Y después no digan que no se los advertí

Notas de Opinión 06 de diciembre Por
Por Osvaldo A. Acastello (*)

Hace poco más de dos años tuve oportunidad de estar en Alemania, participando de Automechanika Frankfurt. Sufrí allí, aunque con menor intensidad que en años anteriores, el alto costo que significaba la estadía para los argentinos. Repetí la experiencia hace dos meses, donde la sorpresa fue que el costo para nosotros era muy parecido al que afrontamos internamente.
El primer interrogante que me surgió fue: qué había pasado en Alemania y la respuesta fue inmediata: “nada”, absolutamente nada. Lo que cambió fue nuestro escenario interno donde nuestros costos se incrementaron “en dólares” a partir de la salida de la convertibilidad, un 70 %. Convengamos que esto históricamente sucedió en cada ajuste drástico de la economía no es producto del último ocurrido en la salida de la convertibilidad, sino también de todos los anteriores.
Algún día con todas las nefastas experiencias sufridas nos decidiremos a consensuar un gran acuerdo nacional, con un proyecto de país que esté al margen de los avatares políticos que se sucedan, donde la política se encuentre al servicio de la economía y no al revés.
La realidad actual es que hoy tenemos un desfasaje que se va acelerando peligrosamente y que, de no implementarse acciones firmes, rápidas e inteligentes, inexorablemente terminarán en otro ajuste.
Si por cada tonelada de productos primarios que exportamos obtenemos U$S 600 e importamos bienes con mayor valor agregado que rondan en los U$S 1.700, si no nos preocupamos por el desarrollo de la industria nacional, terminaremos inexorablemente en ser un país agro-exportador para diez millones de argentinos, mientras que al resto tendremos que subvencionarlo con algún plan para lo cual no nos falta habilidad para definir el nombre, aunque no nos sirva para mejorar las condiciones de vida de una masa laboral que no tendrá ubicación. No tenemos que hacer demasiados cálculos para llegar a la conclusión de que, como consecuencia del constante incremento de los costos internos de producción a valor dólar, son cada vez más los productos nacionales que no pueden competir con los importados.
Corresponde aclarar que esto sólo es válido para los “productos transables”. No es el problema, al menos hasta hoy, del peluquero porque nadie importará cortes de pelo o para los colchones, ya que el hecho de tener que pagar, al menos hasta hoy, un elevado flete por el aire que contienen (seguramente los chinos ya encontrarán la forma de prensarlos para que el flete se aplique por tonelada y no por metro cúbico). Estos son sólo dos ejemplos al azar que sirven para ubicarnos en la realidad de la competitividad.
Es un secreto a voces que con un costo interno tan elevado se hace imposible competir, de manera que la solución será en algún momento la más simple y de la que no se quiere hablar: una devaluación. La pregunta es si es esta la solución adecuada. La respuesta es que, si bien recompone la situación, en la medida que no se hagan los ajustes que la economía requiere, será lo mismo que acercarle a alguien que está perdido en medio del desierto, un bidón de agua.
Si coincidimos que el ajuste es inexorable, con o sin devaluación, ¿por qué no evitar esta última? Y en esto hay una primera salida: Hay que evitar la eterna discusión de que el salario de bolsillo es bajo, mientras que el costo salarial es alto. Terminemos con este conflicto, implementemos todas las leyes necesarias para asegurar al trabajador las condiciones adecuadas, eliminemos todas aquellas que signifiquen más conflictividad que mejor remuneración, aseguremos buenos salarios preservando productividad y, lo más importante: acerquemos en todo lo posible el “salario de bolsillo” al nivel del “costo salarial”.
Esto de ninguna manera significa precarizar las condiciones de trabajo y menos aún la seguridad social, tanto durante el empleo como con posterioridad a él.
Si convenimos que las obras sociales tienen que tener sin duda una contribución directa y legítima, el resto de las cargas sociales (contribuciones y aportes) deberán deducirse de impuestos, tales como IVA y Ganancias. Esto significa que el “costo productivo” se limpia de estas erogaciones que en definitiva pasan a ser solventadas por el conjunto de la economía.
Seguramente el lector estará pensando que este cambio requiere aplicar nuevos impuestos, o la adecuación de las alícuotas existentes, pero no es así. Lo que hay que hacer, es simplemente eliminar las exenciones o privilegios injustificables y, lo más importante corregir la evasión y el empleo en negro. Sin dejar de asegurar el cumplimiento de las normas, el hecho de que el “costo salarial” esté cercano al de bolsillo, el trabajo en negro pierde incentivo. Agreguemos a ello que para pagar salarios en blanco hay que vender en blanco. Estaremos blanqueando así sutilmente una economía que está hoy es el 40 % de informalidad.
Un tema no menor: teniendo en cuenta que la inflación se está acelerando peligrosamente, se hace necesario un acuerdo de precios y salarios. Dejemos también de lado la mal llamada “negociación salarial” que no existe, ya que en definitiva la cifra surge de un acuerdo o entendimiento gobierno/gremios. La decisión deberá surgir de una resolución del Ministerio de Trabajo y estará en concordancia con las pautas económicas que se definan. Si no apretamos el acelerador, pero con marcha hacia atrás, la inflación será imparable y traumática. Tratemos de evitarlo para prevenir males mayores.
Sin duda que estos son aspectos importantes de una reforma de fondo, aunque seguramente deberán contemplarse otras. Pero será sin duda un buen punto de partida. Más allá de estas correcciones, habrá que pensar en profundas reformas del estado, quien tiene una altísima e indiscutida participación en lo que a “competitividad sistémica” se refiere cuando hablamos de un mundo globalizado y cada vez más integrado. Después de esto (y no antes), podremos participar con fuerza y fundamentos en negociaciones internacionales “bi” o “multilaterales”. Lo contrario será un “suicidio económico”.
Si todo esto no se cumple, un poco antes o un poco después haremos lo mismo que en el juego de la “oca”, nos caeremos al precipicio y volveremos al punto de partida, que en nuestro caso será la “innombrable devaluación”. Pero no podrán decir que no se los advertí.

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