El primer centenario del despegue democrático

Notas de Opinión 12/10/2016
A 100 AÑOS DE LA ASUNCION DE YRIGOYEN
Por Natalio Botana

Este 12 de octubre conmemoramos el centenario de la asunción de Hipólito Yrigoyen a la presidencia de la república y acaso valga reflexionar sobre aquel momento fundacional.  
La victoria de Yrigoyen fue fruto de un proceso de deliberación y consenso que, a partir de 1910, inspiró el presidente Roque Sáenz Peña. Este antiguo opositor de Roca dentro del Partido Autonomista Nacional entabló negociaciones con Yrigoyen como previamente lo había hecho su predecesor, José Figueroa Alcorta. Con el eficaz concurso del ministro del Interior Indalecio Gómez, se sancionó una ley de reforma política basada en el padrón militar, el voto masculino, secreto y obligatorio, y el sistema electoral de la lista incompleta. Por lo demás, este salto cualitativo en la participación política, gracias al cual brotaba una democracia a la altura de aquel tiempo, resultó de un contexto histórico aquejado por una intensa conflictividad política y social.
Dos fechas son, al respecto, paradigmáticas. Con la revolución del Parque en 1890 y la fundación de la UCR un año después, despuntó al calor del liderazgo de Leandro N. Alem un período de oposición al control hegemónico del P.A.N. en nombre de un ejercicio sincero del sufragio y, por ende, de la libertad política. En el horizonte de aquella república restrictiva se inscribió entonces la promesa de una democracia imbuida de temperamento cívico. 
Las revoluciones se reprodujeron en 1893 y 1905 y a ello se sumó la abstención electoral del radicalismo en 1897, hasta tanto el voto contase con garantías efectivas. Mientras tanto, emergía una impugnación social que, con diferentes objetivos, llevaban adelante socialistas, anarquistas y sindicalistas. En el Centenario de 1910 cundían conflictos sociales, pero esa situación no la generaba el estancamiento sino las transformaciones demográficas, económicas y educativas que echaron los cimientos de una temprana modernización. El conflicto era pues producto del progreso; no del atraso propio de una estructura tradicional. Este adiós al pasado tuvo la contrapartida de un fenómeno original, tal vez inédito.
Lentamente, entre revoluciones e intervalos de acotada participación, se fue formando un conjunto de partidos políticos. Fue sin duda una creación espontánea de organizaciones políticas, libre y voluntaria, que se desarrollaba de abajo hacia arriba en el seno de la sociedad civil. Vale la pena destacar esta larga marcha que abonaron tanto el radicalismo como el socialismo. Hoy cuesta comprender esa hazaña asociativa realizada sin recursos del Estado ni controles territoriales, gracias a la contribución y al desprendimiento de dirigentes y afiliados.
La personalidad de Hipólito Yrigoyen expandió esta empresa: su prolongada trayectoria hacia la meta de la presidencia (casi veinte años); la austeridad de su vida; su tesón organizativo aplicado al país entero; su intransigencia; sus silencios públicos; el lenguaje críptico; el poder cautivante de una palabra dicha en privado que reunía adeptos y atraía voluntades. Yrigoyen infundió savia política a una sociedad civil en pleno crecimiento. ¿Cuál fue el clima de ideas de aquel momento? En el trance de balances históricos y del choque de visiones volcadas hacia el futuro se dieron cita hace cien años el reformismo que provenía de la vertiente liberal y, con más acento, del proyecto socialista, y el regeneracionismo que encarnaba el radicalismo para liberar a una sociedad oprimida por el fraude y la corrupción. La política se cifraba pues en una empresa de reparación ética. Se trataba de un discurso que articulaba tres ideas centrales. La idea de Nación, la idea de un partido intérprete de la soberanía popular y la idea de Constitución. 
En el pensamiento de Yrigoyen el partido radical se confundía con la Nación, pero a la Nación no se la entendía sin la legitimidad constitucional. “Mi programa, decía Yrigoyen, es la Constitución”. La Constitución Nacional era vista de esta suerte como una empresa incompleta, frustrada en su resorte más íntimo, hasta tanto no se forjara la figura de un ciudadano activo, libre de ataduras. Esta confluencia entre derechos civiles, libertad política y virtud cívica, que ya exploraba el campo de los derechos sociales y buscaba ampliar el arco de la educación pública, hizo que la legitimidad de aquella Constitución se asentara, en aquella circunstancia, sobre bases aún más firmes. La reforma que concluyó en 1916 con la victoria de Yrigoyen vino para perfeccionar un edificio institucional; no para demolerlo. En esta atmósfera, Yrigoyen atrapó la oportunidad que se presentaba. Cuando se puso en práctica la reforma electoral, a partir de 1912, la apuesta consistía en disponer de partidos políticos con la disciplina necesaria para competir en la arena electoral y ganar.
En ese terreno, Yrigoyen dio pruebas de una capacidad estratégica superior a la de sus adversarios: aprovechó las elecciones intermedias de 1912 y 1914 para ampliar la representación de la UCR en el Congreso; jugó con el silencio y el estilo impenetrable para demorar la aceptación de su candidatura y aprovechó los efectos de un faccionalismo persistente que erosionó las filas conservadoras. De esta manera, el faccionalismo de los partidos nació junto con nuestra democracia. Lo sufrieron las agrupaciones del antiguo régimen que no supieron dar a luz el partido moderno que recomendaban Sáenz Peña e Indalecio Gómez, y también la UCR con la inesperada división de los electores santafesinos (al final conjurada por Yrigoyen).
El faccionalismo fue un llamado de atención que, lejos de disiparse, se acrecentaría en los años siguientes. Nada impidió, sin embargo, el fervor popular de aquel 12 de octubre, la multitud que se posesionó de la carroza del Presidente después del juramento, y la pacífica transmisión del mando de un presidente en funciones a un líder opositor. Un fulgor que aún no enturbiaba la nube tóxica de una crisis política devastadora que estalló catorce años después.

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