Elido "Coqui" Viarengo

Locales 14 de noviembre Por
Rafaela y su gente
Por Adrián Gerbaudo
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Tiene 81 años, pero es un chico. Siempre lo fue. Nunca dejó de serlo. Posee un humor más que enviadiable, por más que la vida le ha puesto más de una vez la peor de sus caras. Un hombre que ha trabajado desde los 12 años, pero no por eso, deja de tener ganas de ir a trabajar en la quinta del patio de la casa de su hermana, Nelia, con quien vive desde hace 8 años y con quien disfruta una de sus pasiones: viajar. Estamos hablando de Elido "Coqui" Viarengo.
Nació en la casa principal del dueño del campo de la granja de Francisco Peretti. Pero, por un motivo que aún desconoce, fue anotado como nacido en la comuna de Presidente Roca. "No sé si habrá sido porque mi madre era de allí o porqué", comenta Coqui. "El campo era conocido por el nombre de 'El Centauro'. Creo que era por el nombre de un caballo", señaló. En ese lugar trabajaba su padre como puestero.
Con apenas un año, la familia se dirigió hacia Rafaela, lugar en donde pasaría el resto de su vida. "Cuando apenas llegué a la ciudad, me enfermé. Fue fuerte: no comía nada. Mis padres estaban preocupados. Me dicen que yo, tan chiquito así, decía que quería volver 'allá', al campo. Siempre me gustó", recuerda.
La escuela primaria la hizo en la Rivadavia. Pero, antes de terminar su escolaridad, ya comenzó a trabajar. "Antes de terminar sexto grado -a los 12 años-, comencé a trabajar de cadete en la Cooperativa General de Consumo, en la parte de confitería. Es decir: yo iba dos horas al trabajo,y pasaba de un amigo a útiles. De allí, me iba a la escuela, adonde llegaba a la mitad de la mañana. La maestra, en el recreo, me daba lo que habían hecho hasta el momento, para que yo pudiera terminar la primaria. A la tarde, trabajaba 4 horas más, porque como era menor de edad, tenía que trabajar sólo 6 horas diarias".
En ese trabajo ganaba 30 pesos por mes. "En tiempos de Navidad, además de llevar los pedidos, uno también tenía que cobrar. Perdí como 160 pesos. No sé que pasó. Los tuve que devolver durante varios meses", recordó.
Otra anécdota se vincula con los bancos, adonde iba a llevarle las facturas para el desayuno a los empleados. "Una vez me encerraron en la bóveda del tesoro del Nación. Parecía una cárcel, porque tenía rejas", dijo.
El trabajo como cadete lo tuvo durante tres años. Después, su padre comenzó con el reparto del pan, el cual compraban en la Cooperativa y luego lo revendían. "Mi papá necesitaba alguien que lo ayude. Después se enfermó fuertemente, y con sólo 17 años quedé como jefe de familia, porque mis padres tuvieron que viajar a Rosario, donde se quedaron 3 meses", comenta.
Tuvo que hacerse cargo del negocio familiar, lo cual no era para nada sencillo. Es que el pago del pan era diario, pero el cobro a los clientes era mensual. Todo el mundo recuerda cómo hasta hace no mucho tiempo atrás, el uso de la "libreta" para algunos comercios barriales era lo habitual. "Ahora dicen que los chicos no pueden trabajar", cuenta Coqui, quien por ese tiempo se hacía cargo de su hermana mayor, Olanda (ya fallecida), que siempre se quedó en la casa, cubriendo las tareas que esta demandaba, y Nelia -tres años menor que él- debía seguir estudiando en la "Escuela Industrial". Pero, a los pocos años, para sumar ingresos a la casa, debió también sumarse al mundo laboral.
"Eramos 5 para comer y yo era el único sostén de la familia", comenta y remarca que ese fue el motivo por el cual no concretó el servicio militar obligatorio.
El ser "jefe de familia" implicaba llevar a cabo todas las tareas que debía realizar un padre. Incluso, controlar a la hermana menor. "Ella ya empezaba a salir con quien sería mi cuñado. Fui un día y le dije que no anduviera por ahí, sino que estuviera con su novio, pero en la puerta de casa", dijo entre risas.
A los 21 años, vendió el negocio de reparto de pan y trabajó como granjero durante un año en un predio ubicado en la prolongación del Bv. Roca, perteneciente a Héctor Caudana.
Tras esta etapa, entró a trabajar en el frigorífico Fasoli. Allí estuvo en la parte de "jamón" durante 9 años: de 1953 a 1962. "Me retiré porque mi cuñado quería que vaya a trabajar con él y con mi hermana. La tuve que aguantar como jefa durante 30 años", bromea y señala con seriedad: "ninguno, ni los jefes ni los empleados, había hecho la secundaria. No hace falta estudiar tanto para poder avanzar y trabajar bien".
Con Modenesi (donde se vendían repuestos para camiones, y otros artículos de ferretería) entró a trabajar hasta 1970 como autónomo. A partir de ese año, comenzó a figurar como empleado, hasta el momento de su jubilación.
A su cuñado "Chichín" lo recuerda con un gran cariño y afecto. De la misma manera, a toda esa época. "Un empresario de apellido Rosental nos dijo que para que nos vaya bien teníamos que comprar las cosas al contado (porque ahí te harían un descuento, y esa plata ya quedaba en la caja) y que había que fiar poco", señala.
También memora los grandes esfuerzos que había que hacer en la época de la hiper-inflación. "Teníamos que hacerle a mi cuñado la lista de precios a la noche, para que pudiera salir a vender a los pueblos. A la mañana siguiente, nos dolían los dedos de apretar tanto el lápiz. Lo hacíamos así, porque teníamos que borrar para poner los nuevos precios, a veces, a la misma tarde", dice.
"Los colonos me decían Modenesi a mí. Me tenían confianza y me venían a buscar para que les dé un repuesto para un camión en plena cosecha", indicó

EL CAMPO Y LOS CABALLOS, DOS PASIONES
"Soy uno de los socios más antiguos que tiene la Sociedad Rural", se enorgullece y aclara que no es el más viejo en edad, sino el que más tiempo hace que está dentro de la institución. "Cuando era jovencito, practicaba saltos hípicos. Pero para competir, tenía que representar a alguna institución, así que yo me asocié a la SR., como mis tíos. Había un señor José Casina, que me dio un caballo al que le enseñé a saltar. Yo era tan flaco que me tenían que poner peso. Y no era poco: 15 kilos. Una locura. Eso era para equiparar, porque andaba bastante bien", indicó.
"En Sunchales, hubo una vez que empatábamos siempre con un tío. Hasta que llegó un momento en que nos dijeron que repartiéramos el premio", dijo.
"Cuando trabajaba de Fasoli, todos los fines de semana me iba al campo que tenía un primo a trabajar. Y volvía el domingo a la noche", señaló.
Ahora, despunta el vicio en su casa: en el patio sigue criando animales (tuvo avestruces, corderos, conejos, pollos, cientos de peces -criados en una pileta- etc) y haciendo la quinta, con una variedad admirable: tres clases de cebollas, echalotes, puerros, tres clases de achicoria, arvejas, repollo, brócoli, tomates. En cuanto a plantas frutales, la diversidad es aún mayor: palta, caqui, naranja, guayaba, limón, mango, papa del aire, frambuesa, damasco, cinco clase de higos, limón colorado, dos clases de uva, nísperos, falsa pimienta, ñangapiri.... y la lista sigue.
El último de los recuerdos fue para el que, según él, fue el perro más inteligente que conoció: el "Bochinche". Robaba las pelotas con las cuales los chicos jugaban al fútbol, allí en la cortada Alberdi, a metros del Club 9 de Julio. Pero también las rescataba, cuando se caían en la casa del "nono" Marconetti. También se escapaba y lograba tener "amoríos" con alguna perrita de la cuadra, saltando cuatro patios, con sus respectivas cercas y tapias.
Incluso, podía buscar gente. A su hermana Nelia la esperaba -sólo por la tarde- a la salida de su trabajo. O a una prima, la iba a buscar a su casa, a unas cuantas cuadras de distancia de su "cucha".
"Coqui" Viarengo, es una muestra más de que quien apuesta al humor para enfrentar a la vida, terminará disfrutando de ella, pese a que la misma se esfuerce en ponerle trabas en el camino. Un claro ejemplo para muchos jóvenes -y algún mayor también- de cómo se debe enfrentar a las diferentes vicisitudes que nos depara el destino.





























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