AIRE LIBRE

Suplemento Aire Libre 10/10/2016
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Pesca: trolling, spinning y bait casting

A raíz del artículo del lunes pasado hemos recibido varias consultas sobre estas modalidades de pesca. El TROLLING consiste en pescar arrastrando un señuelo desde una embarcación a motor o a remo. El pescador engancha el señuelo al final de la línea y lo arroja al agua mientras la lancha se aleja. Así lo deja derivar unos 50 a 60 metros y luego traba el reel para que trabaje el señuelo. El señuelo puede ser de media agua o de profundidad. El de profundidad va “arando el fondo” y si el pescador tiene suerte engancha al pez. Se utiliza especialmente para buscar a los grandes Surubíes. A veces el pez se engancha de la boca y otras –la mayoría– de la cola, las aletas, el lomo. Existe una eterna discusión si el pez atacó al señuelo o se enganchó por casualidad o sea, se “robó”. En cambio cuando se pescan Dorados en Trolling siempre se los saca por la boca ya que el pez los ataca violentamente. Tanto el SPINNING como el BAI CASTING consisten en lanzar señuelos -más livianos y chicos que los de trolling- hacia los lugares donde se supone que está el pez y recoger la línea con cierto ritmo de forma que el señuelo “nada” hacia la embarcación simulando un pez. Con estas modalidades sólo se pescan peces cazadores como Dorados, Dientudos, Palometas, Pirá Pitá. La diferencia entre el spinnig y el bait casting está en el equipo que se utiliza. Para spinning se usan reeles frontales y varas muy finas mientras que para el bait casting se usan reeles rotativos (tipo huevito) y varas mas firmes. Pese a requieren cierta técnica y práctica son modalidades muy entretenidas para utilizarlas.

Relatos: “Hijo ‘e tigre”

Pie de foto
El autor, Héctor Espilondo, con un Surubí de tiempo atrás"

Por Héctor Espilondo
Siempre les digo a los pasajeros de mi embarcación –un tracker de cinco metros de eslora– y, especialmente a los menos duchos, que cuando se está pescando hay que estar siempre atentos y preparados para cualquier cosa. En la pesca, a diferencia de la caza donde siempre se ve a la presa y entonces se pueden diagramar estrategias para cobrarla, nunca se sabe qué está prendido en nuestro anzuelo hasta que emerge de las aguas. Por supuesto que si uno está pescando en un zanjón se sabe que no pretenderá sacar algo que no fuera una Anguila, un Cascarudo o un pequeño Dientudo; pero cuando se va a pescar a algún río más importante siempre está latente la posibilidad de enganchar algún pez de buen tamaño. No digo Moby Dick, pero el pescador siempre sueña con un Surubí o un Dorado de 10 o 15 kilos por lo menos. Los que alguna vez tuvimos esa suerte sabemos de la fuerza y violencia de los piques de peces de ese tamaño. En la costa para determinar el tamaño de los peces siempre se habla de kilos, por eso a mí me da mucha gracia cuando en los torneos de pesca se mide la importancia de los peces en centímetros. De esta forma sacar una Coluda o una Anguila de 80 centímetros tiene más valor deportivo que sacar un Surubí de 70 cm. En una oportunidad –no hace mucho tiempo de esto– navegábamos con unos amigos por el “Chinchulín” en Cayastá, a una velocidad estimada por nuestro encargado del servicio del lunch a bordo –el “Fercho” Saliva– de aproximadamente 3 jarros de fernet por hora. Hacía un calor insoportable esa tarde y el Fercho temía deshidratarse o lo que es peor, que se termine el hielo, lo que sería fatal en esas soledades. Llegamos a un lugar donde una hermosa corredera desembocaba en una laguna, anclamos junto a unos canutillos y nos pusimos a pescar. La elección del lugar fue acertada porque en poco tiempo sacamos Amarillos, Moncholos, varios Dorados y hasta un Surubí. Solo un curioso episodio empañó aquella jornada. En el momento en que mi hijo –el “Colo”– que estaba pescando en la proa de la lancha, intentaba estirarse y hacer equilibrio para con una mano sostener la caña y con la otra agarrar la jarra de fernet, sintió un pique tan violento que le arrancó la caña de la mano cayendo al agua y alejándose velozmente. A lo lejos vimos saltar un gran Dorado causante del accidente. Inútiles fueron los esfuerzos para recuperar el reel y sólo deseamos que algún afortunado pescador se encuentre con ese premio extra. Lo que en principio fue un duro golpe para mí –la chambonada de mi hijo– pronto se transformó en un gran orgullo. Si bien es cierto que el Dorado le arrebató la caña por un descuido, tiene mucho valor el hecho que pese a las dificultades en ningún momento permitió que el fernet se derramara aferrándose a él como si fuese su tabla de salvación… ¡Hijo’e tigre tenía que ser!

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