Esperando la carroza

Locales 13 de noviembre Por
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 Pocas cosas enfrentan a una sociedad ante el cambio como la muerte de un líder. Ahí, mientras que por un lado se tiende a ver lo bueno del que se fue -y que antes se pasaba por alto- por el otro comienzan los replanteos. Es lógico. En el camino colectivo el destino ha abierto una bifurcación. A este punto crucial se enfrentó el Reino Unido en febrero de 1901, cuando aconteció la muerte de Victoria. Ella fue una famosa monarca quien, después de 64 años de reinado, parecía eterna. La reina era “cabezona”, terca como la que más y lógicamente, conservadora al extremo. Pero se la encumbró como el mejor soberano desde Elizabeth I. Aparte … ¿cómo podían los ingleses atreverse a imaginar que ella, la Emperatriz de la India e ícono del Imperio británico, alguna vez desaparecería? Pero sucedió. Y su fallecimiento comenzó a hacer obvio lo que ningún británico quería avizorar. Esto era que el desmantelamiento imperial iba a ser inevitable.
Y era inevitable que este desarme colonial de ultramar comenzase por India “la joya más preciada del imperio”, la que –como les había proveído ganancias con creces desde 1630- “gozó” del privilegio de que la reina aceptase ser “su” Emperatriz. Pero muerta ella, ¿no era obvio que “la joya” quisiese “desengarzarse” automáticamente? Mas por extraño que pareciese, fue tal el sacudón del deceso real que, ya en los albores del siglo XX y después de más de tres siglos de dominación resistida por la mayoría de los hindúes, estos estaban a punto de quedarse paralizados como súbditos cautivos, prisioneros como grupo social de sus conductas del pasado. Pegados al largo ayer, como si Victoria no hubiera desaparecido. Y de no haber irrumpido en la escena política un osado y resuelto abogado pacifista con una nueva postura estratégica, así se hubiese quedado esa sociedad. Pegada en movimiento pendular entre las tradiciones que los unían a la “Madre Patria” y la resistencia violenta (con la consecuente represión de sus gobernantes ingleses). La estrategia de Gandhi era tan profundamente sutil que, al tocar el alma de sus coterráneos, los aglutinó más allá de sus infinitas diferencias. Y los fortaleció de tal modo, que hicieron retroceder al régimen imperial británico.
Y eso que los británicos eran tan hábiles en las relaciones exteriores, tan talentosos manipuladores, que varias décadas antes de la muerte de Victoria ya se preparaban para ese momento crucial. Tratando de hacer la historia corta, hacía más de treinta años que Inglaterra venía palpando un creciente nacionalismo en la India. Por eso más que nunca echaban leña al fuego para dividirlos, manteniendo su sistema de castas. De ahí que les hacían un doble juego: a los reclamos y revueltas de las castas inferiores les contestaban con silencio y represión. Con las castas superiores habían entrado en negociación desde 1858. Es decir que sólo hablaban con una opulenta burguesía, sus aliados nativos a los que venían educando en universidades anglo-sajonas. No obstante el nacionalismo crecía aún en las “castas top”. Por supuesto que los ingleses ni por atisbo querían ni abandonar su sitial de privilegio y mucho menos compartir el poder. Haciendo un juego de conceder democracia con cuentagotas, en 1885 les crearon un partido: el “Partido del Congreso”. Formado por “notables” que tenían voz pero no voto. Así los entretuvieron hasta que el destino les llevó a la emperatriz Victoria. Y el alerta se puso más rojo.
Para debilitar al sentimiento nacionalista y el consecuente movimiento emancipador (pero que se queden contentos) les anticiparon a los hindúes que elegirían representantes partidarios. ¿Su objetivo? Siguiendo su antigua estrategia de dividir para gobernar, los políticos de la Madre Patria separaron las aguas entre las dos vertientes espirituales a las que adherían los voceros del Partido del Congreso. Por eso en 1909 Lord Morley –Secretary of State for India- estableció un sistema electoral basado en las confesiones religiosas. Fue un golpe maestro por parte de los ingleses. Porque lograron transferir al plano político, las rivalidades que hasta ese entonces se habían limitado al plano espiritual de aquel grupo social inmenso, de quinientos millones de habitantes. En él cuatrocientos eran de religión hinduista y sólo cien millones de religión mahometana. Tal distinción religiosa implicaba que tenían tanto costumbres dispares como vida social disímil. Al aludir a tan diversa realidad social el abogado Ali Jinah –el más importante representante elegido por la activa minoría musulmana- solía decir una frase que estaba repleta de violencia y al hombre asignaba un triste rol: “ser esclavo (de los británicos es) lo único en común (con los hinduistas)”. Por lo tanto la idea inmanente en el grupo musulmán era que había que liberarse. Aunque eso significase morir en el intento.
Por el otro lado la mayoría hinduista era bastante más apática en lo que a participación se refería. Lo fue hasta 1915. En que irrumpió Mohandas Gandhi quien, echando por tierra las astucias fragmentarias del Imperio, movilizó a jóvenes, mujeres, campesinos y comerciantes. Desde universitarios hasta analfabetos. Pasando por alto si eran musulmanes o hinduistas. Porque para Gandhi ¿cuál era la diferencia fundamental entre Mahoma, Krishná o Buda,? Ninguna. Todos representaban a un mismo Dios. Que, habitando desde el interior del alma, iluminaban la vida hacia el bien más puro, hacia el más lúcido de sus destinos posibles. Porque desde el punto de vista de Gandhi ni es determinista el destino, ni la realidad. Aunque esta sea para nada beneficiosa, siempre tiene un lado bueno y alcanzable. Al cual, en forma de visión, se accede desde el alma. Y al generarlo ya cobra vida. Pues para Gandhi la realidad –más que afuera- está en el interior humano. Y si de ahí logra proyectarse al grupo, crea una energía sinérgica imparable. Por eso su lucha no era sólo “resistencia pacífica”. La llamó Satyagraha (significaba sostener con la fuerza del amor, la resistencia del espíritu). Como la fuerza estaba en cada uno “y es una conciencia dinámica que se activa con la energía del amor” también escribía: “No existe el gandhismo. No quiero dejar secta alguna detrás de mí”.
A los argentinos por el contrario, a diestra y siniestra nos machacan los “ismos”. ¿Es posible generar sinergia con tanta división? Aunque últimamente tan shockeados quedamos por el repentino deceso que, mientras estuvimos esperando la carroza y hasta después que esta se fue, no parecíamos divididos. Y no sólo se habló de lo bueno que antes se pasó por alto. Sino que en silencio y en el fuero personal, reflexionamos acerca de lo inútil de malgastar una vida en individualismos, ambiciones y enfrentamientos.
En el actual punto de quiebre que nos puso el destino sería bueno -como grupo- aprender la lección. Para que de una vez por todas (y sin volver a necesitar la situación de muerte) pasemos del “yo” al “nosotros”. Reaccionando que no es declamatoria la fuerza del amor. Pues es la única herramienta que –echando por tierra al ego- nos permite despertar la conciencia social e ir hacia un destino más lúcido que esta democracia con cuentagotas. Pero no somos tan inocentes. No son sólo “los otros” ni es únicamente “el Gobierno”. Cada uno tiene que asumir la responsabilidad de salir de este largo ayer de divisiones y enfrentamientos. Ya que estos, inamoviblemente se transfieren a la política. Por eso cada uno tiene que “buscarle una vuelta” estratégica y pacificadora a esta realidad. Para generar la visión de una sociedad más vivible y auspiciosa. Una visión que ya está latente pero al no haber sido focalizada, no puede proyectarse. Porque la vida no es sólo una cuestión individual. Nos guste o no está entramada. Es como una página en un gran libro. Del cual todos somos autores y que ojalá, sepamos colaborar en escribir.












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