue un amigo, un amigo de todos los muchachos de aquel curso inolvidable.
Después, la hermosa fiesta, despedidas, serenatas, viajes y el infaltable Baile de Egresados, allá en el viejo Independiente, mientras la inconfundible voz de Cacho Paublán nos invitaba a bailar el clásico Vals de los Peritos Mercantiles. Y junto a nosotros, compartiendo esa noche de alegrías y emoción, levantando su copa, estaba sentado el Ingeniero: a su manera también vivía nuestra fiesta. Al finalizar, un grupo grande de compañeros lo acompañó a su casa. Fuimos todos caminando mientras él, mirando aquel cielo estrellado, en esa noche hermosa de verano, nos iba señalando cada una de las constelaciones, porque era un apasionado por la Astronomía. Mientras, los noctámbulos del Munich, asombrados, no podían creer que un grupo grande de muchachos y chicas, vestidos de fiesta todos, siguieran detrás de aquel hombre, tan pequeño, mirando el cielo.
Pero era así, cuando él hablaba, en cualquier parte, siempre estaba rodeado de jóvenes. Y a raíz de sus conocimientos en Astronomía, tiempo después, se inscribió en aquel recordado programa “Odol”, en los albores de nuestra televisión. Pero le comunicaron, en una conceptuosa nota, que no podía concursar por tratarse de un “especialista”. “Y bueno”, dijo sonriendo, “entonces voy a contestar sobre arte culinario, de eso no soy un especialista”...
Pero fue feliz, a lo mejor no con tanto rédito económico, no importa, creo que siempre hizo lo que a él lo apasionaba.
Pasó el tiempo. Lo veía muy poco. Por los medios periodísticos, me enteraba sobre su destacada actuación en las más altas esferas del automovilismo nacional. Y en uno de sus viajes, al regresar de una importante reunión, en un desgraciado accidente perdió la vida. Toda Rafaela le rindió su postrer homenaje al hombre ilustre de la ciudad. Con muchos de mis compañeros de ayer, acudimos a su velatorio, allí lo rodeamos, de la misma manera como aquella noche de graduación, para darle un último adiós al profesor, al amigo, al luchador...
Tiempo después, el Club Atlético colocó su nombre en uno de los circuitos de su autódromo, como digno reconocimiento a tantas luchas, desvelos por la institución y todo el deporte motor.
Hace poco tiempo, al pasar por un barrio periférico de la ciudad y casi sin darme cuenta, tomé por una callecita del barrio... como un pasaje. Al llegar al fondo, tenía un cartel de madera, escrito con letras blancas: “Calle Ing. Juan R. Báscolo”, decía...
Me pareció, por un momento, casi insignificante ese homenaje, pero recapacité... Yo creo que no le hubiera gustado algo distinto, con mucho ruido, muchas luces... Tal vez lo hubiera hecho feliz esa pequeña calle, desaparecida, escondida entre los árboles y tan simple como era él...
Volví a la ciudad, tomé por calle Tucumán, en la primera cuadra, casi sin proponérmelo, doblé por San Martín, estacioné mi coche frente al Hogar Don Orione. Allí, al lado, estaba aquella casa, donde 42 años atrás, lo acompañamos, después del baile de egresados. Por un momento acudieron a mi memoria y rememoré hechos gratos de mi pasado... Casi escuché el ruido de los motores, vi al Ingeniero, con la bandera en alto, mientras Sojit, por Radio Splendid, decía en voz alta: “Se largan las 500”. Lo vi al “Chueco” Fangio, emocionarse con sus discursos y me pareció verlo, sobre su Fiatín verde, con el sobretodo negro y la chalina en el cuello, mientras, acelerando, me decía: “Adiós Petiso, ya son las 14, voy a llegar tarde al Colegio...”.

Escrito en junio de 1998.

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