Quiero ser piquetero

Notas de Opinión 11 de diciembre Por
Por Alberto Asseff *

Hace una generación, sin retrotraernos más, los chicos soñaban con ser, de grandes, bomberos, policías, maestros, médicos u otros oficios. Funcionaban los paradigmas plausibles.
Los niños intuían que los servidores públicos, los educadores, los profesionales de la salud y tantas otras profesiones aparejaban simultáneamente goce y esfuerzo. Y reconocimiento social. Vivíamos con modelos de referencia que dignificaban. El ámbito social enaltecía. Dicho con lenguaje directo: todo inspiraba a apuntar alto, al trabajo, al mérito, a la dedicación.
Eran tiempos de algo que nos hizo grandiosos, más allá de todo lo que nos faltaba para ser ese país de nuestras ensoñaciones. La Argentina es vanguardista en movilidad social e integración social.
En el decurso de treinta años - y aún menos - un padre analfabeto podía lograr un hijo profesor universitario. ¡Qué plenitud de realización! Tener la oportunidad de ver a sus descendientes francamente encaminados y superando a sus antecesores.
Esta movilidad no era un fenómeno de individualidades o de familias. Era la gran familia de familias, el país entero, el que estaba estructurado sobre esa noble base y se desarrollaba sobre ese eje virtuoso.
Así, la Argentina se distinguió por configurar un pueblo de clases medias ascendentes. Progreso en estado puro. Sistema popular depurado también. Ni una pizca de populismo, ni un micrón de espejismo, ese que nos hace creer que avanzamos cuando, en verdad, retrocedemos o, en el mejor de los casos, estamos estancados.
En algún momento de nuestro devenir se produjo un quiebre. Poco interesa fijar la fecha exacta porque estas líneas no apuntan a suscitar polémicas retrospectivas, sino a incitar las reformas y mutaciones indispensables. Porque si seguimos impertérritos en este camino descendente nuestro futuro se halla seriamente - sin alarmismos y sin ambages -comprometido.
Ese cambio vicioso se centró en la cultura del trabajo. Alguien descubrió que nadie se hacía rico trabajando. O creyó que esa no era la vía para prosperar. Paralelamente, se comprobó que había sido derogada la ley de los premios y castigos. Junto con esa abolición, cayeron otras normas: "el que la hace la paga", el mérito es la condición para el ascenso, vivir parasitariamente paga un alto precio en orden a la degradación personal. Y varias de esa naturaleza.
Los preceptos abrogados rápidamente fueron suplantados por otros de índole espurio: el acomodo vale más que mil esfuerzos; el parentesco es superior a la igualdad constitucional y el amiguismo es cien veces más relevante que el estudio. Usar al país rinde altos beneficios en contraste con el intento de servirlo, que provoca dolor cuando no hilaridad, propia del clima cínico reinante.
Empero, la peor demolición que acaeció fue la de la cultura del trabajo. La labor dejó, para vastos segmentos de la sociedad, de constituir el rumbo hacia la dignidad y la vida decorosa, para transformarse en algo vinculado a los "giles" que todavía no encontraron al puntero que los ubique. La red clientelar se fue desplegando hasta abarcar a millones de argentinos y habitantes. Ni por asomo un plan sistemático de reconversión o capacitación laboral. ¡No! De eso no se habla ni se trata. Lo que ocupa es ampliar la cobertura de los programas asistenciales que consisten en pagar una módica suma a cambio de ninguna contraprestación. Frugal ingreso, pero que sumado a dos o tres por núcleo familiar -esto de familia es modo de decir porque se sabe cómo se la está horadando-, alcanza para el logro máximo: vivir sin trabajar. Todo un desafío a las enseñanzas bíblicas y a la esencia del hombre y su vida.
La Argentina es, así, caso único en la tierra: dotado de 4 millones de km2 - incluyo a nuestra Antártida, que no es mera "pretensión", sino derecho irrenunciable que hasta es reconocido por el Tratado Antártico porque su texto no lo rechaza - y escasos habitantes, con una naturaleza pródiga y un pueblo que era de anchas clases medias y movilidad ascendente, pero que empezó una decadencia que ni siquiera el crecimiento económico logra detener.
A esa excepcionalidad argentina se le adicionan algunas notas increíbles: Dos millones de jubilados que nunca aportaron un peso al sistema previsional, equiparados a otros tres millones que se sacrificaron toda su vida para nutrir al ahorro jubilatorio. Trabajadores reales que ganan menos que quienes disfrutan de planes asistenciales. Y, así, centenas de trastrueques, donde los valores morales van a parar al ático y la viveza se sienta en la sala de recepción, a la vista de todos.
Por eso, en el paroxismo de los disvalores vigentes, ahora muchos chicos sueñan con ser, cuando lleguen a grandes, ¡piqueteros! Y algunos, los menos momentáneamente, barrabravas.
Así va decayendo nuestra vida colectiva. La caída durará hasta que nosotros decidamos cambiar. Será cuando estemos convencidos de que se puede.


* Dirigente politico de UNIR .


























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