Otro mundo feliz

Notas de Opinión 08 de diciembre Por
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Por Agustín Pérez Cerrada (*)

Quizá uno de los reduc­cionismos del mundo mo­derno sea que el hombre ha dejado de tener respeto por el ser humano, al con­siderarlo (póngase aquí lo que se quiera: instinto, ape­titos, máquina...) como una cosa. Se ha perdido parte del optimismo y de la espe­ranza en el futuro, y se ven enemigos por todas partes: lo diferente, el color o la pobreza, todo da miedo; los hijos dan miedo y se ponen trabas a la vida. En los países del tercer mundo es más fácil encontrar una píldora anticonceptiva o una mina antipersonas, que un plato de comida.
Quizá no se haya considerado suficientemente que con el egoísmo de que haya me­nos gente, más que asegu­rar el futuro es ponerle impedimentos: si se man­tiene la proporción de in­novadores, de genios o de pensadores, en el futuro habrá menor número, y, por tanto, menos esperanza de prosperidad. El incre­mento de la población, que es factor de desarrollo en tantos países, ya ha de­jado de ser cero: es nega­tivo en muchos lugares. Si a ello se une el estado ac­tual de un sistema educa­tivo adocenado y escasa­mente exigente, se añadirá otro factor que empeora esa reposición necesaria de iniciativa y de brazos para atender las necesida­des de una vida más pro­longada.
Se espera de los avances de la técnica y de la cien­cia que resuelvan los pro­blemas del futuro; pero la ciencia ofrece interrogantes muy serios. La ciencia y la técnica, que en tantas cosas ayudan al hombre, le exigen tam­bién servidumbres impor­tantes. El campo es amplio y siempre existe el riesgo de que se traspasen las fronteras de normas éticas y jurídicas que defiendan la vida humana, lo cual ha dejado de ser una hipótesis para convertirse en realidad; ya no existen barreras que pongan freno al afán desmedido de aquellos que buscan un filón de oro en cualquier actividad, y estamos viendo que la “ciencia” es un gran nego­cio.
El “mundo feliz” que Aldous Huxley nos narra en su no­vela parece cada vez más posible. Los avances en la medicina genética son im­portantes y se desarrollarán más en el fu­turo; pero está claro que no todo aquello que es técnica­mente posible, es ética­mente deseable. Por ello, habría que salir al paso de la posible locura de cualquier ingeniero genético no dis­puesto a detenerse ante ninguna barrera. Sin embargo, ya tenemos la experiencia de nuestros políticos que siempre encuentran argumentos en favor de cualquier pro­puesta, por descabellada que sea, cuando no van por delante con el aborto, la clonación, los fetos humanos destinados a la investigación, la manipulación genética, la fecundación “in vitro” o las propuestas de eutanasia. La lista puede alargarse.
El ser hu­mano no es un artilugio a ensamblar en una cadena de montaje: la persona se engendra, siempre única y diferente. Este es el escenario en que debe ser desarrollada la batalla por la defensa de la vida, desde el mismo instante de la concepción hasta el final natural de la misma. 


(*) Foro Independiente de Opinión  (*).

 










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