Franzini ordenó a dos diáconos

Información General 20 de noviembre Por
Se trata de los seminaristas Oscar Barreto y Cristian Guri, anoche en la Catedral San Rafael. Van a ejercer su ministerio en las mismas parroquias en las que permanecieron este año: Oscar en Ceres y Cristian en Suardi.
Anoche, monseñor Carlos María Franzini presidió la ordenación diaconal de los seminaristas Oscar Barreto y Cristian Guri en la Catedral San Rafael.
Barreto es oriundo de San Guillermo y Guri de MarÍa Juana. Ambos van a ejercer su ministerio como diáconos en la misma parroquia en la que permanecieron este año, Oscar en la parroquia "Nuestra Señora del Carmen"  de Ceres y Cristian en la "Santa Catalina de Siena" de Suardi.
A continuación se transcribe la homilía pronunciada por el obispo rafaelino:
"Estamos compartiendo esta noche un acontecimiento muy importante en la vida de nuestra Iglesia diocesana. Dos hermanos nuestros, después de un largo y serio proceso de formación piden a la Iglesia ser ordenados diáconos como paso previo a su ordenación presbiteral. Con plena libertad asumen responsablemente todo lo que este pedido entraña y la Iglesia, en mi humilde ministerio, reconoce la autenticidad de este llamado y responde afirmativamente a esta solicitud.
"Pero además en este caso la Providencia ha querido que los dos candidatos compartan una nota peculiar que los caracteriza personalmente a cada uno y a sus propios itinerarios vocacionales. Cristian y Oscar son dos “hombres de Iglesia”, en el sentido más rico y amplio de esta expresión. Han nacido y crecido a la sombra de la Iglesia y en ella han madurado humanamente, desarrollándose como personas y como cristianos. Muchos recuerdan al niño y adolescente “Cachito” junto al Padre Pablo Pisani, en San Guillermo. Otros tienen viva la imagen de Cristian, el joven sacristán de la parroquia de María Juana. Y fue precisamente en esta cercanía y connaturalidad con las cosas de Dios que ambos fueron descubriendo el llamado que el Señor les hacía.Por cierto que también sus familias, sacerdotes, religiosas y otros jóvenes como ellos fueron ocasión y llamada que el Señor les iba haciendo, pero sin duda en los dos esta pertenencia cordial a la Iglesia desde muy jóvenes ha dejado una huella indeleble que hoy, por la imposición de mis manos y la oración consagratoria se hace signo sacramental.
"Los hechos de nuestra vida marcan nuestra historia y son `hitos´ que hemos de saber leer con mirada de fe. A través de ellos Dios va tejiendo la trama de amor que constituye nuestra propia historia de salvación y le da una orientación decisiva. Dios ha querido hacer de Cristian y Oscar `hombres de Iglesia´, y no simples `eclesiásticos´. Hombres de Iglesia que viven de ella y para ella, que la aman como Cristo la amó y –como Cristo- también están dispuestos a dar sus vidas por ella. Precisamente éste es el sentido más profundo de la incardinación en esta Iglesia particular de Rafaela que se produce por la ordenación.
"Nos enseñaba Juan Pablo II en Pastores dabo vobis: `… Es necesario considerar como valor espiritual del presbítero su pertenencia y su dedicación a la Iglesia particular, lo cual no está motivado solamente por razones organizativas y disciplinares; al contrario, la relación con el Obispo en el único presbiterio, la coparticipación en su preocupación eclesial, la dedicación al cuidado evangélico del Pueblo de Dios en las condiciones concretas históricas y ambientales de la Iglesia particular, son elementos de los que no se puede prescindir al dibujar la configuración propia del sacerdote y de su vida espiritual. En este sentido la «incardinación» no se agota en un vínculo puramente jurídico, sino que comporta también una serie de actitudes y de opciones espirituales y pastorales, que contribuyen a dar una fisonomía específica a la figura vocacional del presbítero. Es necesario que el sacerdote tenga la conciencia de que su «estar en una Iglesia particular» constituye, por su propia naturaleza, un elemento calificativo para vivir una espiritualidad cristiana. Por ello, el presbítero encuentra, precisamente en su pertenencia y dedicación a la Iglesia particular, una fuente de significados, de criterios de discernimiento y de acción, que configuran tanto su misión pastoral, como su vida espiritual…´ (Nº 31)
"Los ministros somos ordenados para servir en la Iglesia y desde la Iglesia a Dios y los hermanos. Por la ordenación somos integrados a un cuerpo, un `orden´, que preside el obispo y que se vive siempre en comunión sacramental con los otros miembros del orden diaconal o presbiteral. Nadie es ordenado para vivir individualmente su ministerio, como iniciativa privada o actuación de proyectos personales, por más valiosos que estos pudieran parecer. Precisamente la auténtica fecundidad de todo proyecto pastoral está ligada a su inserción eclesial, aquí y ahora en la propia realidad diocesana, sin la cual no hay verdadera eclesialidad.
"Siendo tan decisiva la eclesialidad en la vida y el ministerio de todo ministro ordenado es oportuno volver a considerar, aunque más no sea someramente, cómo ha de ser el amor y la entrega del ministro por la Iglesia. La carta a los Efesios que hemos escuchado en la primera lectura nos habla de la dimensión esponsal con la que Cristo amó y se entregó por la Iglesia. Esa es la medida de nuestro amor y nuestra entrega: amor totalizador, amor desprendido, amor tierno y constante, amor fecundo, amor “hasta el extremo”.
Amar a la Iglesia como Cristo la amó significa amarla y abrazarla también en su pobreza, en sus pecados y en sus límites. Amarla en su encarnación concreta, en sus pastores y en sus fieles, en sus obras públicas y reconocidas y en la escondida fecundidad de tantos y tantas que la construyen cotidianamente sin ser noticia. Amarla cuando es reconocida y exaltada y cuando es rechazada y perseguida, porque también hoy la Iglesia es perseguida… En definitiva amarla porque Cristo la amó y se entregó por ella y con su amor la sostiene hasta el fin de los tiempos.
Pero este amor, mis queridos Cristian y Oscar, no es fácil. Más aún, es humanamente imposible. Sólo contemplando al Crucificado podemos aprender amar como Él: `… cuando ustedes hayan levantado en alto al Hijo del Hombre, entonces sabrán que Yo soy…´ (Jn 8,28). Sólo puede amar como Cristo quien esté dispuesto a entrar en la misteriosa escuela de la cruz. La entrega de Jesucristo por su Iglesia no fue gratis. Como nos enseña la Carta a los Hebreos: `El dirigió durante su vida terrena súplicas y plegarias, con fuertes gritos y lágrimas, a aquel que podía salvarlo de la muerte, y fue escuchado por su humilde sumisión. Y, aunque era Hijo de Dios, aprendió por medio de sus propios sufrimientos qué significa obedecer…¨ (Hb 5,7-8).
"Y esta consideración del amor crucificado de Cristo por su Iglesia nos lleva a otro momento decisivo de esta celebración litúrgica. Dentro de unos instantes ustedes dos harán promesa de obediencia a mí y a mis sucesores. Mis queridos Cristian y Oscar: lo hemos conversado muchas veces, pero en esta circunstancia tan solemne no quiero dejar de volver a recordarles con el Señor y su Palabra: `El que me envió está conmigo y no me ha dejado solo porque yo hago siempre lo que le agrada…´ (Jn 8, 29). La obediencia de Jesucristo al Padre, expresión humana de su carácter eterno de Hijo, es la manifestación más cabal de su identidad.
"Así también nuestra obediencia a Dios y a su Iglesia se hace expresión concreta de nuestra identidad más profunda. La vida y ministerio de los pastores se realizan y se hacen fecundos en la medida de su creciente sintonía con la voluntad de Dios, expresada en las concretas mediaciones de la que el mismo Señor ha querido servirse para manifestarla. Así lo entendió San Pablo, que llegó a escribir a los corintios: “sea que vivamos en este cuerpo o fuera de él, nuestro único deseo es agradarlo” (2 Cor 5,9); así lo han entendido multitud de santos pastores que a lo largo de los siglos han testimoniado que en este vivir para agradar a Dios se encuentra la verdadera fuente de alegría apostólica y de fecundidad pastoral.
"Por tanto la promesa que harán dentro de unos instantes es mucho más que un rito litúrgico o un compromiso funcional. Con este gesto ustedes asumen todo un programa de vida ministerial, ya no centrados en ustedes mismos sino en Dios que –a través de la Iglesia- les irá indicando claramente cómo agradarle en el servicio cotidiano. Se trata de una promesa que apela a la libertad y a la responsabilidad de cada uno. Aunque dentro del ordenamiento orgánico de la Iglesia también estarán llamados a `rendir cuentas´, nunca olviden que es a Dios mismo a quien cotidanamente deberán decirle: `aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad´, como hemos cantado con el salmista.
"Un programa de vida ministerial que se expresa en la concreta vida de cada día y que se juega desde aspectos menos decisivos, aunque siempre significativos, como el uso del hábito eclesiástico, el cumplimiento de las normas litúrgicas y las responsabilidades recibidas hasta la adhesión cordial y convencida a las propuestas pastorales diocesanas, las orientaciones del Magisterio eclesial y la integridad de la fe católica. La tradicional expresión `sentir con la Iglesia´ es una estupenda síntesis que expresa el talante espiritual de un verdadero pastor a la manera de Jesucristo.
"Amar a la Iglesia hasta entregar la vida por ella y vivir para agradar al Padre, éste es el programa que con afecto de padre, hermano y amigo quiero proponerles en este día, al iniciar el camino ministerial. Cuenten conmigo y con todos sus hermanos del clero diocesano para ayudarlos en este camino que inician. Déjense también formar y cuidar por el pueblo santo de Dios al que servirán. De este pueblo fueron tomados y a él hoy son enviados, ¡no lo defrauden!".



















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