Recuerdos de un amigo

Información General 09/10/2016
AQUELLA RAFAELA

Ante una de las “escapadas” que realizo algunos domingos a la casa de mis primos, a quienes quiero mucho, tuve la inmensa alegría de conocer a un joven y a su esposa, que en esos momentos estaban visitando a mis parientes, disfrutando de un buen asado. Más allá de este grato momento compartido, me impactó cuando supe su apellido, se trataba del hijo de aquel recordado dentista, el Dr. Estor Ruatta.
En aquel momento no creí inoportuno hablar de él, de lo mucho que para mí significó; me despedí y apenas llegué a mi casa, sentí una profunda nostalgia y esa noche pensé que podría escribir algo sobre él. Fue una necesidad imperiosa de volcar todo lo que sentí en ese momento.
Quisiera hacer una pequeña historia, sobre cómo lo conocí y de qué forma, desde mi niñez hasta mi adolescencia, en los momentos más importantes de mi vida fue uno de los amigos que más recuerdo con cariño.
Alguien dijo alguna vez que los chicos no se olvidan, ni de las buenas ni de las malas, son cosas que en el tintero de la vida estuvieron olvidadas, y de pronto vuelven a tu memoria y tenés la necesidad imperiosa de expresarlas.
Lo conocí en el año ‘50. Yo vivía en el campo, en Nuevo Torino, muy cerca de la Escuelita 506, cerca de la ruta que va a Santa Fe. Mi padre, en esos momentos no estaba muy conforme con la enseñanza que me impartían en ese colegio y decidió enviarme a una escuela de Rafaela, más precisamente la Escuela Alberdi. Para llegar a mi clase debía tomar un colectivo que venía de Santa Fe, así que durante dos años, todos los días debía esperar con mi guardapolvo con tablas y la cartera de cuero la llegada del mismo, que luego me bajaría, después de una hora de viaje, frente a la escuela. Las primeras veces mi padre me acompañó, pero luego me fui arreglando solo, pero fue muy duro para mí, nuevos compañeros, nueva maestra; muchas veces lloré en la vieja estación de colectivos, allá en la calle Lavalle, mientras esperaba el regreso. Al poco tiempo de haber comenzado las clases, una tarde mientras esperaba mi colectivo allá en el campo, un coche frenó bruscamente y un señor grandote, con lentes y bigotes, bajó la ventanilla de su coche y me dijo: “Che, Petiso ¿vas para Rafaela? Te llevo así me hacés un poco de compañía”.
Eran otros tiempos aquellos, todavía se podía confiar en desconocidos. Subí con un poco de recelo, es cierto, era un auto grandote, cuadrado y de color azul oscuro; me pareció, manejaba muy bien, pero fuerte. Llegamos a Rafaela cuando la escuela no había abierto para el turno de la tarde. Hablamos mucho en el viaje, me contó que era un dentista recién recibido y que dos veces por semana atendía un consultorio en el pueblo de Nuevo Torino, antes de dejarme me recordó, “esperame todos los martes y jueves que yo te traigo”.
¡Cuántas veces pasaba mi colectivo!, pero yo siempre lo esperaba a él, total llegábamos siempre antes y además era mi amigo y los amigos de los chicos son amigos de verdad. Nunca me falló, solamente una vez. Ese día, por supuesto, falté al colegio. ¿Saben lo que pasó? Le sacaron una muela, paradoja del destino... Viajamos dos años, martes y jueves, 5º y 6º grados.
Antes de terminar la escuela primaria le dije: “Doctor, me voy a vivir a Rafaela”. Bueno -me contestó- vení a visitarme, yo tengo un consultorio en San Martín y Güemes; allí  fui a saludarlo varias veces, hasta creo que me sacó un diente. Un día me preguntó: “Petiso, ¿qué vas a seguir?”. Comercial, le contesté. “Ah, es posible que nos vayamos a ver, voy a tomar unas horas en ese Colegio”.
Y llegó marzo, y de nuevo, escuela nueva, profesores serios y de traje, profesoras muy bien vestidas, celadoras, todo nuevo... pero ya no lloré, ya era un hombre... Pasaron los primeros meses de “ablandamiento”. Una tarde al entrar al colegio, por la calle 9 de Julio, ¿con quién me encuentro? Con el Doctor Ruatta, ¡qué alegría! “Me dieron algunas horas -me comentó-, así que preparate Petiso”. Entramos juntos, por los vidrios de la gran puerta del viejo Colegio de Comercio alcancé a divisar, debajo de los árboles, descansando, el auto cuadrado y azul, aquel que tantas veces frenó en calle Sarmiento, mientras me bajaba presuroso al llamado de la campana. Lo miré casi con ternura, mientras nos fuimos caminando hasta la dirección, me dio una palmada mientras por lo bajo me dijo: “Te espero en 2º año”.
Pasé el 1er. año, tuve que rendir algunas materias, pero en marzo entré al 2º año. Otra vez, nuevos profesores, nuevas materias, pero pregunté: ¿Y el de Zoología? El “Gordo” Zimmermann me pegó el grito: “es el Dr. Ruatta”. Yo le contesté: “no voy a tener problemas, me eximo seguro, él es mi amigo”. Nunca olvidaré cuando entró al curso, yo lo quise saludar, pero él no me vio, éramos como 40. Pero al rato, pasó lista y cuando dijo Pautasso se me aflojaron las piernas, me levanté, “presente”, dije con voz baja, él levantó la vista de la libreta y con todo me gritó: “¡Petiso!”... después las explicaciones a mis compañeros, cómo había surgido nuestra amistad. Desde ese día me “peloteó” todo el año. Los muchachos me cargaban, “Flor de amigo te mandaste, te hace pasar a cada rato”. Pero finalmente me eximí y aprendimos mucho con él, tanto de su materia como de aquellas charlas que despertaron nuestros “miedos” de adolescentes de aquella época. Luego creo que nos dio dos años más. Pero mis compañeros de Promoción del año 1955, todavía lo recuerdan como el profesor más compañero y eso era la verdad.
Yo, además del colegio, concurría por esos tiempos al Club Atlético donde practicaba básquetbol. Una noche fuimos a jugar al Club Estudiantes, como no teníamos colectivos nos llevaron los miembros de la Subcomisión respectiva con sus autos particulares. Era oscuro, yo me subí a un coche de color negro, un Ford 41, hermoso, con tapizado piel de leopardo. ¿Quién manejaba?... Mi amigo, el Dr. Ruatta. Era el flamante presidente de la Subcomisión. Otra vez juntos; le pregunté por el otro auto y me dijo: “lo cambié, estaba muy viejo”; yo no pude contenerme y con mucha nostalgia le comenté por lo bajo: “Sí, pero cuántas veces nos llevó a Rafaela ¿no?”...
Esa noche, nunca me olvido, ganamos y ya de regreso, aproveché para pedirle que no me hiciese pasar al día siguiente. “Vamos a ver”, me contestó. Pero pasé al principio de la hora. El era así... Más tarde llegó la culminación de mis estudios, 5º año Perito Mercantil, fiestas, baile de graduación, serenatas, el clásico vals con mamá, pero antes de todo la tradicional despedida que 4º le ofrecía a 5º año. ¿Dónde?... En la quinta del Dr Ruatta, tradicional, generosamente todos los años la ofrecía, así para que 50 o 60 jóvenes festejáramos con los que nos precedían la finalización de los cinco años.
Esperanzas, proyectos, sueños, que la vida luego se encargó de acomodar a su manera. Como de costumbre, algunos se “pasaron” con el chopp, entonces el Doctor, se encargó personalmente de llevarlos hasta sus casas. Yo, por supuesto, estaba dentro de los más “festivos”, pero él al dejarme en la puerta de mi casa, le dijo a mi papá, mientras lo saludaba, “Aquí le traigo al nene, Don Pautasso”, mientras sonreía. Después la vida nos mandó por caminos distintos, estuve ausente un tiempo de Rafaela, lo veía muy poco, solamente en las carreras de automóviles de Atlético, donde él era un importante dirigente, trabajaba por sus dos pasiones: el Club y el automovilismo, y esa pasión hacia la velocidad lo llevó, tal vez, a su muerte. La crónica fue muy corta: “Falleció el Doctor Estor Ruatta, al chocar su coche Torino, contra una máquina motoniveladora que cruzaba sin luz la Ruta Nº 19”. Tan pocas palabras para un hombre que dio tanto sin nunca pedir nada.
Lo leí y no pude ocultar un sollozo, era mi “amigo”, mi tío, mi padre o tal vez el hermano que no tuve, el que se iba. Concurrí a su velatorio, donde todo Rafaela lo despidió; a mi manera, en silencio, también lo despedí, no lo pude ver pero no importa, él sabía que yo estaba, que no le fallaría jamás...
Pasó un tiempo, una tarde pasé por un baldío y vi el auto, cuadrado y azul, un poco herrumbrado y casi tapado por los yuyos, ahí estaba también él, descansando el sueño eterno, de los nobles y de los justos... Cerré los ojos y me pareció que desde su ventanilla, un hombre alto, con lentes y bigote me decía mientras bajaba el vidrio: “Petiso, ¿vas para Rafaela? Te llevo, así me hacés compañía...”.

Escrito en octubre de 1996.

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