Medio siglo de historia, entre Raúl Riganti y Luis Di Palma

Deportes 24 de octubre Por
El automovilismo está en el ADN de Rafaela desde sus primeros años. Las 500 Millas Argentinas marcaron a fuego la identidad tuerca de la ciudad y permitieron que hasta el mismísimo Juan Manuel Fangio mostrara esa destreza con la que, posteriormente, se consagró cinco veces como el mejor del mundo.

Rafaela ha trascendido por diferentes acontecimientos a lo largo de una historia que superó con holgura la barrera centenaria, pero si ha tenido un reconocimiento masivo durante más de medio siglo, ha sido por una competencia automovilística que la ha identificado en la extensa geografía nacional y aún del otro lado de nuestras propias fronteras.

Hoy, todavía, cuando la última edición de la tradicional carrera se realizó hace nada menos que treinta y cinco años, se mantiene inalterable el sello que distingue a esta ciudad “tuerca” por excelencia, porque Rafaela seguirá siendo, por siempre, la “Cuna de las 500 Millas Argentinas”.

Hubo un antes y un después de esa historia que abarcó un período de cincuenta años. Atlético de Rafaela organizó su primera carrera de automóviles en 1919, utilizando un escenario carretero que tenía como epicentro a esta ciudad, pero que llevaba a hombres y máquinas a transitar por diferentes localidades de la región.

Fueron los desafíos iniciales para aquellos dirigentes que aceptaron el reto de llevar adelante programaciones mecánicas que respondan a las expectativas de los aficionados que acompañaban el espaciado paso de cada uno de los temerarios pilotos.

La modalidad no se extendió por mucho tiempo. Siempre estuvo latente la idea de emular la experiencia que con tan buen suceso se venía desarrollando a partir de 1911 en el circuito de Indianápolis.

De las buenas intenciones se pasó a un sueño hecho realidad en 1926, por entenderse que estaban dadas las condiciones para dar lugar al nacimiento de las “500 Millas Argentinas”.

Una prueba de larga duración y particular exigencia, en la que se debían cubrir 804 kilómetros en un circuito interminable de 38.000 metros, donde los riesgos no eran pocos. Los árboles bordeando peligrosamente el trazado y el excesivo peso de las voluminosas máquinas que desplegaban velocidad impresionante para la época, eran seguramente los dos mayores obstáculos que debían sortear los protagonistas de aquellas verdaderas epopeyas mecánicas.

El legendario Raúl “Polenta” Riganti, con un imponente Hudson, grabó a fuego su nombre como primer ganador de la competencia. Solamente tres pilotos lograron completar las 21 vueltas y fracción para recibir, luego de una agotadora jornada, el reconfortante banderazo cuadriculado.

Otras cuatro ediciones se disputaron en el segmento inicial. Juan Malcolm (Delage) se impuso en 1927; Eric Forrest Green (Bugatti) en 1928; Domingo Bucci (Hudson) en 1929 y el solitario Gaetano D’Amico (Gardner) en 1930. En este último caso, no apelamos a una definición caprichosa para referenciar el triunfo de D’Amico, porque fue el único que alcanzó la ansiada meta luego de sortear las tremendas dificultades generadas por la lluvia y el barro, para arribar apenas un cuarto de hora antes del límite establecido en el reglamento particular.

Nuestro país no pudo mantenerse al margen de la crisis global del 30 y la por entonces convocante prueba rafaelina sufrió una interrupción de cuatro años. Se reanudó en 1935 y volvió a disputarse hasta 1940, cuando ingresó en un nuevo paréntesis.

Mercedes Benz y REO comenzaron a escribir su propia historia en ese período, con dos victorias para cada marca. Carlos Satuszek (Mercedes) festejó en 1935 y 1937; Ernesto Blanco (REO) lo hizo en 1936 y 1940. Las otras dos ediciones fueron ganadas por Luis Brosutti (también con Mercedes, en 1938) y Eleuterio Donzino (1939), que sorprendió para derrotar a los “gigantes” de la época al mando de un Cadillac.

La inactividad se prolongó, a raíz de la Segunda Guerra Mundial, hasta 1947, cuando retornaron las añoradas “500 Millas Argentinas” para darle la única satisfacción a una marca de enorme prestigio: Ford. El mendocino Pablo Gulle condujo a la gloria a una máquina impulsada por un motor del óvalo (1947), antes que vuelvan a imponer toda su furia los poderosos Mercedes Benz, con Luis Brosutti (1948) y José Fanto (1949).

Fanto, rafaelino por adopción, hizo vibrar de alegría a toda una ciudad que se sentía identificada con el recordado “Pepe”, en una competencia donde la tragedia marcó una fuerte y lamentable presencia como consecuencia del terrible accidente de Italo Bizio.

El automovilismo se vistió de luto y obligó a un replanteo impensado a los dirigentes, que realizaron un esfuerzo significativo en lo económico para mantener bien alto el prestigio de la carrera. La llegada a esta pampa gringa de tres Talbot Lago francesas, para que sean conducidas por Juan Manuel Fangio, José Froilán y el galo Louis Rossier, hicieron olvidar aquella pesadilla. La gente avaló la propuesta y la masiva asistencia disfrutó de una exhibición inolvidable del “Chueco” de Balcarce, quien en esa misma década del cincuenta obtendría cinco campeonatos mundiales en la Fórmula 1.

En el viejo circuito, ubicado en la prolongación del bulevar Roca, se corrió por última vez en 1951. Y volvió a festejar, para el delirio de la multitud, José Fanto (Mercedes).

Una nueva pausa en la realización de la competencia, ahora de dos años, no respondió a factores extra deportivos como en las anteriores. La dirigencia de Atlético tomó una decisión política que se imponía a esa altura de las circunstancias, al adquirir un predio que serviría de marco a las siguientes ediciones.

En la prolongación del bulevar Lehmann, el mismo lugar en el que se emplaza en la actualidad, el trazado carretero le dio paso al óvalo. Y comenzó a escribirse, a partir de 1954, el último capítulo de la atrapante historia de las “500 Millas Argentinas”.

En coincidencia con la habilitación del flamante circuito, se instalaron en el centro de la escena las Ferrari, que aplastaron literalmente a sus rivales. Roberto Bonomi (1954), Alberto Rodríguez Larreta (1955) y Carlos Najurieta (1956) completaron el triplete de los autos italianos en la tierra rafaelina.

Ramón Requejo celebró su primer halago en 1957. Una satisfacción que habría de repetir en 1960 y 1962, siempre con Chevrolet. Entre sus dos éxitos iniciales, José Froilán González (también con Chevrolet, en 1958 y 1959) se adueñó de los trofeos más preciados, que se habían instituido al piloto que logre dos victorias consecutivas.

Hugo Galaverna (Chevrolet, en 1961), el sunchalense Vicente Cipolatti (Chevrolet, en 1963) y Domingo Di Santo (Chevrolet, en 1964), fueron los últimos ganadores en el piso compactado del autódromo “Ciudad de Rafaela”.

El pavimentado reemplazó a la tierra. Un nuevo avance que pudo cristalizar Atlético al promediar la década del sesenta para responder a las exigencias de un automovilismo que seguía aportando soluciones tecnológicas para no desentonar con el que se podía observar en otros rincones del mundo.

No se corrió en 1965, por encontrarse en plena ejecución las obras; pero en el ’66 la ciudad volvió a lucir sus mejores galas para recibir a los actores de las primeras “500 Millas Argentinas” en el óvalo pavimentado. Jorge Cupeiro(Chevrolet), ganó en esa oportunidad, la primera de sus tres competencias. El “Gallego” repetiría en 1970 y 1971, también con Chevrolet.

En el medio de esas conquistas, se incorporaron al cuadro de honor Héctor Gradassi (Tornado, en 1967); Carlos Pairetti (Chevrolet, en 1968, al promedio más elevado, 217,266) y otro rafaelino por adopción, Jorge Juan Ternengo (Tornado, 1969); con el Bravi de la Peña RUEDA.

En los setenta, impusieron condiciones verdaderos “especialistas” en eso de transitar a velocidades escalofriantes los curvones peraltados, Angel Monguzzi (Dodge, en 1972); Néstor GarcíaVeiga (Torino, en 1973); Víctor Hugo Pla (Torino, en 1974) y Rubén Luis Di Palma (Torino, en 1975).

El ídolo de Arrecifes fue el último en inscribir su nombre como ganador de una de las carreras más famosas del automovilismo nacional. Hoy, a treinta y cinco años del cierre de una historia que se fue enriqueciendo a lo largo de medio siglo, queremos evocar y rendir tributo a quienes se encargaron de escribirla, para que hoy podamos transmitirla, con legítimo orgullo, a los lectores de LA OPINION.


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