Egresados de la Escuela Alberdi

Notas de Opinión 07 de diciembre Por
TESTIMONIO DE AGRADECIMIENTO
A continuación ofrecemos el mensaje del abogado Rodolfo Zhender, pronunciado en la escuela "Juan Bautista Alberdi", en ocasión del 25 y 50 aniversario de los egresados del establecimiento. Manifestó lo siguiente:
"Como egresados en 1960 y 1985 de esta querida escuela, hemos venido a dar testimonio de nuestro agradecimiento. Hemos venido con nuestros logros y alegrías, y aun con los sinsabores que supimos colectar en estos 50 y 25 años. Sin triunfalismos sino con humildad. Sin anclarnos en el pasado, pero memoriosos, y por ello agradecidos. La memoria bien ejercitada y entendida es un don, porque permite selectar lo valioso del pasado y ayuda a no cometer los mismos errores, aun cuando la falibilidad forma parte de nuestra condición humana.
Nuestra querida escuela supo ofrecernos- es bueno y justo reconocerlo- un ámbito de estudio, de reflexión, de juego, de compañerismo, de responsabilidad y de libertad,. Ello no es poca cosa, y lo hizo no sólo a través de sus docentes (frente al aula y directivos), sino del personal todo afectado a su tarea.
En este mundo posmoderno –desapasionado y materialista- venimos con pasión a actualizar nuestro recuerdo. Emocionados y hasta cohibidos. Nostalgiosos pero vivos. Superando la fría asepsia y lógica del presente, con su engañoso ideal del exitismo. Preocupados y perplejos ante la incertidumbre del futuro, pero con tiempo y tino para festejar un pasado que supo construirnos, que supo contenernos, que supo desarrollar nuestro intelecto y el mundo de nuestros afectos.
Por eso, porque la emoción que sentimos representa todo lo bueno que recibimos, venimos a homenajear estas paredes, estas banderas, estos docentes.
En esta era y lógica del vacío, al decir de Lipovetsky-, de la exagerada autonomía individual, de la innovación superficial, de la comunicación sin objetivo, de la obsesión de la información por la información misma, de la destrucción de valores superiores y sentidos únicos, de la anulación de puntos de referencia, de indiferencia y relativismo, venimos henchidos a rendir tributo a quienes nos enseñaron a defender ideales, sueños, utopías, a pensar, y a ubicar a nuestra querida escuela pública en el marco de nuestros referentes.
Quizás sin explicitarlos, embrionariamente, y sin que nosotros lo advirtamos por aquellos años, la escuela nos inició en el camino de los siete saberes que describiera Morín: una educación capaz de criticar el conocimiento mismo, garantizar el conocimiento pertinente, enseñar la condición humana y la identidad terrenal, enfrentar las incertidumbres, enseñar la comprensión y la ética del género humano.
En medio del actual narcisismo colectivo –hedonista y permisivo, que vive sólo el presente y así pierde el sentido de la continuidad histórica-, de este vivir para nosotros mismos sin preocuparnos por tradiciones o la posteridad, es bueno hacer un alto en el camino, mirar hacia atrás, porque es lo que nos rescata de este imperio de lo efímero.
Los siete años transcurridos aquí fueron de estudio, esfuerzo, trabajo y dedicación, sin olvidar lo lúdico. Bueno es apreciarlo en esta suerte de paradoja de la sociedad del conocimiento –que bien observara Jaime Etcheverry- en que parecemos querer ingresar a la sociedad del conocimiento sin conocer, por el portal de la ignorancia, ya que no se advierte que la sociedad demande sacrificios en importantes inversiones y en el desarrollo científico-técnico, como tampoco de parte de cada uno (interés y esfuerzo). Es que en la sociedad del espectáculo actual, y a pesar de algunos esfuerzos aislados, que reconocemos, pareciera que la educación está incorporándose al mundo del entretenimiento light, que reemplaza al trabajo intelectual riguroso y metódico, y toda apelación al esfuerzo y la exigencia es vista como una actitud represiva orientada a privar a niños y jóvenes de ese mundo idílico al que supuestamente, tendrían derecho sin exigencia de su parte. Es una época del gigantismo de los derechos, pero de crepúsculo del deber (Lipovetsky), y porque nuestra escuela nos enseñó derechos pero también deberes, y a apreciar resultados cuando son fruto del esfuerzo, no es ocioso nuestro reconocimiento.
Como señalara agudamente Etcheverry, la sociedad actual cree que para educar a un niño o a un joven basta con exponerlo a la realidad que lo circunda, ya que allí se encuentra lo valioso. La educación formal (escuela) estaría restringida a certificar la educación. Pero se olvida que mediante ésta tomamos conciencia de aquello que podemos ser, por lo que la educación está estrechamente relacionada con la expansión de la persona, con la construcción del ser humano, que a través de este proceso formal adquiere capacidades no sólo productivas sino fundamentalmente reflexivas.
Pareciera –agrega dicho autor- que nos estamos quedando sin alumnos, sin personas dispuestas a encarar el esfuerzo que significa aprender. El vacío de conocimiento en el que estamos dejando a nuestros jóvenes es expresión de ese horror contemporáneo ante el esfuerzo.
Deberíamos tener presente que no cabe deslumbrarse ante la tecnología, concebida como una suerte de poder mágico, ya que para usarla con provecho es preciso que los alumnos cuenten con habilidades intelectuales esenciales, que les permitan pensar independientemente, orientarse en la historia, comprender lo que leen, hacer simples operaciones de abstracción. Debemos mostrarles que existe otra realidad, otros referentes, otros destinos, otras razones para vivir, más allá de lo superficial, banal y grosero que les exhibimos todos los días a través de ciertos medios de comunicación social.
En esta cultura y tiranía de lo “joven”, si lo único importante es ser joven y los adultos no tenemos nada que decir, entonces la escuela carece de sentido. Es el “desastre genealógico” del que habla Laval. Así, nuestro tiempo se caracteriza por la brusca ruptura de los vínculos entre las generaciones. Parecería que ya no debemos nada a quienes nos han precedido, y que nada nos obliga frente a quienes nos seguirán, ignorando que la supervivencia del conjunto social se edifica mediante la solidaridad entre las generaciones.
Se ha erosionado –decía Etcheverry- la jerarquía moral imprescindible para que los adultos puedan ejercer autoridad sobre los niños. Hoy no se piensa que existan valores o ideales superiores que deban ser transmitidos: todo es igual, nada es mejor. Este relativismo moral y cultural hiere de muerte la autoridad de la familia y de la escuela: todos nos sentimos autorizados a ser nuestro propio juez moral.
En definitiva: este repliegue de la enseñanza, este desprestigio del conocimiento (que es el recurso sostenible por excelencia) y esta suicida falta de respeto por el intelecto, son elementos claves para comprender nuestra crisis nacional, nuestro increíble retroceso de casi un siglo a esta parte. Hemos olvidado que la educación consiste, en esencia, en dar ejemplo, en ejercer influencia, en despertar admiración, en proporcionar anclas, en dar posibilidad de referencia, en alertar acerca de los sentidos.
Por eso, porque nuestra escuela nos dio ejemplos, ejerció influencias, nos brindó sentidos existenciales y nos transmitió valores, y se constituyó en una referencia, venimos hoy a testimoniar nuestra sincera admiración".















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