Grandes Almacenes Ripamonti

Locales 13 de noviembre Por
Rafaela del ayer
Esta semana, en su edición del jueves, LA OPINION publicó una factura de “Grandes Almacenes Ripamonti”, fechada el 28 de marzo de 1946; es decir –como lo señala la nota del Diario- hace… ¡ sesenta y cuatro años!

En esta era de supermercados, hipermercados y shoppings, es bueno y oportuno recordar al “almacén de ramos generales” como precursor de esos grandes negocios.

Generalmente estos almacenes, con grandes locales, céntrica ubicación y oferta de lo más nutrida y variada, tenían una clientela importante y consecuente. Y si además se localizaban estratégicamente dentro de la geografía regional, esa clientela provenía también de los pueblos vecinos.

Este último es el caso de “Grandes Almacenes Ripamonti”. Ocupando prácticamente toda la manzana (y parte de la de enfrente, ya que el corralón de maderas se ubicaba sobre calle Saavedra), diariamente recibía a su gran clientela local y a las familias que desde pueblos cercanos (algunos no lo eran tanto) venían a Rafaela para “hacer las compras”, llegando en autos (modelos que hoy llamamos “viejos”, por supuesto), volantas, sulkys, etc.

Hoy en los “súper”, entre el personal y los clientes hay un trato breve (sólo en el paso por la caja), frío y casi impersonal. En los comercios de aquellos años cuarenta, en cambio, la relación entre vendedores y clientes era cordial, afectuosa. En el caso concreto de Ripamonti, eso se daba en todas y cada una de sus secciones: almacén, tienda, mercería, ferretería etc., etc.

Recuerdo de Ripamonti sus dos entradas: por 9 de Julio (la recova) y por el bulevar Santa Fe; y las vidrieras sobre esta última calle y parte de Saavedra, siempre bien arregladas y atrayentes (Bogado se apellidaba el “vidrierista”), el camioncito con el que se hacían los “repartos a domicilio” (creo que se llamaba Saccone quien lo manejaba); los almanaques con taco (esos que cada día se despegaba la hoja correspondiente) y las pantallas que se regalaban para fin de año. Recuerdo asimismo aquel ingenioso “aparato” (un tubo de acero que se desplazaba por un cable) que permitía enviar de una sección en una punta, a otra de la opuesta, las facturas de las correspondientes compras para unificar el pago. Pero uno de los recuerdos más nítidos es el de la sastrería ubicada en el primer piso, a la que se llegaba por una ancha escalera.Y la recuerdo porque allí me compraron el traje y accesorios para la primera comunión. Chau. Dios mediante, nos encontraremos el sábado.

Tito Valenti
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