Ceschi

Información General 08/10/2016
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Jesús hombre

Jesús es Dios, pero hombre también. Tan humano, que se hizo en todo igual a los hombres, menos en el pecado (san Pablo). Personalmente, me fascina la dimensión humana de Jesús, y me alegra saber que tantos hombres ilustres que se declaran agnósticos (incluso ateos), sienten admiración por Je­sús hombre. Uno de ellos es el escritor mejicano Carlos Fuen­tes:
"Busco en vano un personaje histórico más completo. Las fi­guras que con paso más recio han cruzado el escenario del tiem­po carecen, por su intensa actividad externa, de la dimensión espiritual interna de Jesús. Los místicos mismos, dada la in­tensidad de su vida interior, no poseen el lugar en la plaza que ocupa Jesús como ser histórico activo. La singularidad de Jesús es que la permanencia, fama o valor de su obra nacen de la oscuridad y del anonimato. Nada, ni los Evangelios ni san Pablo ni la mismísima Iglesia Romana pueden arrebatarle a
Je­sús su condición de hombre humilde, desprovisto de poder, des­nudo de lujos, que gracias a su humildad y pobreza se convier­te en el más poderoso símbolo de la salvación humana.
"De todas las interpretaciones en torno a la personalidad de Jesús, la que más me atrae es la que se fija en el hombre que vivió entre los hombres y aquí, en la tierra, dio las prue­bas más serias y perdurables de lo que significa ser humano entre los humanos. Jesús como núcleo activo de las posibili­dades y contradicciones humanas es para mí el más constante y entrañable de los Cristos. El hombre que predica simultáneamen­te la inocencia y la bondad pero también la furia activa con­tra los fariseos y los mercaderes del templo. El Jesús que nos pide 'dar la otra mejilla' y el que dice traer la guerra y no la paz. El Jesús que pide 'dejad que los niños vengan a mí' y el que nos urge a abandonar padre y madre para actuar en el mundo.
"Esta es la fuerza incomparable de Jesús. Desde la pobreza, la humildad y el anonimato, predica algo más que la salva­ción del mundo. Predica la salvación en el mundo. Nos ofrece un mundo como oportunidad de salvación, no como tierra condena­da fatalmente al mal. La vida eterna, así concebida, es en rea­lidad una dimensión espiritual del deseo humano".

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