Resistir, ya no es una opción

Editorial 17 de noviembre Por
"Cuando era chico, un amigo de mi padre me dijo: el secreto de vivir es resistir". (Jaime Bayly, "Caminar sobre fuego").
 Jamás había visto a una mujer tan segura de estar enamorada como Selva. Ni tampoco había visto antes en los ojos de una mujer tanta seguridad de abandonarme.
-No has escrito un carajo de la novela –me dice Selva; veo mi reflejo en sus ojos cafés- ¿Se puede saber qué has hecho estas últimas semanas?
Trago saliva.
Una maraña de ideas se revuelven, entremezclándose arrevesadas en mi cabeza.
-Me caga que siempre te quedes callado.
Los ojos de Selva se empañan. Mi reflejo se distorsiona como la cara de la Abeja Maya cada vez que se veía en un charco y sus lagrimones deformaban su rostro en el espejo de agua. 
***
Sentado en un pupitre en el colegio de los Legionarios de Cristo, a muy temprana edad descubrí que la única virtud o atributo con el que fui bendecido fue el sentido común. Fingí e hice oídos sordos a todas las palabras de los sacerdotes y misses que me decían que a la vida se había venido a sufrir, y que solo sufriendo podía accederse al Reino de los Cielos, donde, ahí sí, valía divertirse y ser feliz como si se estuviese en Disneylandia.
Durante poco más de un lustro fui un soldado de la guardia real inglesa. No parpadeaba, no respiraba, no transpiraba ni una sola emoción. No en balde, cada año era condecorado con la medalla al primer lugar en conducta, logrando así engañar, sortear, burlar a los padres y misses de esa escuela que era una cárcel para mí. Una condena que purgué en silencio. Día a día. Mes a mes. Año tras año. Era una estatua de marfil que maquinaba en su interior su escape, esperando paciente el momento en que no volvería más a esos muros de concreto.
Y la historia se repitió con el paso del tiempo en otros muros (ya sea eclesiásticos, laicos, gubernamentales o privados). Fingiendo operar y convivir con las demás personas que me rodeaban como si fuera uno de los suyos, los estándares y manuales establecidos. Hasta que un día dejé de engañarme y rompí el silencio. Brinqué el muro. El sentido común me advirtió que no hay ningún Reino arriba de las nubes ni debajo de la tierra. Vida slo hay una. Y esa vida más me valía aprovecharla (o desperdiciarla a los ojos de mis seres queridos) haciendo lo que menos mal sabía hacer, y por ende, menos infeliz me hacía. 
***
En el supermercado hay dos tipos de clientes, los que consumen basura y los que no. Para mi mala fortuna (o decisión propia), pertenezco al innoble primer grupo.
-Doscientos gramos de jamón pimiento, por favor –le digo a la mujer obesa y enana del departamento de carnicería.
-¿Sabes de qué está hecho el jamón pimiento? –dice Selva.
En mi mente transitan imágenes de vísceras, pezuñas, ojos, dientes, colchonetas podridas, camisetas sudadas, trusas piteadas, mandiles ensangrentados y uno que otro pedazo de carne de alguna especie no identificada comprimidas en un enorme molino oxidado.
Camino por los pasillos y me detengo en los estantes, sorprendido al descubrir que el supermercado tiene marcas propias de todos los productos imaginados.
-Por favor no, cómprate un shampoo de verdad –dice Selva arrebatándome de las manos un shampoo de dos litros que cuesta 12 pesos-. Por eso te estás quedando calvo.
Ignoro su comentario. Agarro otra botella de shampoo de 12 pesos y una bolsa con una decena de rastrillos de rasurar a 20 pesos (so pena de agregar nuevas cicatrices a mi cara).
-Prefiero comer a tener pelo –me defiendo.
Selva pone los brazos en jarra, tuerce la boca, entrecierra los ojos y observa como voy llenando de chucherías el carrito.
-¿Llamas a esto comida?
Selva saca una caja azul del carrito y me la restriega en la cara.
-¿“Fórmula láctea”? –dice-. Esto ni siquiera es leche.
Vuelvo a ignorarla. Imposible resistirme a la promoción: “lleva 3 cajas y el precio es de 6 pesos cada una”. 
***
He perdido la cuenta de los años que llevo atrincherado. Capoteando la realidad. Esquivando tiros de muerte. Siendo un miserable, egoísta y feliz. Pidiendo asilo. Robando aire. Protegido de la cruel intemperie y feroz hambruna. Afilando navajas. Dando voz a los que no la tienen o temen tenerla. Diciendo lo que sería más prudente callar, o mejor dicho, ventilando cosas que a nadie le interesa saber. Malabareando, caminando sobre una cuerda floja, jugando al trapecista suicida. 
***
En mitad de su faena en la cocina, Selva me mira de reojo, inquieta, suspira, resiste hasta donde le es humanamente posible, hasta que suelta un bufido y dice:
-¿Ya mandó tu novela el gordo de tu amigo?
Le explico que sí. Que mi amigo famoso tuvo la gentileza de imprimir, encuadernar, meter en un sobre y enviar el mamotreto insufrible que es mi primera novela a un par de editoriales translaciones donde tiene amigos que la leerán y dictaminarán para ver si es factible su milagrosa publicación. Lo que no digo es que mi amigo, por motivos que ignoro, me dijo que tiene mucha curiosidad de leerla también, por ello, se hizo una copia de la novela para leerla el fin de semana, lo cual me causó pánico y una vergüenza inenarrable.
Claro que de todo esto ha pasado ya hace más de un mes, casi dos.
-Dirás lo que quieras de tu amigo, pero seguro que no ha movido un dedo –dice Selva apuntándome con un trinchante-. No confío en los gordos.
Le digo que se calme. Que no llame gordo a mi amigo. Y que si a esas vamos, terminará desconfiando de todo el mundo que la rodea, pues el 90% de mis amigos son gordos.
-Pues esto opino de tus amigos gordos –dice Selva levantando el dedo índice de la mano, ladeando la cadera, poniendo mecos los pies, empinando las nalgas, grotesco ritual que finaliza con sus muy famosas bombas de gas lacrimógeno despinta paredes; arsenal fétido que muy inteligentemente tuvo a buen recaudo mantener ocultos los primeros meses de nuestra relación.
-¡Qué asco! –grito y salgo disparado de la cocina para salvar la vida.
Refugiado en el rellano de la escalera, veo pasar corriendo a Selva, escaleras arriba. 
 ***
Antes de conocer a Selva, cada día que pasaba era un pequeño triunfo personal. Vivir la vida de cigarra, sin pensar en las consecuencias o en el desenlace trágico que tarde o temprano me devoraría. Entonces apareció esta misteriosa mujer salida de un afiche de taller mecánico, de risa imposible, de belleza indescifrable; un volcán en erupción a todas horas, que de buenas a primeras decidió suicidarse socialmente eligiendo al peor partido posible. 
***
Selva jamás me ha echado nada en cara y esta vez no fue la excepción. Silenciosa, con dos kilos menos encima, se ha metido a la cama, pálida, con temblores en todo el cuerpo.
Le sugiero que no es una buena idea que siga comiendo mi comida.
La abrazo y le digo que apenas me paguen mi beca del FONCA voy a comprar comida de humanos. Voy a invitarla a restaurantes y a invitarla de viaje. A regalarle por navidad el BlackBerry que más le guste. Y una serie de promesas difíciles (por no decir imposibles) de cumplir a menos que mi beca fuera la Beca Guggenheim, o sea, la beca para escritores con talento de verdad.
-Oye… –Selva se me queda mirando- ¿verdad que vas a rescatarme?
Ha empezado a delirar, pienso. Le palpo la frente hirviendo, ardiendo en calentura.
-¿Verdad que vas a rescatarme? –en la mirada de Selva no hay ápice de delirio alguno.
Trago saliva.
Una nueva maraña de ideas se revuelven, entremezclándose arrevesadas en mi cabeza.
-Me arruina que siempre te quedes callado. 

























































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