AIRE LIBRE

Suplemento Aire Libre 13/07/2015
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Equipos de pesca: qué comprar para empezar

PESCA DEPORTIVA. Elegir bien el equipo para no gastar innecesariamente.

Recibimos muchas consultas de aficionados que se inician en el deporte deportivo de la pesca  y que quieren armar su equipo. Como la oferta es inmensa el temor a equivocarse al comprar es grande. Por ello recomendamos para empezar a pescar una caña de dos tramos (para que sea fácil de transportar) de no más de 2,20 metros. Un reel frontal que es el más sencillo de usar, con capacidad para unos 100 metros de nylon de 0,40 es suficiente. Luego comprar uno o dos carreteles de nylon 0,35 o 0,40. Con uno alcanza pero teniendo en cuenta que existe siempre la posibilidad de enganchar el anzuelo y cortar la línea es conveniente llevar dos.
Luego comprar varios chicotes para pesca variada, algunos mosquetones, esmerillones y anzuelos medianos con “traba” para triperos que es la carnada más usada. Respecto de las plomadas comprar varias de 20 gramos y varias de 40 gramos por si hay mucha correntada o pesca de costa y necesita lanzar un poco más lejos. El tipo de plomada, pasante o con ojal, depende del tipo de chicote que preparó. (Consultar en la casa de pesca cuál es la indicada). Completan el equipo del que se inicia un alicate para cortar la tanza y las chuzas de los pescados, trapo para las manos y un cuchillito viejo para la carnada y despanzar algún pescado. Luego en las sucesivas salidas irá reponiendo el material perdido (es casi inevitable perder chicotes, plomadas y anzuelos) e incrementando la cantidad y variedad de elementos de pesca. No olvidarse nunca línea, boya y anzuelos para armar uno o dos bogueros para sacar mojarras. Esto le permitirá proveerse de carnada además de mucha diversión y entretenimiento para los más chicos. En las casas de pesca ya se venden preparados y son muy baratos.

Relatos: una cacería accidentada

Por Hector Espilondo

“Conseguí un lugar espectacular para cazar conejos” me dijo un día Alberto, mi habitual compañero de cacerías. “Y tengo dos noticias, una buena y otra mala… ¿Cuál querés primero?” prosiguió. “La buena” respondí. “Es en una estancia de Sumampa, Santiago del Estero” Menos mal que esa es la buena pensé ¿Y la mala? “La mala es que estoy seco para colaborar con la nafta” dijo mi amigo esbozando su mejor sonrisa.
Faltaban unos cuantos días para fin de mes y cobrar el sueldo por lo que yo también estaba flojo de fondos así que dije “A grandes males… grandes remedios”. Por aquellos años había mucha diferencia entre el precio de la nafta y el del kerosene, siendo este mucho más barato. Le ponemos kerosene y que salga lo que Dios quiera (dijo una lombriz que se metió en un plato de tallarines pensando que era una fiesta). Yo ya había averiguado en lo de un mecánico amigo quien me había asegurado: el motor no va a tener problemas, es fuertísimo. Una vez que arranque no lo va a parar nadie. Va a arrancar porque siempre algo de nafta queda en el carburador, después no lo para nadie. Aprontamos el noble y rendido SIAM DE TELLA modelo 67, cargamos los perros y todos los pertrechos, le pusimos cuarenta litros de kerosene, llevamos dos bidones de 10 litros más y partimos. La marcha a 80 o 90 km/hora era perfecta, sólo un pequeño olor a kerosene. El pavimento terminaba en Sunchales y luego restaba un largo camino de tierra que hacía el viaje lento y peligroso. Pasamos a saludar nuestro contacto en Selva quien nos dio la funesta noticia que la estancia se había vendido y que era imposible entrar. No obstante el hombre nos indicó dónde podíamos cazar montarazas y copetonas cerca de Abras de Pinto, así que hacia allá partimos. Ya en el lugar entramos por un caminito medio perdido que se adentraba en el monte y enseguida nomás quedamos colgados de un tacurú. Lo había visto y no me había parecido tan alto pero había unos huellones y el pobre Di Tella quedó balanceándose como en un columpio. Una vez que salimos seguimos adelante hasta que se nos cruzó una tropita de varias coloradas. ¡Acá esta la papa! dijimos y nos metimos en el monte. Nos separamos y luego de cazar un tiempo quise volver al auto pero me di cuenta que estaba perdido. Al rato me encuentro con Alberto quien apenas me vio largó la frase que no quería escuchar: “Loco, estoy perdido”. Estar perdido en el monte produce una sensación difícil de describir. Hay un momento en que se produce la transición entre la tarde y la noche donde reina el más absoluto silencio y es bastante estremecedor para quien no vive allí. Ya nos aprestábamos a pasar la noche en el monte cuando escuchamos el tintinear de una campana como las que les ponen en el cuello a la chiva madrina. Encontramos la majada y la seguimos un largo trecho hasta un rancho donde un criollo no podía creernos que nos hayamos perdido en el monte que, para él, era como el patio de su casa. Le explicamos dónde habíamos dejado el auto y nos orientó para poder encontrarlo sin volver a extraviarnos. Nos despidió con la invitación de volver esa noche para cazar unas vizcachas pero lo vivido ese día ya era suficiente para nosotros y lo dejamos para otra ocasión.


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